Φ   FILOSOFÍA NUEVA 

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ACLARACIÓN INTRODUCTORIA

 

            Adopto en este ensayo la nominación “ataque de pánico” de modo provisorio  sólo por la identidad que ha cobrado en el presente, sobre todo, en aquellos que padecen un proceso de “ansiedad y/o angustia generalizada”. Entiendo que haber pronunciado más de una vez, a solas, con esa vergüenza y pavor tan singular, esta expresión, el “nombre del infierno”, se sentirá acompañado e identificado y no dudará de que hablamos de lo misma patología.  

 

 

 

¿ATAQUE DE “PÁNICO” O MIEDO AL ATAQUE?

Prof. Pablo H. Bonafina

Ciudad de Buenos Aires © 2006

 

 

            Hay, entre todas, una experiencia inevitable que puede hacer todo hombre que habite esta tierra: el miedo. El problema, en verdad, no es el miedo ordinario sino la experiencia (y vivencia) de ese rostro del miedo tan particular, como es el que hoy mal llaman “pánico” –por ser éste el “miedo más extremo”. Dicen que es la ansiedad, llamémosla existencial, la que engendra esta peste del hombre de todos los tiempos, y que azota especialmente al hombre de nuestro tiempo. Como medidas habituales y urgentes se prescriben, en un primer momento, psicofármacos efectivísimos y específicos y un buen tratamiento psicoterapéutico cuyo tiempo varía según el enraizamiento de la (o las) causa (o causas) del conflicto psíquico devenido en “pánico”. Pero antes de iniciar el tratamiento hay que comenzar el duro proceso de aceptación (la estadística indica que existe una relación muy estrecha entre el que padece “pánico” y el que vive del demostrar y aparentar, entendidos en todas sus dimensiones). Lo más difícil es despojarse del orgullo natural, de ese complejo de invulnerabilidad con el que amasan nuestra psicología en las sociedades exitistas como son las de hoy en día. Quien sufre “pánico”, además de las descompensaciones físicas, y un conflicto oculto en el fondo, tiene que cargar con la vergüenza, la soledad y la sensación del enloquecimiento, y hasta suicidio o muerte, próximo. A primera vista parece mucho, y es mucho. Se sufre mucho... Pero es desproporcionado el sufrimiento tremendo con las posibilidades reales, y no tan a largo plazo, de “curación” que pueden seguir a un tratamiento adecuado.

 

             Hay constantes y hay variables. Pero la historia, en sus líneas fundamentales, se repite siempre: De la creencia, tanto de nosotros como del resto, de nuestro ser fuertes, y estar bien armados, estructurados y seguros, hasta desmesuradamente, somos arrastrados (pues padecemos como víctimas de un destino funesto que pesa sobre nuestra frágil existencia, próxima a derrumbarse por completo) a la dormición, anulación de todas nuestras capacidades. La expresión “el que todo[ea]” (sentido más certero del término griego panikós) teme es la que más representa a la víctima de las innumerables y más extravagantes fobias. Entonces, nuestra vida se vuelve pequeñita, de golpe, enferma, loca, insoportable, insufrible, intolerable... El “pánico” se vuelve el gran diablo que no nos deja salir de casa, y nos quedamos, bajo amenaza de ataque invencible, confinados al miedo, con una sensación de oscuridad y determinismo devastadora, y solos.

 

             Y además uno se siente mal físicamente. Lo que sucede es más sencillo de lo que creemos: no comprendemos que somos cuerpo y psicología unidos intrínsecamente, a menos que suceda algo que lo manifiesta. En efecto, eso es lo que pasa: cuando nos sentimos mal físicamente y el origen del sufrimiento no es físico comprendemos que somos más que materia evolucionada con cuerpo (que en griego se dice soma) y mente (que en griego se dice psijé). Por eso, el “pánico” es una de las tantas formas de manifestación que tiene el miedo en el plano somático. Sin duda que el desequilibrio físico es signo de uno más profundo. Sin duda de que hay “material” psíquico encerrado, y nuestra psicología se volvió una olla a presión, que comienza a indicar que ya está el hervidero a temperaturas que ameritan el destape. Y hay que entenderlo de una vez por todas: somos más de lo que creemos, conocemos y sabemos, y tenemos que poner a la luz todas aquellas cosas que permanecen ocultas en los repliegues de nuestro aparato psíquico. Lástima lo trágico de la manifestación... Lástima que provoque el “pánico” la suspensión de toda seguridad y panorama alentador, lástima que horizonte y el porvenir aparezcan simbólicamente signados por la muerte... La fuerza de la presión y prepotencia de los fantasmas es proporcional a la fuerza del miedo, por eso es una experiencia tan intensa, y la fuerza del miedo es proporcional a su causa y tiempo de sepultura: hay algo que está podrido dentro, y necesita ser desenterrado. El “pánico” es la percepción descarnada de la urgencia de ser libres (de la falta de aire), de verdad, y de nuestra pobreza y sanidad, al mismo tiempo, y de nuestra sensibilidad e imposibilidad de elaborar los conflictos, o de que éstos sean canalizados en la forma de cualquier otra patología psiquiátrica de mayor intensidad, y de gravedad.

 

             Los síntomas son variables: Falta de aire y sensación de ahogo, taquicardia, calor y sudoración, temblor, inestabilidad, sensación de desequilibrio, mareos, nauseas, dolor de estómago y del pecho, transpiración en las manos... y, para peor, acompañados, motivados o devenidos, por infinidad de pensamientos “oscuros” y, sobre todo, la sensación de estar enloqueciendo, irremediablemente, sin poder ser auxiliados por nadie... Entonces, la fuerza para disimular, para seguir, para resistir, para sobrellevar lo que, en el fondo, nos supera por todos lados, y nos abruma, nos tira, nos inutiliza, nos burla, nos hace sentir lo más grandes idiotas. Tal vez sólo este sea el modo que hay, para algunos, de pedir ayuda y/o de darse cuenta que hay algo que debe ser tratado, y que ha sido, queriendo o no, sabiendo o no, desatendido. 

 

            De confesar las enfermedades corporales, generalmente, no tenemos inconvenientes, las asumimos como algo normal, que puede sucederle a cualquiera, pero no sucede así con el “pánico”, vaya a saber uno qué prejuicio se esconde tras el dualismo que no reconcilia al cuerpo con la psicología. En efecto, no terminamos de comprender que somos una unión de principios. La cuestión no es compleja, sino que es por el que padece algún conflicto complejizada: quien tiene un problema físico va a un clínico especialista; quien tiene algún problema psicológico va al psicólogo; y quien tiene, además, una repercusión somática de un conflicto psíquico (en verdad la mayoría los tienen) debe ver a un psiquiatra. Y así como un analgésico hace sobreponerse a un dolor de cabeza y seguir adelante un ansiolítico hace sobreponerse a un conflicto de ansiedad o angustia y seguir adelante. Claro que si el dolor de cabeza es motivado por una cervicalgia habrá que hacer un tratamiento kinesiológico, para acompañar al antiinflamatorio, y lo mismo sucede con la psicología: analgésico mental y tratamiento psicológico. Lo que sucede es que un orgullo dañino se oculta tras la mayoría de los enfermos de “pánico”, a la que también tendrán que sobreponerse, para iniciar el proceso de aceptación de la propia finitud. Lamentablemente, muchas veces, hay que gustar mucha mierda antes de pedir ayuda, tanto psicológica como auxilio farmacológico. Pero todo ese drama puede evitarse.

 

             Indefectiblemente habremos de pensar en las causas de nuestra ansiedad o angustia –es una tarea impostergable. Un buen tratamiento nos traerá dos beneficios muy provechosos: comenzar a hurgar en el fondo de nuestra existencia el origen de nuestro mal, comenzando, por lo mismo, a despejar el horizonte, y calmar, suprimir, todo síntoma físico. Así como nadie es tan idiota de dejar que una herida se exponga a la podredumbre, no creo que exista alguien que prefiera ver gangrenada toda su vida por una herida curable,  aunque sea tremendamente dolorosa y parezca irreversible, como tantas enfermedades que encontramos en la dimensión física: no mortales pero de carácter insufribles. El orgullo no vale –y no debe valer! – más que la vida.  

 

             Quizá nos ayude saber que es mucho más normal de lo que creemos, y que muchos de los que andan por ahí, por la vida, alrededor nuestro, tal vez padezcan lo mismo. Pues el stress, la ansiedad, el “pánico”, las fobias, la depresión, no son más que nombres variables de  la manifestación de una misma y sola realidad: la humana. Somos hombres, ni más ni menos, hombres. Y, además, débiles. ¿De dónde nos viene ese afán por mostrarnos tan seguros? Somos limitados, ¿por qué esas pretensiones de omnipotencia? Fuente inevitable de frustración es querer ser lo que no somos o más de lo que somos. Somos esto: un puñado de necesidades y de miedos, y chiquitos. Tenemos el derecho inviolable de palpar nuestra pobreza, a fin de poder crecer, e ir siendo cada vez más humanos. Somos esto, es verdad, pero no de modo definitivo. Adelante nos espera una existencia más luminosa, más auténtica, más fortalecida, enraizada sobre sólidos cimientos, pues ella misma habrá tomado conciencia de lo que somos en verdad.

 

 

Superposición de los tiempos

 

             El tiempo es, para los filósofos, la medida del movimiento, la medida de un actual acontecimiento. El tiempo es una invención que sirve para “medir” el movimiento “en positivo”, “hacia delante”. Sólo puede medirse aquello que está en dinamismo. Y es que sólo el “instante”, lo que está existiendo en acto existe, el tiempo no es más que una “medida” de aquello que cambia, y se mueve. Sólo aquello que llamamos instante existe, aquello que vinculamos con el término “presente”. Por ejemplo, el presente dejó de existir en el instante en el que lees la “e” (final) de “de”. Todo lo demás, ya es pasado. “Pasado” que sólo se relaciona con el “instante-presente” en la medida en que es “engendrador” (o causa) del mismo.

 

             Aquello que llamamos “futuro” es la ficción más compleja. El futuro no existe. El movimiento presente puede verse alterado de múltiples maneras por las “situaciones” que vayan surgiendo en el “camino” que transita (uno o) aquello que está en movimiento, tendiendo hacia algo (pues todo en este universo tiende hacia algo, pueda ser o no consciente de ello). De modo que el pasado está desvinculado del presente, pues ya dejó de ser, y el futuro, porque aun no es. Al hombre le es posible proyectarse, arrojarse hacia el “por-venir”, pero no querer ejercer sobre él algún dominio, pues esto es absurdo. La voluntad, la libertad, las decisiones y los sentimientos surgen sólo en el ámbito del  presente. La inteligencia, en cambio, puede hacernos ver lo que no existe… Y la mente ciertamente está más próxima a éste plano (de imaginación o fantasía) de la inteligencia. Por eso, podemos vivir concientemente algo que aun no existe, incluso, pregustarlo. Y es en este ámbito hay que detenerse para encontrar al “pánico”, a las fobias, a los miedos, y tratar de desbaratar sus planes.

          

            El miedo, en general, es la ficción más grande que la imaginación y la fantasía pueden llegar a crearle al hombre. Todos, lo admitamos o no, vivimos movidos por ciertos miedos. El miedo es una realidad emergente de un sentido interno que reside en el hombre y en los animales y que se llama “estimativa”. La estimativa es la “capacidad” que reside en los seres vivos superiores y los lleva a conservar la vida, perpetuarla y hacerlos evitar el mal, lo malo, aquello que perciben como una amenaza para la existencia. Los animales no viven este “sentido interno” con la dramaticidad del hombre por una sencilla razón: no tienen auto-conciencia. Saben, conocen los animales, pero no saben que saben. No pueden volver sobre sí, mirar el pasado, saber que es pasado, y proyectarse a un futuro. Los animales sólo tienen inteligencia práctica, que los ayuda a solucionar problemas puntuales, mientras los hombres con su inteligencia teórica pueden inventar el tiempo y un futuro que no existe. El animal no tiene ansiedad, sí nerviosismo, pero no ansiedad, para él la realidad se reduce a la realidad. Para el hombre la realidad puede ponerse por debajo de una invención mental. Y le es posible al hombre llevar una vida desvinculada de la realidad (dejando que el miedo infecte la existencia toda). Ahora bien, una persona que sintió “pánico” alguna vez (la infernal y “mortal” somatización del miedo) es una persona que deja poco a poco de regirse por el instante presente: el pasado y el supuesto futuro comienzan a determinar poco a poco su vulnerable existencia. Es una cuestión de convicción, de creencia firme e inmutable: cree que pasará (futuro) lo que pasó (pasado), y eso le hace que le pase (presente) “aquello”. La causa es, sin lugar a dudas, la sugestión: la imaginación, la fantasía, malcombinadas con éste instinto que algunos llaman estimativa.

            

            El “pánico” es el padecimiento de la percepción física del miedo (existente, oculto en los repliegues del subconsciente), el momento en que el cuerpo nos dice y revela que hay algún contenido mental al que no se le ha dado tratamiento suficiente. Básicamente las soluciones son dos. Lo urgente y primero es dejar de presentir la presencia física del infierno –para lo cuál tal vez sea necesario alguna medicación apropiada. Y lo segundo es comenzar a buscar, de modo serio y responsable, la causa de aquello que tememos, o que nos tensa al punto del miedo.

 

 

El tratamiento cotidiano

 

             El “pánico” nos lleva, cuando no lo tratamos adecuadamente a tiempo a un proceso obsesivo peor que aquel que lo originó. Ese mecanismo es necesario atenuar, al menos. Pero esto no sucede de buenas a primeras, como animalitos de costumbre debemos practicar. Pero no se trata de practicar “de una” en la escena del hecho, o en los momentos de crisis, o de posibles crisis. En el día a día, el hombre que padece “pánico” tiene momentos en los cuales no puede dejar de pensar en “ese tema”. Ése es el momento. Hay que aprender poco a poco a desbaratar el proceso obsesivo con la inclusión de pensamientos alternativos, o actividades alternativas. No será fácil intentar superar el problema de inmediato. Tampoco será aconsejable el estoico violentarse a superar el “pánico” porque, su origen escapa a lo que podemos manejar cotidianamente. Al “pánico” se lo gana aceptando la propia limitación, aceptando cada vez más la realidad presente y viviendo más el instante y aprovechando las innumerables posibilidades que se nos brindan de continuo para interrumpir las diferentes obsesiones.

 

             Lamentablemente nadie puede interferir en nuestra voluntad. Si ella está “viciada”, y junto con ella también la mente, puede que sea necesario “calmarla” con alguna medicación, para despejar el panorama y poder encontrar un poco de paz, al menos, y cierta contención psicológica y práctica: “No puede suceder con la medicación”, y descansar un poco en este salvavidas. Si, llegado el caso, no se quiere recurrir a la medicación (habitual o extra, según el caso) habrá que aprender el arte de gobernar el pensamiento a fin de no enroscarse y empantanarse. ¿No pensar? ¿Cómo se hace? En realidad, los mecanismos más primordiales de la mente son muy difíciles –aunque no imposibles, desde ya– de educar. La respuesta es: a no pensar se aprende no pensando. Es verdad que no es tan fácil motivarnos a la realización de acciones tan primarias, y/o reorientarlas, inhibiéndolas con nuestra voluntad conciente, pero muchos lo han logrado, de muchos modos, y han encontrado “salidas” interesantes para cortar los diversos procesos obsesivos.

 

 

La voluntad ante lo inevitable

 

             Hay que insistir en lo siguiente: aunque aquello que, se conozca o no, induce al “pánico” marcha en una dirección ajena a la voluntad, aunque la afecte. Pero esta afección a la voluntad no se vuelve ni determinación ni anulación, sino afección-condicionamiento. Por un lado, una adecuada medicación corta de raíz los efectos obsesivos y esos pensamientos que habitualmente flagelan y congelan a la persona toda en todo momento. Por eso, una persona medicada y en tratamiento psicológico está ya en el camino de salida. Sólo le quedará acostumbrarse a convivir con el reflejo y la sugestión, resultado de las descompensaciones padecidas, pero ellas no volverán a aflorar una vez que el pozo negro de donde emergieron sea iluminado por el conocimiento terapéutico.

 

            En lo que respecta a la voluntad, más allá del entrenamiento que se procure de los pensamientos, habrá que convencerse de una certeza: seguimos siendo dueños de nuestra vida, incluso de esta vulnerable existencia enclenque, aunque ella sufra los efectos del miedo-somático. Somos seres vulnerables y miedosos. No hay que confundir lo normal con lo patológico. Lo normal, en una sensibilidad afectada, puede tener repercusiones de las más curiosas.    

 

 

Una certeza final y un nuevo mecanismo

 

            Mientras seamos hombres tenemos impuesta la tarea de aprender a convivir lo mejor posible con nuestros miedos, pues esta tarea concierne a toda la “raza autoconciente”. Pero, más allá de este “deber compartido” común a todo ser humano, no hay ninguna razón valedera, objetiva, para que alguien piense que, al haber padecido un “ataque de pánico”, ha adquirido una “enfermedad incurable” o el inicio de un camino que terminará en “la locura más extrema”, antes bien, aunque resulte increíble, todo lo contrario, pues se trata de un “cuadro psiquiátrico”, para llamarlo de alguna forma, demasiado elemental –es un “caso de psicoanálisis” de corto plazo, si es hecho con la persona indicada. Es como la “chicharra” que provoca un ruido tremendo, teniendo una capacidad toráxica del tamaño de un pulgar.   

 

            Bien sé que alcanzar alguna certeza estando en medio de una crisis de “pánico” es una tarea casi imposible. Tener la seguridad de que no sucederá nada de todo lo que nos azota la mente es algo poco probable. Pero las medicaciones creadas como remedios para tales efectos son los medios más efectivos, no sólo contra la manifestación y fomentación de los imparables pensamientos sino hasta de su mismísima generación. Además, con el tiempo, aprenderemos a descansar en el efecto de la medicina, y ese será el comienzo del fin del tratamiento (o el comienzo de una vida renovada). Así como estuvimos pendientes de que “nos agarre”, comenzaremos, si el tratamiento avanza favorablemente, a no estar pendientes de nada, porque el conflicto se irá desatando, mientras la medicación nos irá conteniendo. Es como el efecto de un yeso, o de un tutor, necesario hasta lograr que sane la herida que produce dolor, necesario, por un tiempo, y luego prescindible, en la mayoría de los casos, total y definitivamente. Pues, aunque suene poco verosímil para quien lo sufre en su cruda actualidad hay una vida que nos espera después del “pánico”, y desde la que es posible, por ejemplo, escribir algunas páginas acerca del mismo.

 

 

ACLARACIÓN FINAL

 

            Decía al comienzo de este ensayo, que admitía la expresión “ataque de pánico” haciendo una excepción terminológico-semántica, razón por la cuál la he puesto siempre entre comillas. Pues, a mi parecer, una persona que está padeciendo un proceso de “ansiedad y/o angustia generalizada” no está en absoluta consonancia clínica con quien es víctima de lo que se entiende, literalmente, por “pánico”. Tampoco creo que a los “episodios” haya que llamarlos los “ataques”, aunque sean “sensaciones que surjan más o menos de repente”. Creo que se impone la necesidad de, en un futuro, rebautizar el modo de nombrar este padecimiento psicosomático, pues me parece que su actual nombre es una “nomenclatura psicopatológica exagerada”, sugestiva y equívoca.- 

 

 

Prof. Pablo H. Bonafina

Texto corregido y aumentado © 2007

 

 

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