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Φ FILOSOFÍA NUEVA ________________________________________________________________________
MODOS DIVERSOS DE VIVIR LA EXISTENCIA
Escuchando, observando y pensando en algunas existencias humanas que se me presentan “a la mano”, se me impuso una tarea: bosquejar en mi conciencia una semblanza de tres posibles posturas o actitudes, constantes, claramente distinguibles, ante la vida, muy divergentes entre sí, tanto en su concreción como en sus consecuencias. No caben dudas de que ignorar no sólo “lo que” se está viviendo sino “el cómo”, el modo, en que se está viviendo la vida puede llevarnos a perder posibilidades de no realizar la superación propia que exige la evolución de nuestra especie (algunos hablan aun, los atrasados aun, de: maduración de la propia conducta, personalidad o moral). Nuestras respuestas ante los constantes estímulos cotidianos, o bloques estimulantes aprehendidos como unidades, pueden llevarnos a un proceso integral de involución que desemboque en la más extrema superficialidad y decadencia mental, según la experiencia. Por eso, quisiera compartir dos modos de ver la vida que he vislumbrado, y un tercero, a manera de propuesta: el modo subjetivista, el realista y el trascendental de vivir la existencia. El hombre que, para distinguirlo en su modo o estilo de vida, podríamos llamar “subjetivista” se caracteriza por vivir apegado a su pequeño y estrecho mundo cotidiano (a lo que piensa, siente, desea, sufre) y es causa de optimismo o pesimismo. Más que esperanza se deja llevar por metas concretas, sentidos contingentes, causas o motivos de optimismo; es decir, objetivos que, si se realizan, serán fuente de alegría o, si no, causa de desesperanza o desesperación. Aquí, en esta dimensión, el individuo humano está de continuo expuesto a la alienación, en cualquiera de sus formas, y a los sobresaltos o hundimientos, a las presiones o de-presiones, y hasta a la pérdida fácil del sentido de su vida; pues ha puesto su vida en donde no debía -según se dará cuenta al final. En efecto, quien este tipo de vida lleva, vive tan metido en sí que se volverá, de modo inevitable, superficial con respecto a todo lo demás, incluyéndose a sí mismo, pues no gana en perspectiva, en autoconocimiento, en conciencia, por estar de continuo metido en cada movimiento de su pensamiento o afectos. Entonces, se acostumbra a vivir todo entre la fatalidad y la nimiedad. -Generalmente se trata de personas irreflexivas o tremendamente obsesivas, que están de continuo mirándose a sí mismas, pues el EGOísmo, la avaricia y la soberbia pueden cegarlos y hacer de ellos a sus antojos, e imagen y semejanza. Diferente sucede con el hombre “realista”, quien tiene una mirada, en apariencia, más objetiva, y quien aparenta poseer una mayor profundidad -y que no carece de cierta mayor “seriedad”. Éste vive como un Protagonista su existencia. Mira alrededor... piensa... ve más. Se conoce un poco a sí mismo hasta en sus “ismos”, y trata de sobrellevar las situaciones de la vida con cierta mayor cordura. Es capaz de pensar antes de actuar y, manteniendo templanza y prudencia, hasta de gobernar algunas situaciones que superarían al hombre superficial. Pero está, así mismo, metido sólo en “el mundo” y, de cuando en cuando, cae en la tentación de creer que el mundo es su mundo, y viceversa. En general es “realista”, pesimista u optimista, según venga la vida, pero no ve “más allá”, porque está “en” el mundo, condicionado por él y expuesto aun a sus vicisitudes. Por lo que sus estructuras y esquemas se suelen ver afectados, pudiendo comenzar a venirse abajo y dejar a este tipo de hombre sumido en la ruina, de la que, no obstante, podrá salir, para volver a edificarse y rearmarse, a fin de sobrevivir un tiempo más. Pero, en el fondo, el hombre realista, con su inteligencia, acciones y conciencia todavía no puede sobreponerse a los (severos) cataclismos que se suelen dar en toda existencia. Contrario a los anteriores se presenta el “hombre trascendente”, el que está más allá del mundo y su mundo, y ve todo desde una perspectiva universal, pues al punto que aparta un poco los pies de ésta tierra se sabe, al mismo tiempo, uno con ella. Sabe * que es una minúscula parte del universo, * que no puede tanto como cree y * que debe aprender a entregarse a la vida y a las circunstancias con espontaneidad y vulnerabilidad. Este “individuo” contempla las cosas desde un lugar casi definitivo, por lo que suele gozar de una mayor agudeza e imperturbabilidad que, no obstante, no lo deja exento de sufrir los vaivenes de la existencia, inclusive, hasta las últimas consecuencias. Pero, de ordinario, ve más allá de las vicisitudes cotidianas y, más que protagonista, es una persona que entrega, abandonando en cierto sentido, su vida a cada circunstancia, dejándose, si es preciso, “triturar” por ellas. Porque ha aprendido * que no es dueño total de su vida (en el sentido en que los teólogos, antropólogos, psicólogos y moralistas hablan de “libertad”) y * que las cosas que a veces puede hacer para modificar la realidad y la suya propia; es decir, “su” mundo y “el” mundo, son muy pocas, y a veces ni pocas. Curiosamente a lo que podría, en un primer momento pensarse, el hombre trascendente ha aprendido a sentir la vida hasta las últimas consecuencias, no a vivirla sin más, sino, sin “defensas y mecanismos”, por lo que ya no se defiende, no se resiste, no se enoja, pues aprendió que la mejor “protección” contra lo que puede hacernos daño, o nos lo hace de modo actual y efectivo, es andar con la propia pobreza al desnudo, sin soberbia ni pretensiones de dominio de lo que se escapa a la posibilidad de uno. El hombre trascendente se sabe uno con el mundo y con cada una de las cosas cotidianas, por eso vive de una manera íntegra y honesta, porque ¡desde los miedos comunes, hasta la mismísima muerte, sabe que todo es parte de la existencia y devenir terrenal! Se sabe a sí mismo tan grande y tan pobre que marcha siempre hacia adelante, firme, pero a sabiendas de que el camino, y lo que salga a su encuentro en su caminar, irá exigiendo de él acciones insospechadas, implanificables, y que deberán requerir una toma de postura “trascendente” y en el momento oportuno. Porque la vida no puede planificarse sino sólo bosquejarse proyectiva y positivamente, pero que puede no suceder aquello… Pero esta posibilidad no lo condiciona en absoluto, pues el hombre trascendente sabe que todo puede suceder, y aprendió dos grandes lecciones (que se traducen hasta en su porte y mirada): que a la muerte no hay que temerle y que con uno hay que ser paciente. Mirémoslo en su progreso. Cuando el hombre fue “subjetivista” le temió a la muerte -cuando pensaba en ella. Cuando fue “realista” le tuvo (debido) respeto y la siguió mirando con cierto recelo. Pero ahora, el hombre trascendente es el individuo conciente que se ha reconciliado con la muerte, y que ya no tiene ningún problema en habérselas con ella, ni con la soledad; aunque cree este tipo de hombre que pensar en la muerte sería concederle “vida y realidad” a nada! -el hombre trascendente está siempre, además, en el horizonte del devenir vital, no tiene nada que ver con la muerte, pues ella no existe para él, y no vale la pena pensar en lo impensable, por in-existente. Aprendió este hombre superior a no tener serios e insalvables problemas consigo mismo, sabiéndose limitado y humano, demasiado humano -por lo que ya no se enoja consigo, sino que se valora en su justa medida, se “porta bien” consigo y los de su especie, pues los sabe barro animado y no mucho más que conciente de su entorno y sí mismo-, se aprendió a soportarse y a tenerse paciencia (hasta de cuando en cuando se consiente, a fin de provocarse una sonrisa).
Pero este mundo y sus habitantes, de argamasa más ficticia que real, no nos ayudan a encaminarnos al “hombre trascendente”, pues está en otra (parte) su pensar -que no en lo propio, que varía según las circunstancias. De la superficialidad irracional hacia el racionalismo psicologista (que también puede engañarnos con una pseudoprofundidad) este mundo falso nos hace naufragar por las corrientes del exitismo, llevándonos a un proceso que desemboca en el más hostil de los vaciamientos y sequías. Pero frente a esto debemos, nosotros, que vemos un poco más, saber que podemos (y que en realidad debemos) aspirar a más, a una existencia trascendente. La vida no podremos vivirla en toda su profundidad hasta que no la hayamos encarnado hasta en su última realidad y posibilidad real; sin miedos ya, sin defensas, sin nada más que la disponibilidad a que ella sea tratando de buscar las más adecuadas preguntas y respuestas a los pequeños y grandes interrogantes de la existencia, esos que no tienen que ver con el habla sino, más bien, con la vida cotidiana y personal que se nos ofrece a diario para transformar nuestro nuestro pequeño mundo.-
Prof. Pablo H. Bonafina ESCRITOS PARA UNA PSICOLOGÍA NUEVA, Ciudad de Buenos Aires © 2006
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