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Φ FILOSOFÍA NUEVA ________________________________________________________________________
PERSONAS INCONVENIENTES PARA NUESTRO BIENESTAR
Si dejamos de lado la moral religiosa y el derecho jurídico, nos quedamos con muy poco de objetividad. En efecto, la moral y el derecho vienen a llenar el “vacío” de subjetividad en las acciones de las personas, sobre todo en el ámbito social. El proceso por el cuál una acción de ser buena a ser mala o justa o injusta es complejo y no es mi intención tratarlo acá, solamente quisiera referir a ellos para introducir una nueva distinción más moderna pero solidaria aun de aquellas tradicionales. Se trata de la distinción psicológica: de lo patológico y lo “sano”. Ciertamente que cada una de éstas distinciones tienen algún fundamento en la realidad, pero hay tantos matices en la cotidianeidad, que quedan fuera de ellas un montón de acciones o personas, por no reunir los elementos suficientes para ser “categorizados” en uno u otro grupo.
El bien, el mal; lo justo, lo injusto; lo sano y lo patológico, ¿hace falta sumar una distinción más? Tal vez sí, pero una que sea de un carácter más ontológica y que contemple más nuestra dimensión animal, para decirlo de algún modo: lo conveniente y lo inconveniente (símilar a lo beneficioso y lo perjudicial o nocivo). Sin entrar en disquisiciones etimológicas, notemos que estos términos refieren habitualmente a algo externo pero que originariamente no fue así. “Con-veniens”, en latín, quiere decir, “aquello que viene con” uno, es decir lo “natural”. En este sentido algo “es conveniente” si está en concordancia con nuestra naturaleza, con nuestro ser, con nuestra vida, con nuestros gustos y con aquello que constituye nuestro equilibrio.
En el mundo social hay, digámoslo, personas que son convenientes y otras parece que no lo son. Hay personas que nos hacen daño y hay muchas otras que nos son amables, esto es, dignas de ser amadas y queridas por nosotros, y recibir de continuo nuestros gestos de afecto –aunque también las haya de las que nos son “indeseadas”. Bueno, he aquí el primer conflicto. Pues pueden existir personas que mucho amemos y que nos lastimen con frecuencia. Y no se trata aquí de bondad o maldad, ni de ninguna otra dialéctica, se trata de nosotros y estas personas y la relación que se manifiesta en el contacto frecuente o cotidiano con las mismas.
Antes que nada hay que aclarar que existe una patología psicológica por la cuál muchas personas “necesitan” permanecer enlazadas a quienes las dañan (o, por el contrario, a quienes puedan impunemente dañar), pero este esquema o mecanismo psico-social no lo consideraremos digno de conservar.
Si se quiere llevar una vida equilibrada, digna de un animal evolucionado, hay que aprender a huir de aquello que nos hace daño y preservar nuestra existencia como una trinchera de todo el que la pueda dañar, con el propósito de alcanzar el crecimiento y la madurez en el fértil contexto del equilibrio y la serenidad media, ya que esto resulta algo apetecible para toda persona, por más que viva en la más ruidosa ciudad y esté sometida, en el día a día, a los mil y un conflictos y tensiones. Desde ya que todo afecta, pero me estoy refiriendo a otra cosa, me refiero a aquellas personas cuya presencia no nos conviene, porque nos afecta hasta perturbarnos y hacernos salir de nosotros mismos, y que pueden llegar desde despersonalizarnos a destrozarnos, sin más; pues nos alteran, nos atormentan, nos cansan, y, a decir verdad, con ellos no nos conviene tratar y menos amar.
En esta página, de matiz pragmático y desprejuiciado, no tengo la intención de sugerir en absoluto que hay que volverse un ermitaño para gozar de cierta paz, ni que sea preciso huir de las relaciones conflictivas que tal vez ameriten una serie de puestas de puntos en claro en tiempo y forma, ni de que en la vida hay que tratar solamente a aquellos con los que no tengamos ninguna clase de conflictos, pues eso sería una idiotez, una utopía y un camino hacia otro tipo de insanidad mental. Solamente me contento con sugerir... y tratar de quitarle a muchas personas la “tensión y responsabilidad” de tener que tratar y aguantar a aquellos que joden la vida y que no les importamos de verdad. Porque uno sufre mientras el otro avanza y avanza cada vez más y, como generalmente obran impulsiva, irracional e inconscientemente, son inimputables, mientras nosotros nos vamos desgarrando por dentro por creer que tenemos obligaciones de ser el blanco de dardos de una persona que tan siquiera está enterada de que tiene los mil y un conflictos que le llevan a lastimar, romper y dañar sin ningún motivo fundante –en verdad nunca hay motivo para a nadie lastimar.
Cada uno es libre de hacer lo que quiera, pero debemos saber que no hay en esto ningún deber ni religioso, ni moral, ni psicológico, ni legal. A las “personas inconvenientes” las podemos dejar solas –tal vez así caigan en la cuenta del mal que ocasionan y dejen de hacerlo a los demás, aunque sea por conveniencia de ellos, para que no los devore la soledad.
Puede ser de gran ayuda en esto tener en cuenta el sabio consejo perenne y también dador de libertad: debemos amar al otro con la misma medida con que nos amemos a nosotros de verdad (no vale ni tiene sentido amar a aquel que nos lastima y sacrificar nuestra vida por quien no se preocupa en nuestro bienestar). Aunque resulte violento, loco, y pocos puedan estar de acuerdo, ya sabemos desde hace tiempo que no ama quien adquirió la destreza del jugar a carne de león hambriento y sin domesticar en el circo romano cotidiano de las personas que nos son convenientes para nuestro bienestar. En efecto, amar a personas inconvenientes puede llevarnos, si no nos ha traído ya, a contraer cierta maldita enfermedad psico-afectiva muy difícil de curar...
Prof. Pablo H. Bonafina Ciudad de Buenos Aires © 2007
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