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Φ FILOSOFÍA NUEVA ________________________________________________________________________
“Yo no soy ni mi espíritu ni mi cuerpo, sino una tercera realidad. Siempre padezco en el todo y dentro del todo… En el fondo, mi fuerza más poderosa está en La superación de sí mismo”
Carta de Friedrich Nietzsche a Overbeck (31/12/82)
«UNA TERCERA REALIDAD» Por el Prof. Pablo H. Bonafina ©
Las palabras de Friedrich Nietzsche que aparecen en el epígrafe han sido el hallazgo más preciado en lo que a “identificación” respecta… Fueron el incentivo que necesitaba para terminar de moldear un concepto que hace un tiempo está dando vuelta por mi cabeza y escritos: la noción de una unidad o todo que envuelve realidades, en apariencia contradictorias, tales como la salud y la enfermedad, el sufrimiento y la alegría o la vida y la muerte (cosa que he dejado manifiesta en VIDA Y MUERTE DE UNA ESPERANZA). En efecto, nada es la enfermedad si se la considera en el marco de una existencia más abarcadora de lo que se acostumbra a ver y reconocer. Tal vez la única idea productiva del Idealismo alemán haya sido aquella de que las realidades dialécticas pierden su consistencia consideradas a la luz de una instancia superior, y que lo individual se disuelve en el Todo. Pero éste “Todo” del Idealismo moderno no era sino “Dios”, concebido como “Espíritu Absoluto” –pero nosotros no identificamos “Todo” o “Universo”, para ser más precisos, con “Dios”, a fin de no terminar divinizando el Mundo, sino que admitimos la hipótesis de la trascendencia del “Dios”. Pero resulta innegable que el “Todo” a que bien llamamos “Universo” es una suerte de “Fuerza” que todo lo empuja hacia delante, envolviéndolo todo en un “movimiento de progreso”, al decir del Romanticismo, o de “evolucionismo”, al decir del darwinismo (si bien la Ciencia de Darwin ha tomado la noción de “evolución de las especies” de la ya forjada noción cosmológica de evolución). En efecto, resulta conveniente concebir al “Universo” como una especie de “Fuerza”, o como una “Existencia” o “Realidad” movida por una Fuerza intrínseca –a la que algunos llaman “Dios”.
Los hombres, por su parte, forman parte conciente de éste movimiento universal, y él es el escenario de las contingentes existencias. Y es en éste contexto en el que nos encontramos con los individuos y sus experiencias concretas: con sus sufrimientos, alegrías, enfermedades y salud, muertes y vidas. Pero todo es uno y lo mismo. Una vez dije que los filósofos habían elaborado la visión dualista de “cuerpo-y-alma” para explicar la naturaleza humana y su relación entre su “dimensión material y psíquica o espiritual”. Más tarde los psiquiatras aggiornaron aquella con la de “constitución psicosomática”, para tratar de explicar cómo un fenómeno (o desorden) puede tener su repercusión en el organismo o físico. Pero hoy debemos abandonar todo tipo de dualismos e inclinarnos decididamente por una concepción unitaria del hombre, de carácter “monista”. Pues la naturaleza humana es una, no hay diferentes tipos de “salud” ni de “enfermedad”: el hombre (entero) es el que está sano y enfermo, sufriente o alegre, y esto, aunque no lo perciba, no requiere de una “distinción de ámbitos” (el psíquico o el físico), antes bien, precisa de una concepción unitaria; que sea capaz de trascender lo individual y ver la unidad del individuo, y a éste en el marco de una “existencia humana”, y a ésta en el marco de un “Universo” o “Todo” o “Fuerza” que lo supera, contiene, envuelve y arrastra hacia delante.
La “superación de sí mismo” acaece cuando el hombre descubre su verdadero lugar en el contexto del “devenir universal”, y se reconoce como parte de una realidad que lo supera. Sólo puede superar la enfermedad quien sabe que ella requiere de la salud para existir, pues ella no es sino la carencia, temporal o definitiva, de un bienestar orgánico. Pero hay que dejar de lado cualquier tipo de cuestionamiento o reflexión al respecto. Quien sufre sufre, nada más. No hay por qués, no hay sentido, no hay explicación.
Hace siglos que un filósofo trató de responder a la pregunta por el origen del mal en el mundo, y sobre todo el que es acarreado por la libertad humana, dijo: “Puesto que la naturaleza puede fallar… falla en efecto”. Y a esto no hay mucho que agregar. Sufrimos y ya. Como es muy poco, y las más de las veces nada, lo que podemos hacer frente al sufrimiento debemos tratar de sobrellevarlo del modo más humano y conveniente –y en ésto, quien padece está siempre improvisando.
La dignidad del ser humano radica, sin duda, en su entendimiento –en la evolución admirable de su capacidad reflexiva, patentemente manifiesta en los avances técnicos y científicos. Pues bien, que haga buen uso del mismo entendimiento y se vuelva capaz de descubrir que la adversidad forma parte del Universo, y de su vida misma, y que la asuma, pacientemente, con la serenidad y sabiduría propia de quien sabe, y comience a considerarla seriamente dentro de sus posibilidades reales, existenciales, sin más. Porque la enfermedad no es de suyo una excepción –aunque sí pueda serlo, en y para algunas personas, hasta cierta edad, la salud; y la existencia cotidiana es el escenario donde se dan cita, aunque a veces sutilmente, la vida y la muerte. Pero más allá de nuestro “principio y fin”, subsiste un Universo del que formamos parte y del cuál debemos sentirnos parte…
Y si resulta que más allá del Universo existe “un Dios” (tal como nosotros lo concebimos en éstos escritos), es preciso tener clara conciencia de que “Él o Éste” lo trasciende todo; comenzando por todos los antropomorfismos, es decir, todas las imágenes homínidas, tanto las que nos hayan convidado o como aquellas que nos hayamos podido hacer de “Aquel o Aquello” a lo largo de nuestra vida y del diálogo entre nuestra educación, cultura y propias experiencias, fantasías, deseos y necesidades. Porque si hay algo decible, respecto del “tal Dios” es que permanece-no-siendo-aparecido; es decir: está –a pesar de todo.-
Prof. Pablo H. Bonafina.
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