Φ   FILOSOFÍA NUEVA 

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AUTOBIOGRAFÍA

1924 [1925]

Obras Completas, CXXXI

Dr. Sigmund Freud

 

 

I

 

VARIOS colaboradores de esta colección inician sus trabajos haciendo resaltar la espinosa singularidad de su contenido. Para mí resulta aún más ardua la labor, pues en los repetidos trabajos de este género que tengo ya publicados he tropezado siempre con que la especial naturaleza del tema obligaba a hablar de mí  mismo más de lo que generalmente es costumbre o se juzga necesario.

 

Mi  primera  exposición  del  desarrollo  y  el  contenido  del  psicoanálisis  quedó integrada en las cinco conferencias que la Clark University, de Worcester (Estados Unidos), me invitó a pronunciar en sus aulas durante las fiestas con que celebró el vigésimo  aniversario  de  su  fundación  (1909).  Recientemente  he  escrito  para  una publicación americana, Los comienzos del siglo XX, cuyos lectores hicieron honor a la importancia  de  nuestra  disciplina  reservándola  en  un  capítulo  especial  otro  trabajo análogo.  En  el  mismo  intervalo,  la  revista  Jahrbuch  der  Psychoanalyse  publi  un ensayo mío, titulado Historia del psicoanálisis, que contiene ya todo lo que aquí pudiera comunicar. Siéndome imposible contradecirme, y no queriendo repetir sin modificación lo ya expuesto en otros lugares, habré de intentar establecer en el presente trabajo una nueva proporción de elementos  subjetivos y  objetivos, fundiendo lo biográfico con lo histórico.

 

Nací el año 1856 en Freiberg (Moravia), pequeña ciudad de la actual Checoslovaquia. Mis padres eran judíos, confesión a la que continúo perteneciendo. De mis ascendientes por línea paterna creo saber que vivieron durante muchos años en Colonia; emigraron en el siglo XIV o XV hacia el Este obligados por una persecución contra los judíos, y retornaron luego en el siglo XIX a través de Lituania y Galitzia, estableciéndose en Austria. Cuando tenía yo cuatro años me trajeron mis padres a Viena, ciudad en la que he seguido todos los grados de instrucción.

 

En el Gymnasium conservé durante siete años el primer puesto, gozando así de una situación privilegiada y siéndome dispensados casi todos los exámenes. Aunque nuestra posición económica no era desahogada, quería mi padre que para escoger carrera atendiese  únicamente  a   mis   inclinaciones.  En   aquellos  años  juveniles  no  sentia predilección especial ninguna por la actividad médica, ni tampoco la he sentido después. Lo que me dominaba era una especie de curiosidad relativa más bien a las circunstancias humanas que a los objetos naturales, y que no había reconocido aún la observación como el medio principal de satisfacerse.

 

Mi profunda dedicación a los escritos bíblicos (iniciada casi al tiempo que aprendí el arte de la lectura) tuvo, como lo reconocí mucho después, un prolongado efecto en la línea de mis intereses. Bajo la poderosa influencia de una amistad escolar con un niño mayor que yo, que llegó a ser un destacado político, se me formó el deseo de estudiar leyes como él y de obligarme a actividades sociales.

 

La teoría de Darwin, muy en boga por entonces, me atraía extraordinariamente porque quería prometer un gran progreso hacia la comprensión del mundo. La lectura del ensayo goethiano La Naturaleza, escuchada en una conferencia de vulgarización cienfica, me decidió por último a inscribirme en la Facultad de Medicina.

 

La Universidad, a cuyas aulas comencé a asistir en 1873, me procuró al principio sensibles decepciones. Ante todo, me preocupaba la idea de que mi  permanencia a la confesión israelita me colocaba en una situación de inferioridad con respecto a mis condiscípulos, entre los cuales resultaba un extranjero. Pero pronto rechacé con toda energía tal preocupación.

 

Nunca he podido comprender por qué habría de avergonzarme de  mi origen o, como  entonces  comenzaba  ya  a  decirse,  de  mi  raza.  Asimismo  renuncié  sin  gran sentimiento a la connacionalidad que se me negaba. Pensé, en efecto, que para un celoso trabajador siempre habría un lugar, por pequeño que fuese, en las filas de la Humanidad laboriosa, aunque no se hallase integrado  en ninguno de los grupos nacionales. Pero estas primeras impresiones universitarias tuvieron la consecuencia importantísima de acostumbrarme desde un principio a figurar en las  filas de la oposición y fuera de la «mayoría compacta», dotándome de una cierta independencia de juicio.

 

Descubrí también en estos primeros años de Universidad que la peculiaridad y la limitación de mis aptitudes me vedaban todo progreso en algunas disciplinas científicas, cuyo estudio había emprendido con juvenil impetuosidad. De este modo se me impuso la verdad de la advertencia del Mefisfeles goethiano: «En vano vagáis por los dominios de la ciencia; nadie aprende sino aquello que le está dado aprender.»

 

En el laboratorio  fisiológico  de  Ernest  Brücke logré  por  fin  tranquilidad  y satisfacción completas, hallando en él personas que me inspiraban respeto, y a las que podía tomar como modelos: el mismo gran Brücke y sus ayudantes Sigmund Exner y Ernst  Fleischl von Marxow. Brücke me encargó de una investigación, relativa a la histología del sistema nervioso; trabajo que llevé a cabo a satisfacción suya, y continue luego por mi cuenta. Permanecí en este  Instituto desde 1876 a 1882, con pequeñas interrupciones, y se me consideraba destinado a ocupar la primera vacante de «auxiliar» que  en  él  se  produjera.  Los  estudios  propiamente  médicos  -excepción  hecha  de  la Psiquiatría- no ejercían sobre mí gran atención, y retrasándome así en mi carrera, no obtuve el título de doctor hasta 1881.

 

Pero en 1882  mi venerado maestro rectificó la confiada ligereza de mi padre, llamándome urgentemente la atención sobre mi mala situación económica,   y aconsejándome que abandonase mi actividad,  puramente  teórica.  Siguiendo  sus consejos, dejé el laboratorio fisiológico y entré de aspirante en el Hospital General. Al poco tiempo fui nombrado interno del mismo, y  serví en varias de  sus salas, pasando más de  seis  meses  en  la  de  Meynert,  cuya  personalidad  me  había  interesado  ya profundamente en mis años de estudiante.

 

Sin embargo, permanecí en cierto modo fiel a mis primeros trabajos. Brücke me había indicado al principio, como objeto de investigación, la médula espinal de un pez de los más inferiores (el Ammocoetes pethomyzon), y de este estudio pasé al del sistema nervioso humano, sobre cuya complicada estructura acababan de arrojar viva luz los descubrimientos de Flechsig. El hecho de elegir única y exclusivamente al principio la medulla oblongata como objeto de investigación, fue también una consecuencia de la orientación de mis primeros estudios, en absoluta oposición a la naturaleza difusa de mi labor durante los primeros años universitarios, se desarrolló en mí una tendencia a la exclusiva  concentración  del  trabajo  sobre  una  materia  o  un  problema únicos. Esta inclinación ha continuado siéndome propia y  me ha valido luego el reproche de ser excesivamente unilateral.

 

En el laboratorio de anatomía cerebral continué trabajando, con la misma fe que antes en el fisiológico. Durante estos años redacté varios trabajos sobre la medulla oblongata, que merecieron la aprobación de Edinger; Meynert, que me había abierto las puertas del laboratorio aun antes de hallarme bajo sus órdenes, me invitó un día a dedicarme definitivamente a la anatomía del cerebro, prometiéndome la sucesión en su cátedra,  pues  se  sentía  ya  muy  viejo  para  profundizar  en  los  nuevos  métodos. Atemorizado  ante la magnitud de tal empresa, decliné la proposición. Probablemente, sospechaba ya que aquel hombre genial no se hallaba bien dispuesto para conmigo.

 

La anatomía del cerebro no representaba para mí, desde el punto de vista práctico, ningún progreso con relación a  la Fisiología. Así, pues, para satisfacer las exigencias materiales, hube de dedicarme al estudio de las  enfermedades  nerviosas.  Esta especialidad era por entonces  poco atendida en Viena. El  material de observación se hallaba diseminado en las diversas salas del hospital, y de este modo se carecía de toda ocasión de estudio, viéndose uno obligado a ser su propio maestro. Tampoco Nothnagel, a quien la publicación de su obra sobre la localización cerebral había llevado a la cátedra, diferenciaba la Neuropatología de  las demás ramas de la Medicina interna. Atraído por el gran nombre de Charcot, que resplandecía a lo lejos, formé el plan de alcanzar el punto de «docente» en la rama de enfermedades nerviosas, y trasladarme luego por algún tiempo a Pas, con objeto de ampliar allí mis conocimientos.

 

Durante los años en que fui médico auxiliar publiqué varias observaciones casuísticas sobre enfermedades orgánicas del sistema nervioso. Poco a poco  fui dominando la materia, y llegué a poder localizar tan exactamente un foco en la medulla oblongata, que la autopsia no añadía detalle alguno a mis afirmaciones. De este modo fui el primer médico de Viena que envió a la sala de autopsias un caso con el diagnóstico de «polineuritis aguda». La fama de  mis diagnósticos, confirmados por la autopsia, me atrajo  el  interés  de  varios  médicos  americanos,  a  los  que  comencé  a  dar,  en  un chapurreado  inglés,  um cursillo  sobre  tales  temas,  utilizando  como  material  de observación a los enfermos de mi sala. Pero no tenía el menor conocimiento de la neurosis; y así, cuando un día presenté a mis oyentes un neurótico con ininterrumpido dolor de cabeza  y diagnostiqué  el caso        de meningitis circunscrita crónica me abandonaron todos, poseídos de una justificada indignación crítica,  dando allí fin mi prematura  actividad  pedagógica.  Sin  embargo,  alega  en  mi  disculpa  que  grandes autoridades médicas de Viena solían aún diagnosticar por aquel entonces la neurastenia como un tumor cerebral.

 

En la primavera de 1885 me fue conferida la plaza de «docente» de Neuropatologia en mérito de mis trabajos histológicos y clínicos. Poco después  me consiguió Brücke una generosa pensión para realizar estudios en el extranjero, y al otoño siguiente me trasladé a París.

 

Confundido  entre  los  muchos  médicos  extranjeros  que  se  inscribían  como alumnos en la Salpêtrière, no se me dedicó al principio atención ninguna especial. Pero un día expresar a Charcot su sentimiento por no haber vuelto a tener noticia alguna desde la pasada guerra del traductor alemán de sus conferencias. Luego agregó que le agradaría mucho encontrar una  persona de garantía que se encargase de la traducción alemana de sus Nuevas conferencias. Al día siguiente me ofrecí para ello en una carta, en la que recuerdo haber escrito que sólo padecía la aphasie motrice, pero no la aphasie sensorielle du français. Charcot aceptó mi ofrecimiento, me admitió a su trato privado y me  hizo  participar  desde  entonces  directamente  en  todo  aquello  que  en  la  clínica sucedía.

 

Hallándome dedicado a la redacción del presente trabajo he recibido de Francia numerosos  ensayos  y  artículos  que  testimonian  de  una  violenta  resistencia a la aceptación  del  psicoanálisis  y  contienen  a  veces  afirmaciones  totalmente inexactas relativas a mi situación como respecto a la escuela francesa. Así, leo, por ejemplo, que aproveché mi estancia en París para familiarizarme con las teorías de P. Janet, huyendo luego con mi presa. Contra esta afirmación he de hacer constar que durante mi estancia en la Salpêtrière nadie nombraba aún para nada a P. Janet.

 

De todo lo que vi al lado de Charcot, lo que más  me impresionó fueron sus últimas investigaciones sobre la histeria,  una parte de las cuales se desarrolló aún en mi presencia, o sea la demostración de la autenticidad y normalidad de los fenómenos histéricos (Introite et hic dii sunt) y de la frecuente aparición de la histeria en sujetos masculinos, la creación de parálisis y contracturas histéricas por medio de la sugestión hipnótica y la conclusión de que estos productos artificiales muestran exactamente los mismos caracteres que los accidentales y espontáneos, provocados con frecuencia por un trauma. Algunas de las demostraciones de Charcot despertaron al principio en mí, como en otros de los asistentes, cierta extrañeza y una tendencia a la contradicción, que intentábamos apoyar en una de las teorías por entonces dominantes. El maestro discutía siempre nuestras objeciones con tanta paciencia y amabilidad como decisión, y en una de estas discusiones pronunció la frase Ç'a n'emche pas d'exister, para mí inolvidable.

 

No todo lo que por entonces nos enseñó Charcot se mantiene aún en pie. Parte de ello aparece ahora muy discutible, y otra parte ha sucumbido por completo a la acción del   tiempo.   Pero,   sin   embargo,   queda   aún   mucho   que   ha   pasado   a   integrar duraderamente el contenido de la ciencia. Antes de abandonar París tracé con Charcot el plan de un estudio comparativo de las palisis histéricas con las orgánicas. Me proponía demostrar el principio de que las parálisis y anestesias histéricas de las diversas partes del cuerpo se delimitan conforme a la representación vulgar (no anatómica) del hombre. El maestro se mostró de acuerdo conmigo, pero no era difícil adivinar que, en el fondo, no se sentía inclinado a profundizar en la psicología de las neurosis. Su punto de partida habría sido, en efecto, la Anatomía.

 

Antes de regresar a Viena permanecí varias semanas en Berlín dedicado a adquirir algunos conocimientos sobre las enfermedades de la infancia pues el doctor Kassowitz, de Viena, que dirigía un Instituto de enfermedades de la niñez, me había  prometido establecer una sala destinada a las enfermedades nerviosas infantiles. En Berlín fui amablemente  acogido  por  Adolf  Baginsky.  Durante  mi  actividad  en  el  Instituto  de Kassowitz publiqué luego varios trabajos sobre las parálisis cerebrales de los niños. A estos trabajos se debió más tarde, en 1897, el encargo que me hizo Nothnagel de tratar esta materia en su magno Manual de la terapia general y especial.

 

En otoño de 1886 me establecí como médico en Viena y contraje matrimonio con la  mujer que era, hacía ya más de cuatro años, mi prometida, y  me esperaba en una lejana ciudad.  Por cierto que, siendo aún novia mía, me hizo perder una ocasión de adquirir fama ya en aquellos años juveniles. En 1884 llegó a interesarme profundamente el alcaloide llamado cocaína por entonces muy poco conocido, y lo hice traer de Merck en cierta cantidad para estudiar sus efectos fisiológicos.  Hallándome dedicado a esta labor, se me presentó ocasión de hacer un viaje a la ciudad donde residía mi novia, a la que no veía hacía ya dos años, y puse término rápidamente a mi publicación prediciendo que no tardarían en descubrirse amplias aplicaciones de aquel alcaloide. Antes de salir de Viena encarg a mi amigo  el doctor Königstein, oculista, que investigase en qué medida resultaban aplicables las  propiedades  anestésicas de  la  cocaína  en  las intervenciones propias de su especialidad. A mi vuelta encontré que no Königstein, sino otro de mis amigos, Carl Koller (actualmente en Nueva York),  al que también había hablado de la cocaína,  haa llevado a cabo decisivos experimentos sobre sus propiedades anestésicas, comunicándolos y demostrándolos en el Congreso de Oftalmología de Heidelberg. Koller es, por tanto, considerado, con  razóncomo  el descubridor de la anestesia local por medio de la cocaína, tan importante para la pequeña cirugía. Por mi parte, no guardo a mi mujer rencor alguno por la ocasión perdida.

 

 

Mi establecimiento como neurólogo en Viena data, como antes indiqué, del otoño de 1886. A mi regreso de París y Berlín me hallaba obligado a dar cuenta en la Sociedad de  Médicos  de  lo  que  había  visto  y  aprendido  en  la  clínica  de  CharcotPero  mis comunicaciones a esta Sociedad fueron muy mal acogidas. Personas de gran autoridad, como el doctor Bamberger, presidente de la misma, las declararon increíbles. Meynert me invitó  a buscar  en Viena casos análogos  a los que describía y a presentarlos a la Sociedad.  Mas  los  médicos  en  cuyas  salas  pude  hallar  tales  casos  me  negaron  la autorización de observarlos. Uno de ellos, un viejo cirujano, exclamó al oírme: «Pero ¿cómo puedes sostener tales disparates? Hysteron (sic) quiere decir «útero». ¿Cómo, pues, puede un hombre ser histérico?» En vano alegué que no pedía la acepción de mis diagnósticos, sino tan sólo que se me dejara disponer de los enfermos que eligiera. Por fin encontré, fuera del hospital, un caso clásico de hemianestesia histérica en un sujeto masculino y pude presentarlo y demostrarlo ante la Sociedad de  Médicos. Esta vez tuvieron que rendirse a la evidencia, pero se desinteresaron en seguida de la cuestión. La impresión de que las grandes autoridades médicas habían rechazado mis innovaciones, obtuvo la victoria, y me vi relegado a la oposición con mis opiniones sobre la histeria masculina y la producción de parálisis histéricas por medio de la sugestión. Cuando poco después se me cerraron las puertas del laboratorio de Anatomía cerebral y me vi falto de local en el que dar mis conferencias, me retiré en absoluto de la vida académica y de relación profesional. Desde entonces no he vuelto a poner los pies en la Sociedad de Médicos.

 

Pero si quería vivir del tratamiento de los enfermos nerviosos había de ponerme en condiciones de presentarles algún auxilio. Mi arsenal terapéutico no comprendía sino dos armas, la electroterapia y la hipnosis, pues el envío del enfermo a unas aguas medicinales  después  de  una  única  visita   no  constituía  una  fuente  suficiente  de rendimiento. Por lo que respecta a electroterapia, me conf al manual de W. Erb, que integraba prescripciones detalladas para el tratamiento de todos los síntomas nerviosos. Desgraciadamente, comprobé al poco tiempo que tales prescripciones eran ineficaces y que me había equivocado al considerarlas  como una cristalización de observaciones concienzudas y exactas, no siendo sino una arbitraria fantasía. Este descubrimiento de que la obra del primer neuropatólogo alemán no tenga más relación con la realidad que un libro egipcio sobre los sueños, como los que se venden en baratillos, me fue harto doloroso pero me ayudó a libertarme de un resto de mi ingenua fe en las autoridades. Así, pues, eché a un lado el aparato eléctrico, antes que Moebius  declarara decisivamente que los resultados del tratamiento eléctrico de los enfermos nerviosos no eran sino un efecto de la sugestión del médico.

 

 

La hipnosis era ya otra cosa. Siendo aún estudiante, asistía a una sesión pública del «magnetizador» Hansen y observé que uno de los sujetos del experimento palidecía al entrar en el estado de  rigidez cataléptica y permanecía  lívido hasta  que  el magnetizador le hacía volver a su estado normal. Esta circunstancia me convenció de la legitimidad  de  los  fenómenos  hipnóticos. Poco después halló esta  opinión  en Heindenhain,  su  representante  científico,  circunstancia que  no  le  impidió  a  los profesores de Psiquiatría continuar afirmando que el hipnotismo era una farsa peligrosa y despreciando a los hipnotizadores. Por mi parte, había visto emplear sin temor alguno, en París, el hipnotismo, para crear síntomas y hacerlos luego desaparecer. Poco después llegó a nosotros la noticia de que en Nancy había surgido una escuela que utilizaba ampliamente la sugestión, con hipnotismo o sin él, para fines terapéuticos logrando sorprendentes resultados. Todas estas circunstancias me llevaron a hacer de la sugestión hipnótica mi principal instrumento de trabajo -aparte  de otros métodos psicoterápicos más casuales y menos sistemáticos- durante mis primeros años de actividad médica.

 

Esto suponía la renuncia al tratamiento de las enfermedades nerviosas orgánicas, pero tal renuncia no significaba gran cosa,  pues en primer lugar la terapia de tales estados no ofrecía porvenir ninguno, y en segundo, el  número de enfermos de este género resultaba pequeñísimo, comparado con el de los neuróticos, número que aparece, además, multiplicado por el hecho de que los pacientes pasan de un médico a otro sin hallar alivio. Por último, el hipnotismo daba a la labor médica considerable atractivo. El médico  se  libertaba  por  vez  primera  del  sentimiento  de  su  impotencia,  y  se  veia halagado por la fama de obtener curas milagrosas. Más tarde descubrí los inconvenientes de   este   procedimiento,   pero   al   principio   sólo   podía   reprocharle   dos   defectos: primeramente, no resultaba posible hipnotizar a todos los enfermos, y en segundo lugar, no  estaba  al  alcance  del  médico  lograr,  en  determinados  casos,  una  hipnosis  tan profunda como lo creyese conveniente. Con  el propósito de perfeccionar  mi técnica hipnótica, fui en 1889 a Nancy, donde pasé varias semanas. Vi allí al anciano Liébault, en su conmovedora labor con las mujeres y niños de la población obrera, y fui testigo de los  experimentos  de  Bernheim  con  los  enfermos  del  hospital,  adquiriendo  intensas impresiones de la posible existencia de poderosos procesos anímicos que permanecían, sin embargo, ocultos a la consciencia. Pensando que sería valioso persuadí a una de mis pacientes a seguirme a Nancy. Histérica, mujer distinguida y de geniales dotes, que había acudido a mí después de no haber hallado alivio alguno en las prescripciones de otros médicos. Por medio de la sugestión hipnótica conseguí procurarle una existencia soportable, logrando extraerla de su miserable estado. El hecho de que al cabo de algún tiempo  recayese  siempre,  lo  atribuí,  en  mi  desconocimiento  de  las  circunstancias verdaderas, a que su hipnosis no  había  llegado  a  alcanzar  nunca  el  grado  de sonambulismo con amnesia. Bernheim intentó también hipnotizarla profundamente, pero tampoco lo  consiguió,   confesando luego  sinceramente  que  sus  grandes  éxitos terapéuticos  habían  sido  siempre  con  pacientes  de  su  sala  del  hospital,  nunca  con enfermos de su consulta privada. Durante mi estancia en Nancy tuve con él varias interesantísimas conversaciones y acepté el encargo de traducir al alemán sus dos obras sobre la sugestión y sus efectos terapéuticos.

 

 

De 1886 a 1891 abandoné casi por completo la investigación científica y apenas publiqué algo. Tuve, en efecto, que dedicar todo mi tiempo a afirmarme en mi nueva actividad y a asegurar la existencia material de mi familia, que iba creciendo rápidamente. En 1891  publiqué  mi  primer  trabajo  sobre  las  parálisis  cerebrales infantiles,  escrito  en  colaboración  con  el  doctor  Oskar  Rie,  mi  amigo  y  ayudante. Asimismo  fui  invitado  a  encargarme  de  la  parte  referente  a  la  teoría  de  la  afasia, dominada entonces por el punto de vista de la localización, sostenido por  Wernicke y Lichtheim en una obra de Medicina. Un librito crítico-especulativo, titulado Sobre la afasia, fue el fruto de esta labor. Pasaré ahora a describir cómo la investigación científica volvió a constituir el interés capital de mi vida.

 

 

II

 

 

COMPLETANDO la exposición que precede, añadiré que desde un principio me serví del hipnotismo para un fin distinto de la sugestión hipnótica. Lo utilicé, en efecto, para hacer que el enfermo me revelase la historia de la génesis de sus síntomas, sobre la cual no podía muchas veces proporcionarme dato alguno hallándose en estado normal. Este procedimiento, a más de entrañar una mayor eficacia que los simples mandatos y prohibiciones de la sugestión, satisfacía la curiosidad científica del médico, el cual poseía  un  indiscutible  derecho  a  averiguar  algo  del  origen  del  fenómeno,  cuya desaparición intentaba lograr por medio del monótono procedimiento de la sugestión.

 

 

A  este  otro  procedimiento  llegué  del  modo  siguiente:  Hallándome  aún  en  el laboratorio de Bcke conocí al doctor José Breuer,  uno de los médicos de cabecera más considerados de Viena, que poseía además un pasado científico, pues era autor de varios valiosos trabajos sobre la fisiología de la respiración y sobre el órgano del equilibrio. Era Breuer un hombre de inteligencia  sobresaliente,  catorce  años  mayor  que  yo. Nuestras  relaciones  se  hicieron  pronto  íntimas,  y  Breuer  llevó  su  amistad  hasta auxiliarme en situaciones difíciles de mi vida. Durante muchos años compartimos todo interés científico, siendo yo, naturalmente, a quien este intercambio beneficiaba más. El desarrollo del psicoanálisis me cos después su amistad. Muy difícil me fue prescindir de ella, pero resul inevitable.

 

 

Antes de mi viaje a París  me había comunicado ya Breuer un caso de histeria, sometido por él desde 1880 a 1882 a un tratamiento especial, por medio del cual había conseguido penetrar profundamente en la  motivación y significación de los síntomas histéricos. Esto sucedía en una época en la que los trabajos de Janet pertenecían aún al futuro. Breuer me leyó varias veces fragmentos del historial clínico de dicho caso, que me dieron la impresión de constituir un progreso decisivo en la inteligencia de las neurosis. Durante mi estancia  en París di  cuenta a Charcot de los descubrimientos de Breuer, pero el maestro no demostró interesarse por ellos.

 

 

De retorno a Viena, hice que Breuer me comunicase más detalladamente sus observaciones. La paciente era una muchacha de ilustración y aptitudes nada comunes, cuya  dolencia  había  comenzado  a  manifestarse  en  ocasión  de  hallarse  dedicada  al cuidado de su padre, gravemente enfermo. Cuando acudió a la consulta de Breuer, ofrecía  un  variado  cuadro  sintomático:  parálisis,  con  contracciones,  inhibiciones y estado  de  perturbación  psíquica.  Una  observación  casual  reveló  al  médico  que  la paciente podía ser libertada de tales perturbaciones de la consciencia cuando se le hacía dar una expresión verbal a la fantasía afectiva que de momento la dominaba.  De este descubrimiento  dedujo  Breuer  un  método  terapéutico.  Sumiendo  a  la  sujeto  en  un profundo sueño hipnótico, la hacía relatar lo que en aquellos instantes oprimía su ánimo. Dominados así los accesos de perturbación depresiva, empl el mismo procedimiento para provocar la desaparición de las inhibiciones y de los trastornos somáticos. Durante el estado de vigilia, la paciente era tan incapaz como otros enfermos de indicar la génesis  de  sus  síntomas  y  no  encontraba  conexión  alguna  entre  ellos  y  algunas impresiones de su vida. Pero en la hipnosis hallaba inmediatamente el enlace buscado. Resultó así que todos sus síntomas se hallaban relacionados con intensas impresiones, recibidas durante el tiempo que pasó cuidando  a su padre, enfermo, y que, por tanto, poseían  un  sentido,  correspondiendo  a  restos  o  reminiscencias  de  tales  situaciones afectivas. Generalmente resultaba que en ocasn de hallarse junto al lecho de su padre había tenido que reprimir un pensamiento o un impulso, en cuyo lugar y representación había luego aparecido el síntoma. Mas, por lo regular, cada  síntoma no constituía el residuo de una sola escena «traumática», sino el resultado de la adición de numerosas situaciones análogas. Cuando luego en la hipnosis recordaba la sujeto alucinatoriamente una tal situación y realizaba a posteriori el acto psíquico antes reprimido, dando libre curso al efecto correspondiente, desaparecía definitivamente el síntoma. Por  medio de este procedimiento consiguió Breuer, después de una larga y penosa labor, libertar a la enferma de todos sus síntomas.

 

 

La sujeto quedó así curada, y no volvió a experimentar perturbación alguna del orden  histérico,  habiéndose  demostrado   luego  capaz  de  importantes  rendimientos intelectuales. Pero el desenlace del tratamiento quedaba envuelto para mí en una cierta oscuridad, que Breuer no quiso nunca disipar. También me era imposible comprender por  qué  había  mantenido  secreto  durante  tanto  tiempo  su  descubrimiento,  que  yo consideraba inestimable, en  lugar de hacerlo público, en  provecho de la ciencia. La única objeción admisible era la de si debía generalizar un hecho comprobado tan sólo en un  único  caso;  pero  las  circunstancias  descubiertas  me  parecían  de  naturaleza  tan fundamental, que una vez demostradas en un caso de histeria, tenían, a mi juicio, que aparecer integradas en todo enfermo de este orden. Ahora bien: siendo ésta una cuestión que  sólo  la  experiencia  podía  decidir,  comencé  a  repetir  con  mis  pacientes  las investigaciones de Breuer, no empleando con ellos método ninguno distinto, sobre todo después que mi visita a Bernheim en 1889 me hubo revelado los mites eficaces de la sugestión hipnótica, y al cabo de varios años, durante los cuales no hallé un solo caso de histeria que siendo accesible  a dicho método no confirmase los descubrimientos de Breuer, habiendo reunido un importante material de observaciones análogas a las suyas, le propuse publicar un trabajo común sobre  la materia, cosa a la que comenzó por resistirse  tenazmente.  Por  último,  cedió  a  mis  instancias  cuando  ya  Janet  se  había adelantado,  publicando  en  sus  trabajos  una  parte  de  los  resultados  anteriormente obtenido por Breuer; esto es, la referencia de los síntomas histéricos a impresiones de la vida del sujeto y su supresión por medio de la reproducción hipnótica in statu nascendi. Así pues, dimos a la estampa en 1893 una  «comunicación interna», titulada Sobre el mecanismo psíquico de los fenómenos histéricos, y en 1895, nuestro libro Estudios sobre la histeria.

 

 

El contenido de este libro es, en su parte esencial, de Breuer, circunstancia que siempre he declarado honradamente y que hago constar aquí una vez más. En la teoría que en él se intenta elaborar trabajé en  una medida cuya determinación no es ya hoy posible. Esta teoría se mantiene dentro de mites modestísimos, no yendo mucho más allá de una expresión inmediata de las observaciones realizadas. No intenta fijar la naturaleza de la histeria, sino tan sólo esclarecer la génesis de sus síntomas. En esta labor acentúa la significación de la vida afectiva y la importancia de la distinción entre actos  psíquicos  inconscientes  y  conscientes  (o  mejor,   capaces  de  consciencia)  e introduce un factor dinámico, haciendo nacer el síntoma del estancamiento de un afecto y  un  factor  económico,  considerando  al  mismo  síntoma  como  el  resultado de la transformación de un montante de energía, utilizado normalmente de un modo distinto (la llamada «conversión»). Breuer dio a nuestro método el calificativo de «catártico», y declaró que su fin terapéutico era el de afecto, utilizado para mantener el síntoma, y que por haber emprendido un camino falso se hallaba estancado a los caminos normales, que podían conducirle a una descarga. Este método cartico alcanzó excelentes resultados. Los defectos que más tarde demostró entrañar son los inherentes a todo tratamiento hipnótico. Todavía actualmente hay muchos psicoterapeutas que continúan empleando este método tal y como Breuer lo empleaba. En el tratamiento de las neurosis de guerra en el Ejército alemán durante la conflagración europea, lo ha utilizado E. Simmel con éxito satisfactorio como procedimiento curativo   abreviado.  La   sexualidad  no desempeñaba en la teoría de la catarsis papel importante ninguno. En los historiales clínicos aportados por mí a los Estudios sobre la histeria intervienen ciertamente factores de la vida sexual; pero apenas se les concede un valor distinto del de las restantes excitaciones afectivas. De su primera paciente, que ha llegado a adquirir celebridad, cuenta Breuer que lo sexual se hallaba en ella sorprendentemente poco desarrollado. Por los Estudios sobre la histeria no sería fácil adivinar la importancia de la sexualidad en la etiología de las neurosis.

 

 

He descrito ya varias veces tan detalladamente el estadio inmediato de nuestra disciplina, o sea, el paso desde la catarsis al psicoanálisis propiamente dicho, que ha de serme difícil consignar aquí nada nuevo. El  suceso que inició esta transición fue el retraimiento de Breuer de nuestra colaboración, quedando desde este momento en mis manos la administración de su herencia. Ya anteriormente habían surgido entre nosotros algunas diferencias de opinión; pero no habían sido suficientes para separarnos. Para el problema de cuándo se hace  patógeno un proceso  anímico, esto es, de cuándo queda excluido de un desenlace normal, prefería Breuer una teoría que pudiéramos calificar de fisiológica. Opinaba que los procesos que escapaban a su destino normal eran aquellos que nacían en estados anímicos extraordinarios (estados  «hipnoides»).  Pero  esta solución no hacía sino plantear un nuevo problema: el de cuál podría ser el origen de tales estados hipnoides. Por mi parte, suponía, en cambio, la existencia de un juego de fuerzas, esto es, del efecto de intenciones y tendencias análogas a las observables en la vida anormal, oponiendo así a la «histeria hipnoide» de Breuer la «neurosis de defensa». Pero estas y otras diferencias no hubieran llevado nunca a Breuer a abandonar sus trabajos si no hubiesen venido a agregarse a ellas otros factores. En primer lugar, su extensa clientela le impedía dedicar, como yo, toda su actividad a la labor catártica, y, además, influyó sobre él la mala acogida que nuestro libro obtuvo. Su confianza en sí mismo  y  su  capacidad  de  resistencia  no  se  hallaban  a  la  altura  de  su  restante organización espiritual. Cuando, por ejemplo, dedica Strümpell una durísima crítica a nuestro  libro,  pude  yo  dejarla  resbalar  sobre  mí,  dándome  cuenta  de  la  absoluta incomprensión del exégeta; pero Breuer se irritó y comenzó a sentirse descorazonado. De  todos  modos,  lo  que  más  contribuyó  a   su  decisión  fue  la  imposibilidad  de familiarizarse con la nueva orientación que tomaron mis trabajos.

 

La teoría que haamos intentado edificar en los Estudios era muy incompleta. Sobre todo, apenas habíamos rozado el problema de la etiología, o sea, el de la base del proceso patógeno. Posteriormente hube de comprobar con mayor evidencia cada vez que detrás  de  las  manifestaciones  de  la  neurosis  no  actuaban  excitaciones  afectivas  de naturaleza indistinta, sino precisamente de naturaleza sexual, siendo siempre conflictos sexuales actuales o repercusiones de sucesos sexuales pasados. He de hacer constar que no me hallaba preparado a tal descubrimiento, totalmente inesperado para mí, que no llevó a la investigación de los sujetos neuróticos prejuicio alguno de este orden. Cuando en 1914 escribí la Historia del  movimiento psicoanalítico surgió en mí el recuerdo de algunos dichos de Breuer, Charcot y Chrobak, que podían haberme orientado en este camino. Mas por entonces no comprendí bien lo que tales autoridades querían decir, y sus  afirmaciones  dormitaron  en  mí  hasta  que  con  ocasión  de  las  investigaciones catárticas,  resurgieron  bajo  la  forma  de  descubrimiento  propio.  Tampoco  sabía  en aquella época que al referir la histeria a la sexualidad había retrocedido a los tiempos más antiguos de la Medicina y me había agregado a un juicio de Platón. Esto último me lo reveló mucho después la lectura de un trabajo de Havelock Ellis.

 

 

Bajo la influencia de mi sorprendente descubrimiento di un paso que ha tenido amplias consecuencias. Traspasé los mites de la histeria y comencé a investigar la vida sexual  de  los  enfermos  llamados  neurasténicos,  que  acudían  en  gran  número  a  mi consulta.  Este  experimento  me  costó  gran  parte  de  mi  clientela;  pero  me  procuró diversas convicciones, que hoy día, cerca de  treinta años después, conservan toda su fuerza. Era, desde luego, necesario vencer la infinita hipocresía con la que se encubre todo lo referente a la sexualidad; pero una vez conseguido esto, se hallaban en la mayoría de estos enfermos importantes desviaciones de la función sexual. Dada la gran frecuencia  tanto  de  dichas  desviaciones  como  de  la  neurastenia,  no  presentaba  su coincidencia gran fuerza probatoria; pero posteriores observaciones, más penetrantes, me hicieron descubrir en la abigarrada colección de cuadros patológicos, reunida bajo el concepto de neurastenia, dos tipos  fundamentalmente  diferentes  que  podían  surgir, mezclados en muy variadas proporciones, pero que también se ofrecían aislados a la observación. En uno de estos tipos era el ataque de angustia el fenómeno central, con sus equivalentes formas rudimentarias y síntomas sustitutivos crónicos, por todo lo cual le di el  nombre  de neurosis  de angustia, limitando  al  otro   tipo  la  denominación  de neurastenia. Una vez hecho esto,  fue  fácil  determinar que a cada uno de estos tipos correspondía una distinta anormalidad de la vida sexual como factor etiológico (coitus interruptus,  excitación  frustrada  y  abstinencia  sexual  en  un  caso,  y masturbación excesiva y poluciones frecuentes en el otro). En algunos casos, especialmente instructivos, en los que tenía efecto una sorprendente transición del cuadro patológico desde uno de los dos tipos al otro, conseguí demostrar que dicha transición se hallaba basada en un cambio correlativo del régimen sexual. Cuando se lograba hacer cesar la anormalidad y sustituirla por una actividad sexual normal, mejoraba considerablemente el estado del sujeto.

 

De este modo llegué a considerar las neurosis, en general, como perturbaciones de la función sexual, siendo las llamadas neurosis actuales una expresión tóxica directa de dichas perturbaciones, y las psiconeurosis, una expresión psíquica de las  mismas. Mi conciencia médica quedó satisfecha con este resultado, pues esperaba haber llenado una laguna de la Medicina, la cual no admitía, con relación a una función tan importante biológicamente como ésta, otras perturbaciones que las causadas por una infección o por una grosera lesión anatómica.

 

 

Aparte de esto, mi teoría se hallaba de acuerdo con la opinión médica de que la sexualidad no es simplemente algo psíquico, sino que tiene también su faceta somática, debiéndose atribuirle un quimismo especial y derivar la excitación sexual de la presencia de determinadas materias aún desconocidas. El hecho de que las neurosis espontáneas, propiamente dichas, no mostrasen tanta analogía con ningún grupo de enfermedades como con los fenómenos de intoxicación y abstinencia provocados por la introducción o sustracción de ciertas  materias  tóxicas   o  con  la  enfermedad  de  Basedow,  cuya dependencia  del  producto  de  la  glándula  tiroides  es  generalmente  conocida,  tenía también que poseer algún fundamento.

 

 

Posteriormente no he tenido ocasión de  volver sobre las investigaciones de las neurosis actuales. No ha habido tampoco nadie que haya  continuado  esta parte de mi labor. Volviendo hoy la vista a los resultados entonces obtenidos, reconozco en ello una primera y burda esquematización de un estado de cosas probablemente mucho más complicado; pero continúo considerándolos exactos. Me hubiera complacido someter al análisis psicoanalítico en épocas posteriores del desarrollo de nuestra disciplina otros casos de neurastenia pura, juvenil; pero, como ya indiq antes, no he tenido ocasión para ello.

 

 

Para evitar equivocadas interpretaciones haré constar que estoy muy lejos de negar  la  existencia  del  conflicto  psíquico  y  de  los  complejos neuróticos  en  la neurastenia.  Me  limito  a  afirmar  que  los  síntomas  de  estos  enfermos  no  se  hallan determinados psíquicamente ni son susceptibles de supresión por medio del análisis, debiendo ser considerados como consecuencias tóxicas directas de la perturbación del quimismo sexual.

 

Cuando en los años siguientes a la publicación de los Estudios llegué a estos resultados referentes al papel etiológico de la sexualidad en las neurosis, los expuse en varias conferencias, tropezando con la general incredulidad y oposición. Breuer intentó una vez más apoyarme con todo el peso de su autoridad personal; pero nada consiguió, tanto más cuanto que no era difícil adivinar que la aceptación de la etiología sexual era también contraria a  sus inclinaciones. Hubiera podido desorientarme y dar armas a la crítica alegando el caso de su primera paciente, en la que no parecía haber intervenido para nada el factor sexual. Pero jamás utilizó tal argumento, circunstancia que no llegué a comprender hasta que algún tiempo después pude interpretar acertadamente dicho caso y reconstruir el punto de partida de su tratamiento basándome en las observaciones que sobre él me había comunicado Breuer. Terminada la labor de «amor de transferencia», y no acertando Breuer a relacionar dicho estado en la enfermedad, hubo de cortar, lleno de confusión, su trato con la sujeto, resultándole desde aquel momento muy penoso todo lo que le recordaba este incidente, al que consideraba como una infortunada casualidad. Su conducta   para conmigo osciló repentinamente entre  el  reconocimiento  de mis afirmaciones  y su más acerba crítica. Luego surgieron, como siempre en estas situaciones, circunstancias fortuitas que acabaron provocando nuestra separación.

 

 

Mi estudio de las formas de la nerviosidad general me llevó asimismo a modificar la técnica catártica. Abando la hipnosis e intenté sustituirla por otro método, buscando superar la limitación del tratamiento a los estados  histeriformes. Además, había comprobado dos graves insuficiencias del  empleo  del  hipnotismo, incluso en su aplicación a la catarsis. En primer lugar, los  resultados  terapéuticos  obtenidos desaparecían ante la menor perturbación de la relación personal entre médico y enfermo. Volvían  ciertamente  a  aparecer  una  vez  conseguida  la  reconciliación; pero se demostraba así que la relación personal afectiva -factor imposible de dominar- era más poderosa que la labor catártica. Además, lle un día en el que me fue dado comprobar algo que sospechaba ya desde mucho tiempo atrás. Una de mis pacientes más dóciles, con la cual haa obtenido por medio del hipnotismo los más favorables resultados, me sorprendió, un día que había logrado libertarla de un doloroso acceso refiriéndolo a su causa inicial, echándome los  brazos al cuello al despertar del sueño hipnótico. Una criada que llamó a la puerta en aquellos momentos nos evitó una penosa explicación; pero desde tal día renunciamos, por un acuerdo tácito, a la continuación del tratamiento hipnótico. Suficientemente modesto para no  atribuir aquel incidente a  mis atractivos personales, supuse haber descubierto con él la naturaleza del elemento místico que actuaba  detrás  del  hipnotismo. Para suprimirlo o, por lo menos, aislarlo tenía que abandonar el procedimiento hipnótico.

 

 

Pero el hipnotismo        haa prestado al tratamiento catártico extraordinarios servicios,  ampliando  el  campo  de  la  consciencia  del  sujeto  y  proporcionándole un conocimiento del que carecía en estado de vigilia. No parecía, pues, nada fácil hallar con qué sustituirlo. En esta perplejidad, recordé un experimento del que había sido testigo durante mi visita a Bernheim. Cuando el sujeto despertaba del sonambulismo, parecía haber  perdido  todo  recuerdo  de  lo  sucedido  durante  dicho  estado.  Pero  Bernheim afirmaba  que  sabía  perfectamente  cuándo  había  pasado,  y   cuando  le  invitaba  a recordarlo, insistiendo en que nada de ello  ignoraba, debiendo decirlo,  y colocaba la mano  sobre  la  frente  del  sujeto,  acababan  por  surgir  los  recuerdos  olvidados, vacilantemente primero, y luego con absoluta fluidez y claridad. Decidí, pues, emplear este mismo procedimiento. Mis pacientes tenían también que «saber» lo que antes les hacía accesible la hipnosis, y mi insistencia en este sentido había de tener el poder de llevar a la consciencia los hechos y conexiones olvidados.

 

 

Este procedimiento habría de ser más  trabajoso que el hipnótico, pero también más instructivo. Abandoné, pues, el hipnotismo y sólo conser de él la colocación del paciente en decúbito supino sobre un lecho  de reposo,  situándome yo detrás de él de manera a verle sin ser visto.

 

 

III

 

 

MIS esperanzas se cumplieron por completo. Abandoné el hipnotismo; pero el cambio de táctica trajo consigo un cambio de aspecto de la labor catártica. El hipnotismo había encubierto un juego de fuerzas que se evidenciaba ahora y cuyo descubrimiento proporcionaba a la teoría una base firmísima.

 

¿Cuál podría ser la causa de que los enfermos hubiesen olvidado tantos hechos de su vida interior y exterior y pudiesen, sin embargo, recordarlos cuando se les aplicaba la técnica  antes  descrita?  La  observación   daba  a  esta  pregunta  respuesta  más  que suficiente. Todo lo olvidado había sido penoso por un motivo cualquiera para el sujeto, siendo considerado por las aspiraciones de  su personalidad como temible, doloroso o avergonzado. Haa, pues, que pensar que debía precisamente a tales caracteres el haber caído en el olvido, esto es, el no haber permanecido consciente. Para hacerlo consciente de  nuevo  era  preciso dominar en el enfermo algo que se  rebelaba  contra  ello, imponiéndose así al médico un esfuerzo. Este esfuerzo variaba mucho según los casos, creciendo en razón directa de la gravedad de lo olvidado, y constituía la medida de la resistencia del enfermo. De este modo surgió la teoría de la represión.

 

Fácilmente  podía  reconstituirse  ya  el  proceso  patógeno.  Describiremos, como ejemplo, un caso sencillo: Cuando en la vida anímica se introduce una tendencia a la que se oponen otras muy poderosas, el desarrollo normal del conflicto anímico así surgido consistiría en que las dos magnitudes dinámicas -a las que para nuestros fines presentes llamaremos instinto y resistencia-  lucharían  durante  algún  tiempo  ante  la  intensa expectación de la consciencia hasta que el instinto quedase rechazado y sustraída a su tendencia la carga de energía. Este sería el desenlace normal. Pero en la neurosis, y por motivos aún desconocidos, habría hallado el  conflicto un distinto desenlace. El yo se habría retirado, por decirlo así, ante el impulso instintivo repulsivo, cerrándose el acceso a la consciencia y a la descarga motora directa, con lo cual habría conservado dicho impulso toda su carga de energía. A este proceso, que constituía una absoluta novedad, pues jamás se había descubierto en la vida anímica nada análogo, le  di el nombre de represión. Era, indudablemente, un mecanismo primario de defensa comparable a una tentativa de fuga y precursor de la posterior  solución  normal  por  enjuiciamiento  y condena del impulso repulsivo. A este primer acto de represión se enlazaban diversas consecuencias. En primer lugar, tenía el yo que protegerse  por medio de un esfuerzo permanente, o sea, de una contracarga, contra la presión, siempre amenazadora, del impulso  reprimido,  sufriendo  así  un  empobrecimiento.  Pero,  además,  lo  reprimido, devenido inconsciente, podía alcanzar una descarga y una satisfacción  sustitutiva por caminos indirectos, haciendo, por tanto, fracasar el propósito de la represión. En la histeria de conversión llevaba dicho camino  indirecto a la inervación somática, y el impulso reprimido surgía en  un lugar cualquiera y creaba  los síntomas, que eran, por tanto, resultados de una   transacción, constituyendo, desde luego, satisfacciones sustitutivas, pero deformadas y desviadas de sus fines por la resistencia del yo.

 

La teoría de la represión constituyó la base principal de la comprensión de las neurosis e impuso una modificación de la labor terapéutica. Su fin no era ya hacer volver a los caminos normales los afectos extraviados por una falsa ruta, sino descubrir las represiones y suprimirlas mediante un juicio que aceptase o condenase definitivamente lo excluido por la represión. En acatamiento a este nuevo estado de cosas, di al método de investigación y curación resultante el nombre de psicoanálisis en sustitución del de catarsis.

 

 

Podemos partir de la represión como  punto central y enlazar con ella todas las partes  de  la  teoría  psicoanalítica.  Pero  antes  quiero  consignar  una  observación  de carácter polémico. Según Janet era la histérica una pobre criatura que a consecuencia de una  debilidad  constitucional  no  podía  mantener  en  coherencia  sus  actos  anímicos, sucumbiendo así a la disociación psíquica y a la disminución de la consciencia. Pero, conforme a los resultados de las investigaciones psicoanalíticas, eran estos fenómenos el resultado de factores dinámicos del conflicto psíquico y de la represión realizada. A mi juicio,  es  esta  diferencia  lo  suficientemente  amplia  para  poner  fin  a  la  infundada afirmación, tantas veces repetida, de que lo único importante del psicoanálisis es lo que éste ha tomado de las teorías de Janet. La exposición que hasta aquí vengo realizando ha de haber mostrado claramente al lector que el psicoanálisis es totalmente independiente, desde el punto de vista histórico, de los descubrimientos de Janet, siendo, además, su contenido muy distinto y mucho más amplio. De los trabajos de Janet no hubieran podido deducirse jamás las consecuencias que han dado al psicoanálisis una tan amplia importancia en los dominios de la ciencia, atrayéndole el interés general. En todos mis trabajos he hablado de Janet con el mayor respeto, pues sus descubrimientos coincidieron en muchas partes con los de  Breuer, realizados con anterioridad, aunque publicados  después.  Pero  cuando  el  psicoalisis  comenzó  a  discutirse  también  en Francia, Janet se condujo con poca corrección, mostrando muy escaso conocimiento de la materia y utilizando argumentos ilegítimos. Por último, ha disminuido todo el valor de su obra, declarando que cuando hablaba de actos psíquicos «inconscientes», ello no constituía sino «façon de parler».

 

 

En cambio, el psicoanálisis se vio obligado, por el estudio de las represiones patógenas y de otros fenómenos que más adelante mencionaremos, a conceder una extraordinaria importancia al concepto de lo inconsciente. Para el psicoanálisis todo es, en un principio, inconsciente, y la cualidad de la consciencia puede agregarse después o faltar en absoluto. Estas afirmaciones tropezaron con la oposición de los filósofos, para los que lo consciente y lo psíquico son una sola cosa, resultándoles inconcebible la existencia de lo psíquico inconsciente. El psicoanálisis tuvo, pues, que surgir adelante sin atender a esta idiosincrasia de los filósofos, basándose en observaciones realizadas en material  patológico  absolutamente ignoradas  por sus contradictores y en lãs referentes a la frecuencia y poderío de impulsos de los que nada sabe el propio sujeto, el cual se ve obligado a deducirlos como otro hecho cualquiera del mundo exterior. Podía alegarse, además, que lo que hacía no era sino aplicar a la propia vida anímica la forma en que nos representamos la de otras personas. A éstas les adscribimos actos psíquicos de los cuales no poseemos una consciencia inmediata, teniéndolo que deducir de las manifestaciones del individuo de que se trata. Ahora bien: aquello que creemos acertado cuando se trata de otras personas, tiene  que serlo también con respecto a la propia. Continuando el desarrollo de este argumento y deduciendo de él que los propios actos ocultos  pertenecen  a  una  segunda  consciencia,  llegaremos  a  la  concepción  de  una consciencia de la que nada sabemos, o sea, de una consciencia inconsciente, resultando aún más difícilmente  admisible  que la hipótesis de  la  existencia  de  lo  psíquico inconsciente. Si, en  cambio,  decimos con  otros filósofos  que  reconocemos  los fenómenos patológicos, pero que los actos  en los que dichos  fenómenos se basan no pueden ser calificados de psíquicos, sino de psicoides, no haremos sino iniciar una discusión verbal  totalmente infructuosa, cuya  mejor solución será siempre, además, el mantenimiento de la expresión «psiquismo inconsciente». Surge entonces el problema de qué es lo que puede ser este psiquismo inconsciente, problema que no ofrece ventaja ninguna con respecto al anteriormente planteado sobre la naturaleza de lo consciente.

 

 

Más difícil sería exponer sintéticamente  cómo  el  psicoanálisis  ha  llegado a articular el psiquismo inconsciente, cuya existencia reconoce, descomponiéndolo en un psiquismo preconsciente y un psiquismo propiamente inconsciente. Creemos bastará hacer  constar  que  parece  legítimo  completar  aquellas teorías que constituyen  la expresión directa de la experiencia empírica con hipótesis adecuadas al dominio de la materia relativa a circunstancias que no pueden ser objeto de la observación inmediata. No de otro modo suele procederse en disciplinas científicas más antiguas que la nuestra. La articulación de lo inconsciente se halla enlazada con la tentativa de representarnos el aparato anímico compuesto por una serie de instancias o sistemas de cuya relación entre sí hablamos desde un punto de vista espacial, independiente en absoluto de la anatomía real del cerebro. Es éste el punto de vista que calificamos de tópico. Estas y otras ideas análogas pertenecen a una superestructura especulativa del psicoanálisis, cada uno de cuyos fragmentos puede ser sacrificado o cambiado por otro, sin perjuicio ni sentimiento alguno, en cuanto resulte insuficiente.

 

He indicado ya que la investigación de las causas y fundamentos de la neurosis nos llevó, con frecuencia cada vez mayor,  al descubrimiento de conflictos entre los impulsos sexuales del sujeto y la resistencia  contra la sexualidad. En la busca de las situaciones patógenas en las cuales se habían producido las represiones de la sexualidad, y de las cuales procedían los síntomas, surgidos como productos sustitutivos de lo reprimido, llegamos hasta los años más tempranos de la vida infantil del sujeto. Resultó así algo que los poetas y psicólogos han afirmado siempre, esto es, que las impresiones de este temprano período de vida, no obstante sucumbir en su mayor parte a la amnesia, dejan huellas perdurables en el desarrollo  del individuo, determinando, sobre todo, la predisposición a ulteriores enfermedades neuróticas. Pero dado que en estas impresiones infantiles se trataba siempre de excitaciones sexuales y de la reacción contra ellas, nos encontramos  ante  el  hecho  de  la  sexualidad  infantil,  que  significaba  otra  novedad contraria  a  los  más  enérgicos  prejuicios   de  los  hombres.  Se  acepta,  en  efecto, generalmente que la infancia es «inocente», hallándose libre de todo impulso sexual, y que el combate contra el demonio de la  «sensualidad» no comienza hasta la agitada época de la pubertad. Los casos de actividad sexual observados en sujetos infantiles eran considerados como signos de degeneración o corrupción prematura o como curiosos caprichos de la Naturaleza. Son  muy pocos  los descubrimientos del  psicoanálisis que han tropezado con una repulsa tan  general  y  provocado  tanta  indignación  como  la afirmación de que la función sexual se inicia con la vida misma y se manifiesta ya en la infancia por importantísimos fenómenos. Y, sin embargo, ningún otro descubrimiento psicoanalítico puede ser demostrado tan fácil y completamente como éste.

 

 

Antes de adentrarme más en el estudio de la sexualidad infantil he de recordar un error, al que sucumbí durante algún tiempo, y que hubiese podido serme fatal. Bajo la presión del procedimiento cnico que entonces usaba, reproducían la mayoría de  mis pacientes escenas de su infancia cuyo contenido era su corrupción sexual por un adulto. En las mujeres este papel de corruptor aparecía atribuido, casi siempre, al padre. Dando fe a estas comunicaciones de mis pacientes,  supuse haber hallado en estos sucesos de corrupción sexual durante la infancia las fuentes de las neurosis posteriores. Algunos casos en los que tales relaciones con el  padre, el tío o un hermano mayor habían continuado  hasta  años  cuyo  recuerdo  conservaba  clara  y  seguramente  el  sujeto, robustecieron  mi  convicción.   No extrañaré que ante  estas   afirmaciones   sonría irónicamente algún lector tachándome de demasiado crédulo; pero he de hacer constar que esto sucedía en una época en la que imponía intencionadamente a mi juicio crítico una estrecha coerción para obligarle a permanecer imparcial ante las sorprendentes novedades que el naciente método psicoanalítico me iba descubriendo. Cuando luego me vi forzado a reconocer que tales escenas de corrupción no habían sucedido realmente nunca, siendo tan sólo fantasías imaginadas  por mis pacientes, a los que quizá se las había sugerido yo mismo, quedé perplejo por algún tiempo. Mi confianza en mi técnica y en los resultados de la  misma recibió un duro golpe. Haa llegado, en efecto, al conocimiento de tales escenas por un camino técnico que me parecía correcto, y su contenido  se  hallaba  evidentemente  relacionado  con  los  síntomas  de  los  que  mi investigación  había  partido.  Pero  cuando  logré  reponerme  de  la  primera  impresión deduje en seguida de mi experiencia las conclusiones acertadas, o  sea, las de que los síntomas neuróticos no se hallaban enlazados directamente a sucesos reales, sino a fantasías optativas, y que para la neurosis era más importante la realidad psíquica que la material.  Tampoco  creo  haber  podido  «sugeri  a  mis  pacientes  tales  fantasías  de corrupción. Fue éste mi primer contacto con el complejo de Edipo, que después había de adquirir tan extraordinaria importancia para el psicoanálisis; pero entonces no llegué a vislumbrarlo debajo de su fantástico disfraz. De todos modos, la corrupción efectuada en la infancia conservó un lugar, aunque más modesto, en la etiología de la neurosis. En estos casos reales los corruptores habían sido casi siempre niños de más edad.

 

La función sexual exisa, pues, desde un principio, se apoyaba primeramente en las  demás  funciones  importantes  para  la  conservación  de  la  vida  y  se  haa  luego independiente, pasando por un largo y complicado desarrollo hasta llegar a constituir lo que conocemos con el nombre de vida sexual normal del adulto. Se manifestaba primero como actividad de toda una serie de componentes instintivos dependientes de zonas somáticas erógenas, componentes que aparecían en parte formando pares antitéticos (sadismo-masoquismo, instinto de contemplación-exhibicionismo), partían, independientemente uno de otros, a la conquista del placer y encontraban generalmente su objeto en el propio cuerpo. De este modo, la función sexual no se hallaba al principio centrada y era predominantemente autoerótica. Más tarde tenían efecto en ella diversas síntesis.  Un  primer  grado  de  organizacn  aparecía  bajo  el      predominio  de  los componentes  orales;  luego  seguía  una  fase  sádicoanal,  y  sólo  la  tercera  fase, posteriormente alcanzada, traía consigo la primacía de los genitales, con lo cual entraba la  función  sexual  al  servicio  de  la  reproducción.  Durante  este  desarrollo  quedaban desechados o dedicados a otros usos determinados factores instintivos, que demostraban ser inútiles para dicho fin último, siendo otros desviados de sus fines y transferidos a la organización genital. La energía de los instintos sexuales, y  sólo de ellos,  recibió el nombre de libido, y hube de suponer que esta libido no realizaba siempre, sin defecto ninguno, la evolución antes descrita.

 

 

A consecuencia  de  la  superior  intensidad  de  algunos  componentes,  o  de satisfacciones  prematuras,  se  producen,  efectivamente,  fijaciones  de  la libido a determinados lugares del desarrollo. Hacia estos lugares retorna luego la libido cuando tiene efecto una represión posterior (regresión). Observaciones posteriores demostraron que el lugar de la fijación es también decisivo para la «elección de neurosis», o sea, para la forma que adopta la enfermedad ulterior.

 

Paralelamente a la organización de la libido se desarrolla el proceso del hallazgo de objeto, proceso al que se halla adscrita una importantísima misión en la vida anímica. El primer objeto erótico posterior al estadio del autoerotismo es, por ambos sexos, la madre, cuyo órgano alimenticio no fue distinguido al principio del propio cuerpo. Más tarde, pero aún en los primeros años infantiles, se establece la relación del complejo de Edipo, en la cual concentra el niño, sobre la persona de la madre, sus deseos sexuales y desarrolla impulsos hostiles contra el padre, considerado como un rival. Ésta es también, mutatis  mutandis,  la  actitud  de  la  niña.  Todas  las  variaciones  y  consecuencias  del complejo  de  Edipo  son  importantísimas.  La  constitución  bisexual  innata  interviene también y multiplica el mero  de las tendencias simultáneamente dadas. Transcurre bastante tiempo hasta que el niño se da clara  cuenta de la diferencia de los sexos, y durante esta época de investigación sexual crea, para su uso particular, teorías sexuales típicas que, dependiendo de la imperfecta organización somática infantil,  mezclan lo verdadero con lo falso, sin  conseguir solucionar los problemas de la vida sexual  (el enigma de la Esfinge, o sea, el de la procedencia de los niños). La primera elección de objeto  infantil  es,  pues,  incestuosa.  Toda  la  evolución  aquí  descrita  es  efectuada rápidamente. El carácter  más singular de la vida sexual humana es su división en dos fases, con una pauta intermedia. Alcanza su  primer punto culminante en el cuarto y quinto años de la vida, pasados los  cuales  desaparece esta temprana floración de la sexualidad  y  sucumben  a  la  represión  las  tendencias  hasta  entonces  muy  intensas, surgiendo el período de latencia, que dura  hasta la pubertad, y en cuyo transcurso quedan edificadas las formaciones reactivas de la moral, el pudor y la repugnancia. Esta división del desarrollo sexual parece ser  privativa del hombre y constituye quizá la condición biológica de su disposición a la neurosis. Con la pubertad quedan reanimadas las tendencias y las cargas de objeto de las épocas tempranas, incluso los ligámenes sentimentales del complejo de Edipo. En la vida sexual de la pubertad luchan entre sí los impulsos de la primera fase y las inhibiciones del período de latencia. Hallándose aún él desarrollo sexual infantil en su punto culminante, se formó una especie de organización genital;  pero en ella sólo desempeñaba un  papel el genital masculino, permaneciendo ignorado el femenino. Es esto lo que conocemos con el nombre de primacia fálica. La antítesis de los sexos no equivalía entonces a la de masculino y femenino, sino a la del poseedor de un pene y el castrado. El complejo de la castración, enlazado con esta circunstancia, es importantísimo para la formación del carácter y de la neurosis.

 

 

En esta exposición abreviada de mis descubrimientos sobre la vida sexual humana he reunido, para su mejor comprensión, muchas cosas que pertenecen a diversas épocas de la investigación psicoanalítica y que han ido siendo integradas como un complemento o una justificación de las afirmaciones contenidas en mi obra Tres ensayos para una teoría sexual en las sucesivas ediciones de este libro. No creo difícil deducir de ellas la naturaleza de la tan discutida ampliación que del concepto de la sexualidad ha llevado a cabo  el  psicoanálisis.  Esta  ampliación  es  de  dos  géneros.  En  primer  lugar,  hemos desligado  la  sexualidad  de  sus  relaciones  demasiado  estrechas  con  los  genitales describiéndola como una función somática más comprensiva que tiende ante todo hacia el placer, y sólo secundariamente entra al servicio de la reproducción. Pero, además, hemos incluido entre los impulsos sexuales todos aquellos simplemente cariñosos o amistosos para los cuales empleamos en el  lenguaje corriente la palabra «amor», que tantos  y  tan  diversos  sentidos  encierra.  A  mi  juicio,  esta  ampliación  no  constituye innovación  alguna,  sino  una  reconstitución  limitada  a  la  supresión  de  inadecuadas restricciones del concepto de la sexualidad paulatinamente establecidas. El hecho de desligar  de  la  sexualidad  los  órganos  genitales  presenta  la  ventaja  de  permitirnos considerar la actividad sexual de los niños y de los perversos desde el mismo punto de vista que al de los adultos normales. De estas actividades sexuales -la infantil y la perversa- era la primera completamente desatendida y condenada la segunda con gran indignación  moral,  pero  sin  comprensión  alguna.  Para  la  concepción  psicoanalítica también las más extrañas y repugnantes perversiones constituyen una manifestación de instintos sexuales parciales que se han sustraído a la primacía del órgano genital y aspiran independientemente al placer, como en las épocas primitivas del desarrollo de la libido. La más importante de estas perversiones o sea la homosexualidad, merece apenas el nombre de tal. Depende de la bisexualidad constitucional y de la repercusión de la primacía fálica. Pero, además, el psicoanálisis nos demuestra que todo individuo entraña algo de una elección de objeto homosexual.

 

 

Si  hemos  calificado  a  los  niños  de  «polimórficamente  perversos», ello no constituía sino una descripción efectuada en términos generalmente usados, pero no una valoración moral. Tales valoraciones se hallan muy lejos del psicoanálisis.

 

La segunda de las indicadas ampliaciones del concepto de la sexualidad queda justificada por aquella investigación psicoanalítica que nos demuestra que todos los sentimientos cariñosos fueron originariamente tendencias totalmente sexuales, coartadas después en su fin o sublimadas. En esta posibilidad de influir sobre los instintos sexuales reposa también la de utilizarlos para funciones culturales muy diversas, a las cuales aportan una importantísima ayuda.

 

Los sorprendentes descubrimientos relativos a la sexualidad del niño debieron su origen, en un principio, al análisis de los adultos, pero pudieron ser luego confirmados en todos sus detalles por observaciones directa de sujetos infantiles. Realmente, es tan fácil convencerse de las actividades sexuales regulares de los niños, que nos vemos obligados a preguntarnos con asombro cómo ha sido posible que los hombres no hayan advertido  antes  hechos  tan  evidentes  y  continúen  defendiendo  la  leyenda  de  la asexualidad infantil. Este hecho debe depender, indudablemente, de la amnesia  que la mayoría de los adultos padece por lo que respecta a su propia niñez.

 

 

IV

 

 

LAS  teorías de la resistencia y de la represión de lo inconsciente, de la significación etiológica de la vida sexual y de la importancia de los sucesos infantiles son los elementos principales del edificio teórico psicoanalítico. Lamento no haber podido descubrirlos aquí sino  por separado,  sin entrar en su composición y relación; pero es ya tiempo de que dediquemos atención a las modificaciones que poco a poco han ido introduciéndose en la técnica del procedimiento analítico.

 

 

El vencimiento de la resistencia por medio de la presión ejercida sobre el enfermo fue un primer método indispensable para proporcionar al médico una orientación en la materia; pero a la larga se hacía demasiado penoso, tanto para el médico como para el enfermo, y no parecía libre de ciertos graves defectos. Hubimos, pues, de sustituirlo por otro método, contrario en cierto sentido. En lugar de llevar al paciente a manifestar algo relacionado con un tema determinado, le invitamos ahora a abandonarse a la asociación libre, esto es, a manifestar todo aquello que acuda a su pensamiento, absteniéndose de toda represión final consciente. Ahora bien: el paciente tiene que obligarse a comunicar realmente todo lo que su autopercepción le ofrezca, sin ceder a las objeciones críticas que  tienden  a  rechazar  algunas  de  sus  ocurrencias  por  carecer  de  importancia,  de conexión con el tema tratado o de todo sentido. Esta absoluta sinceridad del paciente es condición  indispensable  de la  cura analítica. Puede parecer extraño   que este procedimiento de la asociación libre, con observancia de la regla  fundamental psicoanalítica, diera el rendimiento que de él se esperaba, llevando a la consciencia los elementos reprimidos mantenidos lejos de ella por las resistencias. Pero hemos de tener en cuenta que la asociación libre no entra realmente una completa libertad. El paciente permanece bajo la influencia de la situación analítica, aun cuando no dirija su actividad mental hacia un tema determinado. Tenemos  derecho a suponer que no se le ocurrirá nada  que  no  se halle relacionado con dicha  situación. Su  resistencia   contra  la reproducción de lo reprimido se manifestará ahora en dos formas distintas. Ante todo, por aquellas objeciones críticas a las que responde la regla psicoanalítica fundamental; pero  si  el  enfermo  logra  dominar  tales  objeciones  siguiendo  dicha  descripción,  la resistencia adoptará una segunda forma, consiguiendo que las ocurrencias del paciente no contengan jamás lo reprimido, sino sólo algo como una alusión a ello, y cuanto mayor sea la resistencia, más se alejará la ocurrencia sustitutiva comunicada de los elementos  reprimidos  buscados.  El  analista  que  escucha  recogidamente,  pero  sin esforzarse, al enfermo puede entonces utilizar en dos formas distintas el material que el mismo le proporciona. Puede, en efecto, conseguir, dada una resistencia no demasiado intensa, adivinar por las ocurrencias del  enfermo los elementos reprimidos, y puede también, cuando se trata de una resistencia más enérgica, deducir de las ocurrencias, que parecen alejarse del tema, la naturaleza de  dicha resistencia misma, naturaleza que descubrirá entonces al paciente. Este descubrimiento de la resistencia es el primer paso para su vencimiento. Tenemos, pues, dentro del cuadro de la labor analítica, un arte de interpretación, cuyo acertado empleo requiere tacto y costumbre, pero que no es difícil de aprender. El método de la asociación libre presenta grandes ventajas con respecto al anterior, aparte de resultar menos penoso. Impone, en efecto, al analizado una violencia mínima, no pierde jamás el contacto con la realidad presente y ofrece amplias garantías de que en ningún momento puede perder el médico de vista la estructura de la neurosis o integrar en ella algo que no le pertenece. En él se abandona casi por completo al paciente la función de determinar la marcha del análisis y la ordenación de la materia, razón por la cual se hace imposible la elaboración sistemática y aislada de los diversos síntomas  y  complejos.  En  oposición  a  lo  que  sucede  en  los  métodos  hipnóticos  o sugestivos,  el  médico  averigua  cosas  íntimamente  enlazadas  ente  sí  en  diversos momentos y lugares del tratamiento. Para un espectador -inadmisible en las sesiones de tratamiento- representaría la cura analítica un aspecto totalmente incomprensible.

 

Otra  de  las  ventajas  del  método  es  que,  en  realidad,  no  puede  fallar  nunca. Teóricamente  tiene  que ser siempre posible  al enfermo producir una ocurrencia, dado que no se fija ni limita en absoluto la naturaleza de la misma. Sin embargo, esta falta de ocurrencia se presenta siempre en un caso determinado; pero precisamente por tratarse de un caso aislado, resulta también fácilmente interpretable.

 

Llegamos ahora a la descripción de un factor que añade al cuadro del psicoanálisis un rasgo esencial e integra, tanto técnica como teóricamente, la mayor importancia. En todo tratamiento analítico se establece sin  intervención alguna de  médico una intensa relación sentimental del paciente con la persona del analista, inexplicable por ninguna circunstancia  real.  Esta  relación  puede   ser  positiva  o  negativa  y  varía  desde  el enamoramiento más apasionado y sensual hasta la rebelión y el odio más extremo. Tal fenómeno, al que abreviadamente damos el nombre de «transferencia», sustituye pronto en  el  paciente  el  deseo  de  curación  e  integra,  mientras  se  limita  a  ser  cariñoso  y mesurado, toda la influencia  médica, constituyendo el verdadero motor de la labor analítica. Más tarde, cuando se hace apasionado o se transforma en hostilidad, llega a constituir el instrumento principal de la resistencia, y entonces cesan, en absoluto, las ocurrencias del enfermo, poniendo  en peligro  el resultado del tratamiento. Pero sería insensato querer eludir este fenómeno. Sin la transferencia no hay análisis posible. No debe creerse que el análisis cree la transferencia y que ésta sólo  aparece en él. Por el contrario, el alisis se limita a revelar la transferencia y a aislarla. Trátase de un fenómeno  generalmente  humano  que  decide  el  éxito  de  toda  influencia  médica,  y domina, en general, las relaciones de una persona con las que le rodean. cilmente se descubre en él el mismo factor dinámico al que los hipnotizadores han dado el nombre de «sugestibilidad», factor que entraña el rapport hipnótico, y cuya falta de garantías constituía el defecto del método catártico. En los casos en que esta tendencia a la transferencia  sentimental  falta  o  ha  llegado  a  ser  totalmente  negativa,  como  en  la demencia precoz y  en la paranoia,  desaparece también la posibilidad de ejercer una influencia psíquica sobre el enfermo.

 

 

Es indudable que también el psicoanálisis labora por medio de la sugestión, como todos los demás métodos psicoterápicos. Pero se diferencia de ellos en que no abandona la decisión del resultado terapéutico a la sugestión o a la transferencia. Por el contrario, es utilizada para mover al enfermo a realizar una labor psíquica -el vencimiento de sus resistencias  de  transferencia-,  labor  que  significa  una  duradera  modificación  de  su economía anímica. La transferencia es hecha consciente al enfermo por el analista y queda suprimida, convenciéndole de que en su conducta de transferencia vive de nuevo relaciones sentimentales que proceden de sus más tempranas cargas de objeto realizadas en el período reprimido de su niñez. Por medio de esta labor pasa la transferencia a constituir el mejor instrumento de la cura analítica, después de haber sido el arma más importante de la resistencia. Su aprovechamiento y manejo constituye, de todos modos, la parte más difícil e importante de la técnica analítica.

 

 

Con ayuda del procedimiento de la asociación libre y del arte de interpretación a él correspondiente consiguió el psicoanálisis algo que no parecía muy importante desde el punto de vista práctico, pero que en realidad lo condujo a una situación y significación completamente nuevas en los dominios científicos. Se  hizo posible demostrar que los sueños  poseen  un  sentido  y  adivinar  éste.  Los  sueños  fueron  considerados  en  la antigüedad clásica como profecías; pero la ciencia  moderna no quería saber nada de ellos, los abandonaba a la superstición y los declaraba un acto simplemente «somático», una especie  de contracción  de la  vida anímica dormida. Parecía  totalmente imposible que alguien que hubiera llevado a cabo un serio trabajo científico pudiera surgir luego como «onirocrítico». Pero desechando una  tal ordenación de los sueños, tratándolos como  un  incomprendido  síntoma  neurótico  o  como  una  idea  delirante  u  obsesiva, prescindiendo de su contenido aparente y haciendo objeto de la asociación libre a cada uno de sus diversos cuadros, llegamos a un resultado totalmente distinto. Las numerosas ocurrencias del sujeto del sueño nos llevaron, en efecto, al conocimiento de un producto mental que no podía ya ser calificado de absurdo ni de confuso, producto que equivalía a un rendimiento psíquico completo y del cual no constituía el sueño manifiesto sino una traducción  deformada,            abreviada y mal interpretada, compuesta  generalmente  de imágenes visuales. Estas ideas latentes del sueño contenían el sentido mismo, no siendo el contenido manifiesto del sueño sino un engaño, una fachada, que podía ser enlazada con la asociación, pero no con la interpretación.

 

 

Planteábase así toda una serie de problemas, entre los cuales los más importantes se referían a la existencia de un motivo de la formación de los sueños, a las condiciones en las que la misma se desarrollaba y a  los caminos que conducían desde las ideas latentes  del  sueño,  plenas  de  sentido,  al  sueño  mismo,  con  frecuencia  totalmente insensato.  En  mi  obra  «La  interpretación  de  los  sueños»,  publicada  en  1900, he intentado  resolver  todos  estos  problemas. Aquí no me cabe dar cuenta de tales investigaciones.  Si  examinamos  las  ideas  latentes  que  el  análisis  del  sueño  nos  ha revelado, encontramos una que resalta decididamente entre las demás, razonables y conocidas por el sujeto.

 

 

Estas otras ideas son restos de la vida despierta (restos diurnos). En cambio, en la idea aislada reconocemos un impulso optativo, muy repulsivo a veces, ajeno a la vida despierta del soñador, el cual niega con asombro o indignación haberlo abrigado nunca. Este impulso es el que ha provocado el sueño, ofreciendo la energía necesaria para su producción y sirviéndose del material  constituido por los restos diurnos. El sueño así surgido presenta una situación que integra la satisfacción de tal impulso, constituyendo una realización de deseos. Este proceso no  hubiera sido posible  si no hubiese habido algo favorable a él en la naturaleza del  estado de reposo. La condición psíquica del estado de reposo es la obediencia del yo al deseo de dormir y la sustracción de las cargas de todos los intereses vitales. Dada la simultánea oclusión de los accesos a la motilidad, puede  el  yo  disminuir  el  esfuerzo,  con  el  que  en  toda  otra  ocasión  mantiene  las represiones. Esta negligencia nocturna de  la represión es aprovechada por  el impulso inconsciente para llegar a la  consciencia por  medio  del  sueño. La resistencia de represión del yo no queda, sin embargo, suprimida durante el estado de reposo, sino simplemente disminuida, y una parte de ella queda en pie, como censura onírica, y prohíbe al impulso optativo inconsciente manifestarse en la forma que le es propia. A causa de la severidad de la censura onírica, tienen que someterse las ideas oníricas latentes  a  modificaciones  y  debilitaciones  que  disfrazan  por  completo  el  prohibido sentido del sueño. Queda explicada así la deformación onírica, a la que debe el suo manifiesto sus más singulares caracteres. Podemos, pues, decir justificadamente que el sueño es la realización (disfrazada) de un deseo (reprimido), y vemos que se halla construido como un síntoma neurótico, siendo el producto de una transacción entre las aspiraciones de un impulso instintivo reprimido y la resistencia de un poder del yo, que ejerce la  censura. A consecuencia de esta identidad de génesis   resulta   tan incomprensible como el síntoma, y precisa como él, de una interpretación.

 

 

No es  difícil hallar la función general del sueño. Sirve para  anular  aquellos estímulos exteriores o interiores que harían despertar al sujeto, protegiendo así el estado de reposo contra tales perturbaciones. El esmulo exterior queda rechazado por medio de una transformación de su sentido y por  su inclusión en una cualquiera situación inocente. En cambio, el estímulo interior de la aspiración instintiva es admitido por el durmiente, el cual le permite llegar a la satisfacción por medio de la formación de un sueño siempre que las ideas latentes no intenten eludir la censura.

 

Pero cuando surge tal peligro y el sueño se hace demasiado preciso, lo interrumpe el durmiente, despertando asustado (sueño de angustia). Este mismo fallo de la función onírica surge cuando el esmulo exterior se hace tan intenso que no puede ser ya rechazado. El proceso que transforma con la colaboración de la censura las ideas latentes en el contenido manifiesto ha sido denominado por mí elaboración onírica, y consiste en una  elaboración  especial  del  material  ideológico  preconsciente,  por  lo  cual  quedan condensados los componentes de dicho material, desplazados sus acentos psíquicos, transformado su conjunto en imágenes visuales, o sea, dramatizado, y completado por una elaboración secundaria, que lo hace irreconocible. La elaboración onírica es un excelente ejemplo de los procesos que se  desarrollan en los  más profundos estratos inconscientes de la vida anímica, procesos que se diferencian considerablemente de los procesos  intelectuales  normales  que  nos  son  conocidos.  Tal  elaboración  presenta también  una  serie  de  rasgos  arcaicos;  por  ejemplo  el  empleo  de  un  simbolismo predominantemente  sexual  que  ya  hemos  hallado  exento  de  este  carácter  en  otros dominios de la actividad espiritual.

 

La conexión del impulso instintivo inconsciente del sueño con un resto diurno da al sueño por él provocado un doble valor para la labor analítica. La interpretación muestra, en efecto, que, además de constituir la realización de un deseo reprimido, puede el sueño haber continuado la actividad mental preconsciente diurna e integrar otro contenido cualquiera, dando expresión a un propósito, a una advertencia, a una reflexión o nuevamente a una realización de deseos. El análisis lo utiliza en ambos sentidos, tanto para el conocimiento de los procesos conscientes del analizado como de sus procesos inconscientes, y aprovecha asi mismo la circunstancia de que el sueño logra el acceso a los elementos olvidados de la vida infantil para vencer la amnesia infantil por medio de la interpretación onírica. El sueño lleva aquí a cabo una parte de la función que antes encomendábamos al hipnotismo. En cambio, no hecho jas la afirmación que con frecuencia se me atribuye de que la interpretación onírica demostraba que todos los sueños poseen un contenido sexual se refieren a energías instintivas sexuales. Es fácil observar que el hambre, la sed y otras necesidades crean sueños de satisfacción, del mismo modo que cualquier impulso reprimido, sexual o egoísta. Los sueños de los niños pequeños nos ofrecen una fácil demostración de la exactitud de nuestra teoría. En estos sujetos infantiles, en los cuales no se hallan aún precisamente diferenciados los sistemas psíquicos ni desarrolladas profundamente las represiones, comprobamos con frecuencia sueños que no son sino satisfacciones no  disfrazadas de impulsos  optativos no satisfechos durante el día. Bajo la influencia de necesidades imperativas pueden producir también los adultos tales sueños de tipo infantil.

 

Del mismo modo que de la interpretación onírica se sirve el análisis del estudio de los frecuentísimos actos fallidos y sintomáticos de los hombres, actos a los cuales he dedicado una investigación, publicada en 1904 bajo el título de Psicopatología de la vida cotidiana.  Esta  obra,  que  ha  sido  muy  leída,  integra  la  demostración  de  que  tales fenómenos no tienen nada de casuales, siendo susceptibles de una explicación que va más allá de lo puramente fisiológico, poseyendo un sentido perfectamente interpretable y reposando en impulsos intenciones retenidas o reprimidas. Pero el valor principal de la interpretación onírica y de este estudio de los actos fallidos y sintomáticos no consiste en el apoyo que prestan a la labor analítica sino en otra de sus cualidades. Hasta ahora, el psicoanálisis se había ocupado solamente de la solución  de fenómenos patológicos, habiéndose visto obligado a edificar para su esclarecimiento hipótesis, cuyo alcance se hallaba fuera de relación con la importancia de la materia tratada. Pero el sueño, del que se ocupó después, no era ningún síntoma patológico, sino un fenómeno de la vida anímica normal, propio de todo hombre sano. Si el sueño se halla construido como un síntoma,  y  si  su  explicación  exige  las  mismas  hipótesis,  o  sea,  las  referentes  a  la represión de impulsos instintivos, a la formación de sustituciones y transacciones y a la diferenciación  de  los  sistemas  psíquicos  para  la  localización  de  lo  consciente  y  lo inconsciente,  resultará  que  el  psicoanálisis  no  es  ya  una  ciencia auxiliar de la Psicopatología, sino el principio de una psicología  nueva  y más fundamental, indispensable también para la comprensión de lo normal. Podemos, pues, transferir sus hipótesis y resultados a otros dominios de  lo psíquico, quedándose así abiertos los caminos que conducen al interés general.

 

 

V

 

INTERRUMPIENDO la exposición del crecimiento interno del  psicoanálisis, volveremos la vista a sus destinos exteriores. Aquello que hasta aquí he comunicado es en grandes rasgos el resultado de mi labor; pero he incluido también en mi exposición descubrimientos posteriores, y no he separado las aportaciones de mis discípulos y adeptos de las mías propias.

 

Durante más de diez años, contados a partir de mi separación de Breuer, no tuve ni un solo partidario, hallándome totalmente aislado. En Viena se me evitaba y el extranjero no tenía noticia alguna de mí. Mi Interpretación de los sueños, publicada em 1900, apenas fue mencionada en las revistas técnicas. En mi ensayo sobre la Historia del movimiento  psicoanalítico  he  incluido  como  ejemplo  de  la  actitud  de  los  círculos psiquiátricos de Viena una conversación que tuve con un médico, autor de un libro contra mis teorías, que me confesó no haber ldo mi Interpretación de los sueños. Le habían dicho en la clínica que no merecía la pena. Este individuo que ha llegado después al puesto de profesor extraordinario, se  ha permitido negar el contenido de aquella conversación y, en general, la fidelidad de  mi recuerdo de ella.  Por mi  parte, he de mantener aquí una vez más la exactitud de su reproducción.

 

 

Mi susceptibilidad  ante  la  crítica  fue  disminuyendo  conforme  comprendí  las razones interiores de su actitud. Poco a poco fue terminando también mi aislamiento. Al principio  se  reunió  en  Viena,  a  mi  alrededor,  un  pequeño  círculo  de  discípulos,  y después de 1906 se supo que el psiquiatra de  Zurich, E. Bleuler,  su ayudante, C. G. Jung,  y otros médicos suizos se interesaban extraordinariamente por el psicoanálisis. Iniciadas las relaciones personales, los amigos de la naciente disciplina celebraron en 1908 una reunión en Salzburgo, y convinieron la repetición regular de tales congresos privados y la publicación  de  una  revista,  que,  bajo el  título  de  Jahrbuch  für psychopathologische und psychoanalytische  Forschungen, sería editada por Jung. Los directores seríamos Bleuler y yo. Esta revista murió al comenzar la guerra europea. Al mismo tiempo que en Suiza comenzó también a surgir en Alemania el interés hacia el psicoanálisis, el cual fue objeto de numerosas exégesis literarias y de vivas discusiones en los congresos científicos. Pero jamás se le acogía benévolamente. Después de un breve examen del psicoanálisis se manifes la ciencia alemana unánimemente contraria a él.

 

Naturalmente, no puedo saber hoy cuál será el juicio definitivo de la posteridad sobre el valor del psicoanálisis para la Psiquiatría, la Psicología y las ciencias del espíritu;  pero  creo  que  cuando  la  fase  por  la  que  hemos  atravesado  encuentre  su historiador, hab éste de confesar que la conducta de los críticos anteriores no fue muy honrosa para la ciencia alemana. No me refiero con esto al hecho mismo de la repulsa ni a  la  ligereza  con  la  que  se  adoptó  tal  decisión,  pues  ambas  cosas  son  fácilmente comprensibles y no pueden arrojar ninguna sombra entre el carácter del adversario; mas para el exceso de orgullo, el desprecio absoluto de la lógica, la grosería y el mal gusto demostrados en los ataques no hay disculpa alguna. Así, cuando años después, y durante la guerra europea, fue acusada Alemania de barbarie por sus enemigos, hubo de serme muy doloroso  no  hallar  en  mi  propia  experiencia  razones  que  me  impulsaran  a contradecir tal acusación.

 

 

Uno de mis adversarios se vanagloriaba de que hacía callar a sus pacientes cuando los  mismos comenzaban a hablarle de cosas  sexuales, y derivaba de esta técnica un derecho a juzgar  la importancia etiológica de la  sexualidad en las neurosis. Dejando aparte las resistencias afectivas, que la teoría psicoanalítica nos explica perfectamente, me pareció hallar el obstáculo principal a la comprensión de la nueva disciplina en el hecho de que sus adversarios se negaban a ver en ella otra cosa que un producto de mi fantasía  especulativa,  sin  reparar  en  la  paciente  y  continuada  labor,  falta  de  todo antecedente, cuyo resultado era. Dado que, a juicio suyo, el análisis no tenía contacto alguno  con  la  observación  ni  con  la  experiencia,  se  consideraron  con  derecho  a rechazarlo sin una propia experiencia contraria. Otros, que no abrigaban una tan segura convicción, repitieron la  clásica maniobra de no asomarse  al microscopio para no ver aquello que habían discutido. Es singular cuán incorrectamente se conduce la mayoría de los hombres cuando ha de juzgar algo nuevo y original. Todavía hoy leo en algunos críticos «benévolos» que el psicoanálisis tiene razón hasta determinado punto, pero que a partir de él empieza ya a exagerar o a generalizar injustificadamente. Nada más difícil, sin embargo, que establecer una tal delimitación, sobre todo cuando el que la establece no tenía semanas antes conocimiento ninguno sobre la materia.

 

 

El anatema oficial contra el psicoanálisis tuvo la consecuencia de hacer más íntima y compacta la unión de los analistas. En el segundo Congreso, celebrado en Nurenberg (1910), se constituyó, a propuesta de S. Ferenczi,  la  Asociación Psicoanalítica Internacional, dividida  en grupos  locales,   bajo  la  dirección  de  un presidente.  Esta  Asociación  ha  sobrevivido  a  la  guerra;  existe aún hoy en  día, y comprende los siguientes grupos: Viena, Berlín, Budapest, Zurich, Londres, Holanda, Nueva York, Panamérica, Mos y Calcuta. El primer presidente fue, a mi propuesta, C. G. Jung; elección muy desafortunada, como después se demostró. El psicoanálisis fundó entonces una segunda revista -Zentralblatt  für Psychoanalyse-, redactada por Adler y Stekel, y poco después, una tercera -Imago-, dirigida por los analistas no médicos H. Sachs y O. Rank, y dedicada a las aplicaciones del análisis a las ciencias espirituales. Poco después publicó Bleuler su escrito en defensa del psicoanálisis (El psicoanálisis de Freud, 1910). Por muy agradable que me fuese ver entrar por fin en liza a la equidad y a la honrada lógica, el trabajo de Bleuler no llegó a satisfacerme por completo. Aspiraba, en efecto, con exceso, a una apariencia de imparcialidad, recordándome que no en vano debía  el  psicoanálisis  a  este  autor la introducción del valioso concepto de la ambivalencia. En posteriores trabajos ha observado Bleuler una conducta tan contraria a las teorías analíticas, y ha puesto en duda o rechazado principios tan importantes, que llegué  a  preguntarme  con  asombro  en  qué  podía  consistir  su  adhesión  a  nuestras opiniones. Sin embargo, posteriormente ha hecho manifestaciones muy favorables a la «psicologia de lãs profundidades» y ha fundado en ella su exposición  de las esquizofrenias. Bleuler permaneció poco tiempo dentro de la Asociación Psicoanalítica Internacional, que abandonó a causa de diferencias de criterio con Jung y Burghölzli y se perdió para el análisis.

 

 

La oposición oficial no ha podido evitar la difusión del psicoanálisis en Alemania y en otros países. En otro lugar -Historia del movimiento psicoanalítico- he seguido lãs etapas  de  sus  progresos y citado a sus principales  representantes.  En  1909  fuimos invitados Jung y yo por G. Stanley Hall  para  dar en la Clark University, de Norteamérica, cuyo presidente era, varias conferencias en alemán durante las fiestas con que dicha Universidad celebraba el vigésimo aniversario de su fundación. Hall era un psicólogo y pedagogo muy reputado justificadamente, y había integrado el psicoanálisis en sus enseñanzas haa ya varios años, pues era muy aficionado a introducir novedades y a elevar sobre el pavés nuevas autoridades, sin perjuicio de derrocarlas después. En Norteamérica encontramos también a James J. Putnam,  neurólogo de Harvard, que, a pesar de su avanzada edad,  abrigaba un caluroso entusiasmo por el psicoanálisis, y defendió con todo el peso de su personalidad generalmente respetada, el valor cultural de la nueva disciplina y la pureza de sus intenciones. En este excelente hombre que como reacción a una disposición a la neurosis obsesiva había adoptado una orientación predominantemente ética nos contrariaba sólo su deseo de agregar el psicoanálisis a un determinado  sistema filosófico y colocarle al servicio de aspiraciones  morales. Mi encuentro con el filósofo  William James me dejó también una duradera impresión. Yendo un día de paseo con él, se detuvo de repente, me entregó una cartera que llevaba en la mano y me pidió que me adelantase, prometiendo alcanzarme en cuanto dominara el ataque de angina de pecho, que sentía próximo. Un año después moría en uno de estos ataques, y desde entonces me he deseado un análogo valor ante la muerte.

 

 

Por entonces tenía yo cincuenta y tres años; me sentía joven y sano, y mi corta estancia en el Nuevo Mundo me tonificó considerablemente, aumentando mi confianza en mí  mismo. En Europa me parecía sentirme bajo los efectos de un anatema, y en cambio, en América me vi acogido como un igual por aquellos a quienes yo consideraba y  respetaba  más. Cuando subí  a  la  cátedra  de la Universidad de Worcester para pronunciar mis conferencias sobre psicoanálisis creía asistir a la realización de una inverosímil fantasía optativa.

 

 

El psicoanálisis no era ya, pues un ente de razón, sino una valiosa realidad.

 

Desde mi visita no ha disminuido en América el interés que el psicoanálisis inspiraba  ya.  Se  ha  hecho  popular  entre  los  profanos  y  es  reconocido  por  muchos psiquiatras   oficiales   como   un   importante   elemento   de la enseñanza médica. Desgraciadamente, también ha sufrido algunas injustificadas atenuaciones, y algo que nada tiene que ver con él se cubre a veces con su nombre. Cierto es que los médicos americanos carecen en su país de medios de ilustrarse en lo que respecta a la técnica y a la teoría psicoanalíticas. Por último, se tropieza con el behaviourism americano, que se vanagloria ingenuamente de haber suprimido por completo el problema psicológico.

 

 

En Europa hubo, de 1911 a 1913, dos movimientos de separación del psicoanálisis, iniciados por personas que hasta entonces habían desempeñado un papel considerable en la recién aparecida ciencia. Me refiero a  Alfredo Adler y a  C. G. Jung. Ambas defecciones fueron harto peligrosas y agruparon en derredor de sus iniciadores núcleos importantes; pero no debían su fuerza a su contenido propio, sino al deseo de emanciparse de ciertos resultados del psicoanálisis, aun aceptando el material de hechos en el que se basaban. Jung intentó una traducción de los hechos analíticos a lo abstracto e impersonal, traducción por medio de la cual creía ahorrarse el reconocimiento de la sexualidad infantil y del complejo de Edipo y la necesidad del análisis de la infancia. Adler pareció alejarse aún más del psicoanálisis, negando en absoluto la importancia de la sexualidad, refiriendo la formación del carácter y de las neurosis a la aspiración de poderío de los hombres y a su necesidad de compensar su inferioridad constitucional, y anulando todas las nuevas adquisiciones psicológicas del psicoanálisis. Pero todo lo que entonces  rechazó  ha  forzado  luego  la  entrada  de  su  cerrado  sistema,  cambiando únicamente de nombre. La crítica fue muy  benigna para ambos heréticos, y, por mi parte, sólo pude alcanzar que tanto Adler como Jung renunciaran a dar a sus teorías el nombre de psicoanálisis. Actualmente, transcurridos diez años, puede comprobarse que ninguna de estas dos tentativas ha causado perjuicio alguno al psicoanálisis.

 

 

Cuando una comunidad se halla fundada en una coincidencia sobre determinados puntos cardinales es natural que salgan de ella aquellos que han abandonado dicho terreno común. Sin embargo, se ha atribuido con frecuencia la  defección de antiguos discípulos míos a mi intolerancia o se ha  visto  en ella la  expresión de una fatalidad especial que sobre mí pesaba. Contra esto indicaré exclusivamente que frente a aquellos que me han abandonado, como Jung, Adler, Stekel y otros se  alza gran mero de personas -tales como Abraham,  Eitingon, Ferenczi, Rank, Jones, Brill, Sachs, Pfister,  Van Emden, Reik y otros- que me son adeptos desde hace más de quince años, durante los cuales han colaborado fielmente conmigo, y con los que vengo manteniendo una  ininterrumpida amistad. Cito  aquí  únicamente  a  aquellos  discípulos  míos  más antiguos que se han creado ya un nombre en la literatura del psicoanálisis, y la omisión de otros más modernos no significa en modo alguno una menor estimación, pues entre ellos hay inteligencias en las que pueden  fundarse grandes esperanzas. Un hombre intolerante y absorbente no hubiera podido conservar en derredor suyo una tan numerosa legión de personas de alta intelectualidad, sobre todo no poseyendo, como no poseo, medio alguno práctico de atracción.

 

La guerra europea, que ha destruido  tantas otras organizaciones, no pudo nada contra nuestra Asociación. La primera reunión que celebramos después de la guerra tuvo efecto en terreno neutral (La Haya,1920), quedando reconocidísimos a la acogida que la hospitalidad  holandesa  dispensó  a  los  hombres  de  ciencia  de  la  Europa  central, empobrecidos  y  depauperados  por  la  catástrofe  mundial.  Fue  ésta  que  yo  sepa,  la primera  vez  que  después  de  la  guerra  se  sentaron  a  una  misma  mesa,  unidos  por intereses científicos, alemanes e ingleses. La guerra había intensificado en Alemania y en las naciones orientales el interés hacia el psicoanálisis. La observación de las neurosis de guerra había abierto, por fin, los ojos  a los médicos sobre la importancia de la psicogénesis  en  las  perturbaciones  neuróticas,  y  algunas  de  nuestras  concepciones psicológicas se hicieron pronto populares. Al Congreso anterior, celebrado en Budapest en 1918, antes del colapso alemán, habían enviado los Gobiernos de la Europa central representantes oficiales que prometieron el  establecimiento de clínicas psicoanalíticas para el tratamiento de los neuróticos de guerra, proyecto que no llegó a la práctica. También los planes de uno de nuestros mejores miembros, el doctor Anton von Freund, que  querícrear en Budapest  una  clínica  central  para  la  enseñanza  y  terapia psicoanalíticas, naufragaron en medio de los trastornos políticos, y luego por la muerte de nuestro insustituible amigo. Parte de ellos fue realizada después por Max Eitingon, que cr en 1920 la Policlínica Psicoanalítica de  Berlín.  Durante el corto predominio bolchevique en Hungría pudo desarrollar Ferenczi una fructífera actividad pedagógica, como representante oficial del psicoanálisis en la Universidad. Al terminar la guerra se sirvieron anunciar nuestros adversarios que la experiencia había ofrecido un argumento definitivo contra la exactitud de las afirmaciones analíticas. Las neurosis de guerra habían  proporcionado,  según  ellos,  una  prueba  de  la  superfluidad  de  los  factores sexuales  en  la  etiología  de  las  afecciones  neuróticas; pero  esto  fue  un  triunfo momentáneo, pues por un lado nadie había podido llevar a cabo el análisis fundamental de un caso de neurosis de guerra, y, por tanto, nada seguro se sabía sobre su motivación ni podía deducirse conclusión alguna de tal ignorancia, y por otro, el psicoanálisis había establecido  hacía  ya  mucho  tiempo  el  concepto  del  narcisismo  y  de  las  neurosis narcisistas, cuyo contenido era la adherencia de la libido al propio yo en lugar de a un objeto. Así, pues, se hacía en general al psicoanálisis el reproche de haber ampliado indebidamente  el  concepto  de  la  sexualidad;  pero  cuando  en  la  polémica  resultaba cómodo, se olvidaba este reproche y se procedía como si el psicoanálisis no hubiera llevado jamás a cabo tal aplicación.

 

La historia del psicoanálisis se divide, para mí, en dos períodos, prescindiendo de su prehistoria catártica. En el primero me hallaba totalmente aislado, y tenía que llevar a cabo toda la labor. Este período duró desde 1895 hasta 1907. En  el segundo, que se extiende desde esta última fecha hasta la actualidad, han ido creciendo en importancia las aportaciones de mis discípulos y colaboradores; de manera que hoy, advertido de mi próximo fin por una grave enfermedad, puedo pensar serenamente en el término de mi propio rendimiento. Pero precisamente por tal razón no me es posible tratar  en este trabajo  de  los  progresos  del  psicoanálisis  en  el  segundo  período  con  la  misma minuciosidad  con  que  he  tratado  de  su  paulatina  edificación  en  el  primero,  lleno exclusivamente de actividad propia. No  me siento con derecho a mencionar aquí sino aquellos  nuevos  descubrimientos  en  los          que  me  ha  correspondido  una  amplia participación, o sea, las referentes a la teoa de los instintos y a la aplicación de nuestra disciplina a las psicosis.

 

 

He de añadir que nuestra creciente experiencia nos ha demostrado cada vez con mayor evidencia que el complejo de Edipo constituye el nódulo de la neurosis, siendo el punto culminante de la vida sexual infantil y el foco del que parten todos los desarrollos ulteriores. Esta circunstancia dio fin a la esperanza de hallar por medio del análisis un factor específico de la neurosis, y hubimos de reconocer que las neurosis no poseen ningún  contenido  especial  exclusivamente  peculiar  a  ellas,  y  que  los  neuróticos sucumben bajo el peso de circunstancias que los normales logran dominar felizmente. Este descubrimiento no constituyó para nosotros sorpresa alguna, pues se armonizaba perfectamente con el anteriormente realizado de que psicología de las «profundidades», fruto del psicoanálisis, no era sino la psicología de la vida anímica normal. No había, pues, sucedido lo que a los químicos cuando comprobaron que las grandes diferencias cualitativas  de  los  productos  se  reducían  a  modificaciones  cuantitativas  en  las proporciones de la combinación de los mismos elementos.

 

 

En el complejo de Edipo se nos mostró enlazada la libido a la representación de los progenitores del sujeto; pero éste pasó antes por una época en la que carecía de todo objeto. De esta circunstancia  dedujimos la existencia de un estado en el que la libido llena el propio yo, habiéndolo tomado como objeto. Este estado podía denominarse

«narcisismo», y no era difícil adivinar que en realidad subsiste siempre, y que el yo continúa siendo a través de toda la vida el gran depósito de libido, del cual emanan las cargas de objeto, y al cual puede retornar la libido desde dichos objetos. Así pues, la libido  narcisista  se  transforma  continuamente  en  libido  objetiva,  y  viceversa.  El enamoramiento sexual o sublimado, que llega hasta el sacrificio del sujeto, nos ofrece un excelente ejemplo de la magnitud que esta  transformación puede alcanzar. Hasta este momento sólo habíamos atendido en el proceso de la represión a lo reprimido, pero a partir de él nos fue ya posible llegar al conocimiento  de los elementos represores. Sabíamos  ya  que  la  represión  era  efectuada  por  los  instintos  de  conservación  que actuaban en el yo (instintos del «yo»), y recaía sobre los instintos libidinosos. Ahora, al reconocer los instintos de conservación como de naturaleza libidinosa, esto es, como libido narcisista, vemos que el proceso de la represión se desarrolla dentro de la libido misma. La libido narcisista se opone a la  libido objetiva, y el interés de la propia conservación se defiende contra las exigencias del amor objetivo.

 

 

Nada tan necesario en Psicología como la existencia de una teoría básica, sobre la que  pueda  continuarse  edificando.  Falto  de  toda  base  de  este  orden,  ha  tenido  el psicoanálisis que crear por medio de sucesivos tanteos una teoría de los instintos. Así, estableció primero la antítesis de instintos del yo (conservación-hambre) e instintos libidinosos (amor), sustituyéndola después por la de libido narcisista y libido objetiva. Pero tampoco dijo con esto su última palabra, pues ciertas reflexiones de naturaleza biológica  parecían  prohibirle  satisfacerse  con  la  hipótesis  de  una  única  especie  de instintos.

 

 

En los trabajos de mis últimos años (Más allá del principio del placer, Psicología de las masas y análisis del  «yo» y El «yo» y el  «Ello»)  he dejado libre curso a mi tendencia a la especulación, contenida durante mucho tiempo, y he intentado una nueva solución del problema de los instintos. He reunido la conservación del individuo y de las especies  bajo  el  concepto  de  Eros,  oponiendo  a  éste  el  instinto  de  muerte  o  de destrucción, que labora en silencio. El instinto es concebido, en general, como una especie de elasticidad de lo animado; esto es, como una aspiración a reconstituir una situación que existió ya una vez, y fue suprimida por una perturbación exterior.

 

 

Esta naturaleza esencialmente conservadora de los instintos queda explicada por los fenómenos de la repetición obsesiva. La colaboración y el antagonismo del Eros con el instinto de muerte constituyen para nosotros la imagen de la vida.

 

La cuestión es que esta construcción teórica se demuestra útil. Aspira esencialmente  a  fijar una  de  las  representaciones  teóricas   más  importantes  del psicoanálisis, pero traspasa considerablemente los mites de esta disciplina. De nuevo he tenido que oir la despectiva afirmación de que no puede confiarse en una ciencia cuyos conceptos superiores son tan poco precisos como el de la libido y el del instinto en el psicoanálisis, pero este reproche se funda en un total desconocimiento de la cuestión. Los conceptos fundamentales claros y las definiciones precisamente delimitadas no son posibles  en  las  disciplinas  científicas,  sino  cuando  las  mismas  intentan  integrar  un conjunto de hechos dentro del cuadro de una construcción sistemática intelectual. En las ciencias naturales, a las cuales pertenece la Psicología, es inútil e imposible llegar a una tal claridad de los conceptos superiores. La Zoología y la Botánica no han comenzado con definiciones correctas y suficientes del animal y de la planta, y la Biología no ha establecido aún un concepto fijo de lo animado. La Física hubiera sacrificado todo su desarrollo si hubiese tenido que esperar, para emprenderlo, a dar claridad y precisión a los conceptos de materia, fuerza y gravitación. Las representaciones básicas o conceptos superiores  de  las  ciencias  naturales  aparecen  siempre  al  principio  muy  imprecisos, quedando determinados interinamente por la mera indicación del campo de fenómenos a que pertenecen, y lo el progresivo análisis ulterior del material de observación llega a darles la precisión deseada. (Adición de 1935):

 

 

Yo siempre he sentido como una gran injusticia que la gente rehúse considerar al psicoanálisis  como  cualquier  otra  ciencia.  Este  rechazo  tiene  su  expresión  en  el surgimiento  de  las  objeciones  más  obstinadas.  Constantemente  se  le  reprocha  al psicoanálisis por sus insuficiencias y por  ser incompleto, aunque sea claro que una ciencia basada en la observación no tiene otra alternativa que estudiar fragmentariamente sus hallazgos y resolver sus problemas paso a paso. Aún más, cuando me esforcé en darle a la función sexual el reconocimiento que durante tanto tiempo se le había desconocido, se acusó a la teoría psicoanalítica de ‘pansexualismo'. Y cuando puse énfasis en la hasta entonces desatendida importancia del rol  jugado por las tempranas impresiones traumáticas en la niñez, se me dijo que el psicoanálisis estaba negando los factores  constitucionales  y  hereditarios,  lo  que  nunca  soñé  hacer.  Es  un  caso  de contradecir a cualquier precio y por cualquier método.

 

 

Ya en fases anteriores de mi producción llevé a cabo la tentativa de alcanzar, partiendo de la observación psicoanalítica, puntos de vista generales. En 1911 acentué en  un  pequeño  trabajo  -Formulierungen  über  die  zwei  Prinzipien  des  psychischen Geschehens-, y de modo ciertamente nada original, el predominio del principio del placer y el displacer en la vida anímica y su sustitución por el llamado «principio de la realidad». s tarde me atreví a intentar  la construcción de  una «Matapsicología», dando este nombre a una disciplina en la  que cada uno de los procesos psíquicos era considerado conforme a las tres coordenadas de la dinámica, la tópica y la económica y viendo  en  ella  el  fin  último  asequible  a  la  psicología.  Esta  tentativa  no  llegó  a completarse, quedando interrumpida después de varios ensayos (1915-7): `Los instintos y sus destinos', `La represión', `Lo inconsciente', `Duelo  y  melancolía'; pues reconocí que  no  era  aún  el  momento  de  una  tal  empresa  teórica.  En  mis  últimos  trabajos especulativos  he  intentado  descomponer  nuestro  aparato  psíquico  basándome  en  la elaboración analítica de los hechos patológicos, y lo he dividido en un yo, un Ello y un super-yo (El «yo» y el «Ello»). El super-yo  es heredero del complejo de Edipo y el representante de las aspiraciones éticas del hombre.

 

 

No debe creerse que en este último período he vuelto la espalda a la observación, entregándome por completo a una actividad  especulativa. Continúo siempre en íntimo contacto  con  el  material  analítico  y  no  he  abandonado  nunca  el  estudio  de  temas especiales clínicos o técnicos, Aun en los casos en que me he alejado de la observación he   evitado   aproximarme   a   la   Filosoa   propiamente   dicha.   Una   incapacidad constitucional me ha facilitado esta abstención. Siempre  me han atraído, sin embargo, las ideas de G. Th. Fechner,  pensador al que debo interesantísimas sugestiones. Las amplias coincidencias del psicoanálisis con la filosofía de Schopenhauer el cual no sólo reconoció la primacía de la efectividad y la extraordinaria significación de la sexualidad, sino también el mecanismo de la represión, no pueden atribuirse a mi conocimiento de su teorías, pues no he leído a Schopenhauer sino en época muy avanzada ya de mi vida. A Nietzsche, otro filósofo cuyos presagios y opiniones coinciden con frecuencia, de um modo sorprendente, con  los laboriosos resultados del psicoanálisis, he evitado leerlo durante mucho tiempo, pues más que la prioridad me importaba conservarme libre de toda influencia.

 

 

Las neurosis fueron el primero objeto del psicoanálisis, y durante mucho tiempo el único. Para todo analista es evidente que la práctica médica se equivoca al alejar estas afecciones  de  la  psicosis,  agregándolas  a  las  enfermedades  nerviosas  orgánicas.  La Neurología pertenece a la Psiquiatría, y es indispensable para penetrar en ella. El estudio analítico   de   las   psicosis   parece   excluido   de   todo   resultado   médico,   dada   la inaccesibilidad  terapéutica  de  estas  enfermedades.  El  enfermo  psíquico  carece,  en general,  de  la  facultad  de  una  transferencia  positiva,  quedando  así  embotado  el instrumento principal de la técnica analítica; pero, de todos modos, puede llegarse a él por otros caminos. La transferencia no queda excluida, a veces, tan por completo, que no pueda utilizarse durante algún tiempo. En las depresiones cíclicas, en las modificaciones paranoicas leves y en la esquizofrenia hemos conseguido resultados indudables mediante el análisis. Por lo menos, ha sido ventajoso para la ciencia el que en muchos casos puede vacilar  el  diagnóstico  durante  mucho  tiempo  entre  la  psiconeurosis  y  la  demencia precoz,   pues   la   tentativa   terapéutica   emprendida   nos                                                                                                                  proporcio   importantes descubrimientos antes de tener que ser interrumpida. Pero lo principal es que en las psicosis resulta evidente aquello que en las neurosis sólo muy trabajosamente se logra extraer a la superficie. Para muchas afirmaciones analíticas ofrece la clínica psiquiátrica excelentes demostraciones. No podía, pues,  pasar mucho tiempo sin que el análisis encontrara el camino de los objetos de la observación psiquiátrica. Ya en 1896 descubrí en un caso de demencia paranoica los mismos factores etiológicos que en las neurosis y la existencia de tales complejos afectivos. Jung ha explicado enigmáticas estereotipias de sujetos dementes refiriéndolas a sucesos  de su vida, y Bleuler ha descubierto en diversas  psicosis  mecanismos  análogos  a  los  que  el  análisis  ha  revelado  en  los neuróticos. Desde entonces no han cesado los esfuerzos de los analistas por llegar a una comprensión de las psicosis. Sobre todo desde que trabajamos con el concepto del narcisismo, se nos va haciendo posible iniciar ciertos descubrimientos. Abraham es el que más ha avanzado por este  camino con su explicación de  las melancolías. En  este dominio no queda aún transformado el conocimiento en poder terapéutico; pero también las simples conquistas cnicas son importantes, y esperamos que hallarán algún día su aplicación práctica. Los psiquiatras no podrán resistirse ya mucho tiempo a la fuerza probatoria de sus propias observaciones clínicas. En la psiquiatría alemana tiene efecto actualmente  una  especie  de  penetración  pacífica  de  los  puntos  de  vista  analíticos. Acentuando  constantemente  que  no  son  psicoanalíticos  ni  pertenecen  a  la  escuela ortodoxa,  cuyas exageraciones no  comparten, sobre todo en lo que respecta al poder absoluto del factor sexual,  van apropiándose, sin embargo, la mayoría de los jóvenes investigadores esta o aquella parte de la  teoría analítica, aplicándolas a su manera. Existen, pues, múltiples indicios de un amplio y próximo desarrollo de nuestra disciplina en esta dirección.

 

 

VI

 

SIGO ahora, desde lejos, los sintomas de la reacción provocada por la introducción del psicoanálisis en la nación francesa, durante tanto tiempo refractaria a nuestra disciplina.  Este espectáculo actúa  en mí como una reproducción de cosas ya vividas; pero presenta, sin embargo, rasgos que le son peculiares. Llegan, en efecto, hasta mí objeciones de increíble ingenuidad tal como la de que la tosca pedantería de la terminología  psicoanalítica   repugna  a  la  sensibilidad   estética  francesa.  Ante  esta objeción no podemos menos de recordar al inmortal caballero Riccaut de la Marlinière, creado por Lessing. Otra de las manifestaciones contrarias a nuestra disciplina presenta un aspecto  más fundamental y ha sido acogida por un profesor de Psicología de la Sorbona. Me refiero a la de que para el génie latin resulta insoportable la  manera de pensar del psicoanálisis. Este reproche recae en parte sobre los anglosajones, amigos y aliados de Francia, que han aceptado generalmente dicha manera de pensar. Ante tales manifestaciones podría creerse que el génie teutonique ha acogido al psicoanálisis con los brazos abiertos desde su mismo nacimiento.

 

 

En  Francia  han  sido  los  literatos  quienes  primero  se  han  interesado  por  el psicoanálisis. Se explica esto recordando que nuestra disciplina ha traspasado, con la interpretación de los sueños, las fronteras médicas. Entre su aparición en Alemania y su actual introducción en Francia han surgido sus diversas aplicaciones a los dominios de la literatura  del arte a la historia de las religiones y a la Prehistoria, a la Mitología, la Etnografía y la Pedagogía, etc. Todas estas disciplinas tienen poco que ver con la ciencia médica y han sido precisamente enlazadas con ella por el psicoanálisis. No tengo, pues, derecho alguno a profundizar en esta cuestión; pero no puedo silenciarla, pues resulta indispensable para formarse una representación exacta del valor y de la esencia del psicoanálisis, y, además, la especial naturaleza de este trabajo, en el que me he obligado a exponer la obra de mi vida, me fuerza a tratar de ella. La mayoría de estas aplicaciones tiene, en efecto, en  mi labor personal su  punto de partida. En ocasiones he dado yo también  algún paso por este  camino  para satisfacer dicho interés ajeno a la Medicina. Otros  hombres  de  ciencia  han  seguido  después         mis  huellas  y  penetrado  más profundamente en  tales dominios. Pero como quiero limitarme a exponer mis propias aportaciones a la aplicación del psicoanálisis, no he de presentar al sector sino un esquema muy insuficiente de su extensión e importancia.

 

El complejo de Edipo, cuya ubicuidad he ido reconociendo poco a poco, me ha ofrecido toda una serie de sugestiones. La elección y la creación del tema de la tragedia, enigmáticas siempre, y el efecto intensísimo de su exposición poética, así  como la esencia misma de la tragedia, cuyo principal personaje es el Destino, se nos explican en cuanto  nos  damos  cuenta  de  que  en  el  poema  trágico  se  halla  integrada  toda  la normatividad de la vida psíquica con su plena significación afectiva. La fatalidad y el oráculo no eran sino materializaciones de la necesidad interior. El hecho de que el roe peque sin saberlo y contra su intención, constituye la exacta expresión de la naturaleza inconsciente de sus tendencias criminales. De la comprensión de la tragedia provocada por el Destino pasamos a la inteligencia de la tragedia de carácter con el análisis del Hamlet shakespeariano, obra que venía siendo admirada durante trescientos años sin que nadie hubiese llegado a penetrar en su sentido ni en los motivos del poeta. Era singular que este neurótico creado por el poeta naufragase bajo el peso del complejo de Edipo, como tantos seres reales. El problema que se plantea a Hamlet es, en efecto, el de vengar en una tercera persona aquellos dos hechos que constituyen el contenido de la tendencia de Edipo, venganza en cuya ejecución queda paralizado su brazo por su propio y oscuro sentimiento de culpabilidad.  Shakespeare escribió esta tragedia poco después de la muerte de su padre. Mis indicaciones para el análisis de esta obra han sido aplicadas y ampliamente elaboradas después por Ernest Jones, y también Otto Rank hizo de ellas el punto de partida de sus investigaciones sobre la elección de  materia por los poetas dramáticos, demostrando en su libro sobre el motivo del incesto con cuánta frecuencia eligen precisamente los poetas los  motivos del complejo de Edipo y  persiguiendo las variaciones y atenuaciones de esta materia a través de la literatura mundial.

 

 

De aquí no había más que un paso hasta el análisis de la creación poética y artística. Se reconoció que el reino de la fantasía era un dispositivo creado con ocasión de la dolorosa transición desde el principio del placer al de la realidad para permitir la constitución de un sustitutivo de la satisfacción instintiva a la cual se había tenido que renunciar en la vida real. El artista se había refugiado, como el neurótico, en este mundo fantástico, huyendo  de la  realidad poco  satisfactoria; pero, a diferencia del  neurótico, supo hallar el camino del retorno desde dicho mundo de la fantasía hasta la realidad. Sus creaciones, las obras de arte,  eran satisfacciones fantásticas de deseos inconscientes, análogamente a los sueños con los cuales compartían el carácter de transacción, pues tenían también que evitar el conflicto con los poderes de la represión. Pero a diferencia de  los  productos  oníricos,  asociales  y  narcisistas,  están  destinadas  a  provocar  la participación de otros hombres y pueden reanimar y satisfacer en estos últimos los mismos impulsos optativos inconscientes. Además, se sirve del placer de la percepción de la belleza formal como  prima de atracción. Los elementos de que el psicoanálisis puede disponer en esta labor son la incorrelación de las impresiones de la vida del artista, sus destinos, sus obras, su constitución y los impulsos instintivos que en él actúan; esto es, lo generalmente humano.  Con tal propósito hice a Leonardo de Vinci objeto de un estudio que reposa sobre un único recuerdo infantil comunicado por él en sus anotaciones y tiende esencialmente hacia la explicación  de su cuadro «Santa Ana con la Virgen y el Niño», existente en el Museo del Louvre. Mis amigos y discípulos han emprendido numerosos análisis semejantes  de artistas y obras de arte. El placer estético del que gozamos ante una obra de arte no queda disminuido por su comprensión analítica obtenida en esta forma. Mas para aquellos profanos que funden aquí esperanzas excesivas en el  psicoanálisis habremos de advertir que hay dos problemas sobre los cuales no arroja luz ninguna y que son precisamente los que más pueden interesarle. El análisis no consigue explicar las dotes del artista ni descubrir los medios con los que el mismo trabaja, o sea, los pertenecientes a la técnica artística.

 

 

En una pequeña novela, carente en de  gran  valor, La Gradiva, de W.  Jensen pude demostrar que el sueño imaginado literariamente admite igual interpretación que el real, o sea, que en la producción del poeta actúan aquellos mecanismos que hemos descubierto en la elaboración onírica.

 

Mi libro sobre El chiste y su relación con lo inconsciente, 1905, parte también de la interpretación de  los sueños. El único  amigo a  quien por  entonces interesaban mis trabajos  me  había  hecho  observar  que  mis  interpretaciones  oníricas  hacían  con frecuencia   una   impresión   «chistosa».   Para   aclarar   esta   impresión   emprendí   la investigación del chiste y encontré qué su esencia  residía en sus  medios técnicos los cuales no eran sino los empleados por la elaboración onírica, o sea, la condensación, el desplazamiento, etc. A esto se enlazó la investigación económica relativa al nacimiento del placer en el oyente del chiste. La solución de este problema fue la de que dicho placer nacía por la supresión momentánea del esfuerzo de represión provocado por la influencia de una prima de atracción ofrecida (placer preliminar).

 

 

Concedo mayor valor que a estos estudios a mis aportaciones a la psicología de la religión iniciadas en 1907 con el descubrimiento de una sorprendente analogía entre los actos obsesivos y los ritos religiosos. Sin conocer aún otras relaciones más profundas, califiqué a la neurosis obsesiva de religión privada desfigurada, y a la religión, de neurosis obsesiva universal. Más tarde, en 1912, indi Jung  las amplias analogías existentes entre las producciones intelectuales de los neuróticos y de los primitivos, orientando este estudio mi atención hacia dicho tema. En los ensayos reunidos bajo el título de Totem y tabú, 1912-3, demostré que  el horror al incesto es más intenso aún entre los primitivos que en los hombres civilizados, habiendo hecho surgir entre los primeros especiales reglas de defensa, e investigué las relaciones de las prohibiciones tabú,  forma  primera  de  las  restricciones  morales,  con  la  ambivalencia  sentimental, descubriendo en la concepción primitiva del mundo, o sea, en el animismo, el principio de la exageración de la realidad anímica, o sea, la omnipotencia de las ideas, sobre la cual se basa la magia. A través de todo  esto se establecía una comparación con la neurosis obsesiva y se demostraba que esta singular dolencia entraña aún gran parte de las hipótesis de la vida anímica primitiva. Me atraía, sobre todo, el totemismo, primer sistema de organización de las razas primitivas, en el que los principios del orden social se muestran enlazados con una religión rudimentaria y con el implacable dominio de algunas prohibiciones tabú. El ser adorado es aquí, originariamente siempre, un animal, del cual afirma descender el clan. Por diversos indicios deduje luego que todos los pueblos, incluso los que han llegado a un más alto nivel de civilización, pasaron un día por este estadio del totemismo.

 

 

La fuente literaria principal de estos trabajos está constituida por las conocidas obras de J. G. Frazer (Totemism and Exogamy y The Golden Bough), que constituyen una  mina  de  valiosísimos  hechos  y  puntos  de  vista.  Pero  este  autor  no  llega  al esclarecimiento  del  problema  del  totemismo,  habiendo  cambiado  varias  veces  de opinión sobre esta materia. Los demás  etnólogos  e historiadores se muestran también desacordes en esta cuestión. Mi punto de partida fue la singular coincidencia de los dos principios tabú de totemismo, el de no matar al totem y evitar todo contacto sexual con las mujeres del mismo clan totémico, con los dos contenidos del complejo de Edipo, la supresión del padre y la unión sexual con la madre. De este modo fui llevado a equiparar al  animal  totémico  con  el  padre,  tal  y  como  hacían  expresamente  los  primitivos, adorándolo  como  antepasados  del  clan.  Dos  hechos  psicoanalíticos  vinieron  en  mi auxilio: una afortunada observación de Ferenczi con un sujeto infantil, observación que permitió hablar de un retorno infantil del totemismo, y el análisis de las tempranas zoofobias de los niños, de los cuales comprobamos que el animal objeto de la fobia era una sustitución del padre, siendo desplazado sobre él el miedo al primero, basado en el complejo de Edipo. De aq no había más que un paso hasta el reconocimiento del asesinato del padre como nódulo del totemismo y punto de partida de la formación de las religiones.

 

 

Estas últimas consideraciones me fueron sugeridas por la obra de Robertson Smith titulada La religión de los semitas, en la que este genial autor, físico y exegeta bíblico describe una ceremonia esencial de la religión totémica; esto es, la llamada comida totémica. Una vez al año era muerto y comido el animal totémico, adorado y protegido en toda otra ocasión, siendo  luego llorado, festividad en la que participaban todos los miembros  del  clan  totémico.  Agregando  a  esto  la  hipótesis  de  Darwin  de  que  los hombres vivían primitivamente en hordas, cada una de las cuales se hallaba bajo el dominio de un único macho, fuerte y violento y celoso, llegué a la hipótesis, o, mejor dicho,  a  la  visión  del  siguiente  proceso.  El  padre  de  la  horda  primitiva  habría monopolizado despóticamente a todas las  mujeres, expulsando o matando a sus  hijos, peligrosos como rivales. Pero un día se reunieron estos hijos, asesinaron al padre, que había sido su enemigo, pero también su ideal, y comiéronse el cadáver. Después de este hecho no pudieron, sin embargo, apoderarse de su herencia, pero surgió entre ellos la rivalidad.  Bajo  la  influencia  de  este  fracaso  y  del  remordimiento,  aprendieron  a soportarse unos a otros, uniéndose en un clan fraternal, regido por los principios del totemismo, que tendían a excluir la repetición del crimen, y renunciaron todos a la posesión  de  las  mujeres,  motivo  del  asesinato  del  padre.  De  este  modo  surgió  la exogamia, íntimamente enlazada  con el totemismo. La comida tomica sería la fiesta conmemorativa del monstruoso asesinato, del cual procedería la consciencia humana de la culpabilidad (pecado original), punto de partida de la organización social, la religión y la restricción moral.

 

 

Sea o no admisible históricamente tal posibilidad, dejamos aquí situada la formación de las religiones sobre la base del complejo paterno y de la ambivalencia en él predominante. Una vez abandonada la sustitución del padre por el animal totémico, el padre primitivo, temido, odiado, adorado y envidiado, se convirtió en el prototipo de la divinidad. En la vida psíquica del hijo luchaban de continuo el amor y el odio hacia el padre, produciendo  continuas formaciones transaccionales, por medio de las cuales se impugnaban, por un lado, el asesinato, y se afirmaban, por otro, sus ventajas. Esta teoría de la religión arroja viva luz sobre el fundamento psicológico del cristianismo, en el cual perdura sin disfraz alguno la ceremonia de la comida totémica en el sacramento de la comunión. He de hacer constar que esta comparación no  me es propia, sino que se encuentra ya en las obras de Robertson Smith y de Frazer. Th. Reik y el etnólogo G. Róheim han tomado como punto de partida de varios trabajos importantes las ideas integradas en Totem y ta, continuándolas, profundizándolas y justificándolas. Por mi parte, he vuelto sobre ellas algunas veces, con ocasión de ciertas investigaciones sobre el sentimiento inconsciente de la culpabilidad, tan importante entre los motivos de las neurosis, y asimismo en mis tentativas de enlazar más estrictamente la psicología social y a la psicología individual. (El «Yo» y el «Ello», Psicología de las masas y análisis del «Yo».) También para la explicación de la susceptibilidad de ser hipnotizado he utilizado la herencia arcaica procedente de las hordas primitivas.

 

 

En otras explicaciones del psicoanálisis, muy dignas de interés, es más pequeña mi participación. Partiendo de las fantasías del neurótico nos conduce un amplio camino a las creaciones fantásticas de las colectividades y de los  pueblos, integradas en los mitos, fábulas y leyendas. Otto Rank ha hecho de la Mitología el objeto de su labor, y la interpretación de los mitos, su referencia a los conocidos complejos infantiles inconscientes y la sustitución de explicaciones astrales por una motivación humana han sido en muchos casos el resultado de su labor analítica. También el tema del simbolismo ha encontrado numerosos investigadores en el círculo de mis adeptos. El simbolismo há despertado contra el psicoanálisis gran hostilidad, y algunos investigadores demasiado tímidos no han podido perdonarle nunca este  simbolismo, tal y como resultaba de la interpretación de los sueños. Pero nuestra disciplina no es responsable del descubrimiento  del  simbolismo,  conocido  ya  desde  hacía  mucho  tiempo  en  otros dominios  (el  folklore,  la  leyenda  y  el  mito),  en  los  que  desempeña  un  papel  más importante aún que en el lenguaje de los sueños.

 

 

Personalmente no he aportado nada a la  aplicación del análisis a la Pedagogía; pero era natural que los descubrimientos analíticos referentes a la vida sexual y al desarrollo anímico de los niños atrajeran la atención de los pedagogos y les mostraran a una nueva luz su labor educadora. En este  sentido ha sido  un infatigable precursor el pastor protestante 0. Pfister, de Zurich,  que halló conciliable el  psicoanálisis con una religiosidad sublimada. He de citar, además, a la señora Hug-Hellmuth y al doctor Bernfeld, de Viena, entre otros muchos. De la aplicación del análisis a la educación de los niños sanos y a la corrección de los no neuróticos, pero desviados en su desarrollo, ha resultado una consecuencia muy importante desde el punto de vista práctico. No es ya posible, en efecto, limitar a los médicos al ejercicio del psicoanálisis y excluir de él a los profanos.

 

 

En realidad, el médico que no ha hecho un estudio especial es también, a pesar de su título, un profano por lo  que respecta al psicoanálisis, y el individuo ajeno a la Medicina  puede  llevar  perfectamente  a  cabo,  mediante  una  preparación  analítica  y auxiliado en algún caso por un médico, el tratamiento analítico de las neurosis.

 

Por  uno  de  aquellos  desarrollos  contra  cuyo  resultado  es  inútil  resistirse  ha acabado  por  integrar  varios  sentidos  la  palabra  «psicoalisis».  Originariamente  no constituía sino el nombre de un método terapéutico especial, pero ahora ha llegado a convertirse en el nombre de una ciencia, de la ciencia de lo psíquico inconsciente. Esta ciencia no es, generalmente,  apta para resolver por sí sola un problema, pero parece llamada a ofrecer a las más diversas disciplinas científicas importantísimas aportaciones. El campo de aplicación del psicoanálisis es tan amplio como el de la Psicología, al que agrega un complemento de importantísimo alcance.

 

 

Así pues, volviendo la vista a la labor  de mi vida, puedo decir  que he iniciado muchas cosas y sugerido otras, de las cuales dispondrá  el futuro. Por mí mismo no puedo decir lo que en tal futuro llegarán a ser. (Adición de 1935): Sin embargo, puedo expresar  una esperanza, de que he abierto un sendero para un avance importante de nuestro conocimiento.

 

 

 

VII. ADICIÓN DE 1935

 

 

 

EL editor de estos estudios autobiográficos no tomó en cuenta la posibilidad de que transcurrido un lapso pudiera escribirse una secuela de  ellos, y parece ser que ha ocurrido tal suceso en la presente ocasión. Emprendo la tarea dado el deseo de mi editor americano de publicar el trabajo más corto en una nueva edición. Se publicó primero en América en 1927 (por Brentano) bajo el titulo Un estudio autobiográfico, pero que lamentablemente se colocó en el mismo volumen junto a otro ensayo mío que le daba el título al libro (Alisis profano), oscureciendo el presente trabajo.

 

 

Dos  temas   surcan  estas  páginas:  la  historia  de  mi  vida  y  la  historia  del psicoanálisis, ambos íntimamente entrelazados. Este estudio autobiográfico revela mo el psicoanálisis vino a constituir el sentido pleno de mi vida y afirma con propiedad que ninguna experiencia personal mía es de algún intes, comparándolas a  mis relaciones con esta ciencia.

 

Poco antes de escribirlo me parecía que mi vida pronto llegaría a su fin, dada la recidiva de una enfermedad maligna, sin embargo, la habilidad quirúrgica me salvó en 1923 y fui capaz de proseguir mi vida y mi  trabajo, aunque no estuve libre de dolor mucho tiempo. En el período de más de diez años transcurridos desde entonces en ningún momento dejé de lado ni mi trabajo analítico ni mis escritos, como lo prueba mi duodécimo volumen de la edición alemana de mis obras (Gesammelte Schriften, 1924-34.).

 

 

Sin embargo, yo mismo siento que ha sucedido un cambio significativo. Los hilos que en el curso de mi desarrollo se habían entrelazado han comenzado ahora a separarse: intereses adquiridos en la última parte de mi vida han retrocedido, en tanto que los más originales y antiguos se han vuelto prominentes una vez más. Es verdad que en la última década he escrito importantes artículos de la labor analítica, tales como la revisión del problema de la angustia en Inhibición, síntoma y angustia (1926) y la explicación del fetichismo sexual que elaboré un año después (1927). Pese a todo, sería propio decir que desde que adelanté mi hipótesis de la existencia de dos clases de Instintos (Eros y el Instinto de muerte) y desde que propuse una división de la personalidad psíquica en un Yo, un Super-Yo y un Ello (1923), no he hecho posteriormente ninguna contribución decisiva al psicoanálisis. Todo lo que he escrito desde entonces sobre esto ha sido o poco importante o pronto hubiera sido elaborado por algún otro autor. Esta circunstancia se relaciona con una alteración en mi propia persona, lo que pudiera ser descrito como una fase de desarrollo regresivo. Mi intes luego  en un largo détour en las Ciencias Naturales, la Medicina y la psicoterapia volvió a los problemas culturales que tanto me habían fascinado largo tiempo atrás cuando era un joven apenas con la edad necesaria para pensar. En el cenit de mi labor analítica (1912) ya había intentado en Totem y tabú emplear los nuevos hallazgos descubiertos por el análisis a objeto de investigar los orígenes de la religión y de  la moral.  Llevé recientemente esa investigación un paso adelante en dos últimos trabajos: El porvenir de una ilusión (1927) y El malestar en la cultura (1930) [*]. Percibí aún con más claridad que los hechos de la historia humana: las interacciones entre la naturaleza humana, el desarrollo cultural y los precipitados de experiencias primordiales (siendo la religión el ejemplo más prominente) no son otra cosa que una reflexión de los conflictos dinámicos entre el Yo, el Ello y el Super-Yo de un individuo, estudiado analíticamente, pero que los mismos procesos se repiten en una escala más amplia.

 

 

En El porvenir de una ilusión expresé una valoración negativa de la religión. Más tarde encontré una fórmula que le hizo mayor justicia a ella, aunque aún, concediendo que su poder reside en la verdad que contiene mostré que esa verdad no era material, sino hisrica.

 

Estos estudios aunque originados en el psicoanálisis y que se alejan mucho de él, tal vez han despertado más simpatía del público que el propio psicoanálisis. Puede que ellos han  tenido su rol al crear la efímera ilusión de que yo me contaba entre los escritores a los que una gran nación como Alemania estaría pronta a escucharlos. Fue en 1929 cuando con palabras no menos fértiles que amistosas, Thomas Mann, uno de los bien conocidos  escritores  alemanes, encont un lugar para  mí  en  la  historia del pensamiento moderno. Algo más tarde a mi hija Anna, actuando como mi apoderada, se le dio una recepción cívica en la Rathaus de Francfort del Meno con ocasión de haberme otorgado el premio Goethe para 1930. Ese fue el cenit de  mi vida ciudadana. Poco después, los mites de nuestra comarca se estrecharon y la nación no sabía nada más de nosotros.

 

 

          Y aquí debiérase permitirme interrumpir estas notas autobiográficas. El público no tiene derecho a saber más de mis asuntos personales, de mis luchas, mis desilusiones y mis éxitos. De todas maneras ya he sido más abierto y franco en alguno de mis escritos (La interpretación de los sueños y en Psicopatología de la vida cotidiana) que lo que son corrientemente aquellos que describen sus vidas para sus contemporáneos o para la posteridad. He tenido pocos agradecimientos de ello, y por mi experiencia no puedo recomendarle a otro que siga mi ejemplo.

 

Debiera agregar unas pocas palabras más de la historia del psicoanálisis en la última cada. Ya no caben dudas que él  continuará; ha probado  sus capacidades de sobrevivencia y de  desarrollarse  tanto  como  rama  del  saber,  cuanto  como  método terapéutico. El mero de sus adherentes  (organizados  en la International Psycho-Analytical Association) ha aumentado considerablemente. Además de los grupos locales de Viena,  Berlín, Budapest, Londres, Holanda, Suiza y Rusia, se han formado desde entonces Sociedades en París, Calcuta, dos en Japón varias en Estados Unidos, y muy recientemente una en Jerusalén y en Sud-África y dos en Escandinavia. Aparte de sus propias reservas, estas sociedades locales mantienen (o están en el proceso de formarlos) Institutos  de  entrenamiento  en  los  que  se  da  una  instrucción  de  la  práctica  del psicoanálisis según un plan uniforme; y ambulatorios en los que analistas experimentados  y  estudiantes  ofrecen  tratamiento  gratuito  a  enfermos  de  escasos recursos. Cada dos años los miembros de la Asociación Internacional de Psicoanálisis organizan  un  Congreso donde se leen trabajos científicos y  se deciden asuntos organizativos. El decimotercero de estos congresos (a los que yo no podré asistir más) tuvo lugar en Lucerna en 1934. De lo medular de los intereses compartidos por los miembros de la asociación irradian trabajos en múltiples direcciones: unos colocando el énfasis en clarificar y profundizar nuestro conocimiento de la psicología, en tanto que otros se preocupan de mantenerse en contacto con la medicina y la psiquiatría.

 

Desde un punto de vista práctico, algunos analistas se han propuesto la tarea de llevar a cabo el reconocimiento del psicoanálisis en las universidades y su inclusión en el curriculum médico; mientras que otros prefieren mantenerlo fuera de esas instituciones, no aceptando que el psicoanálisis sea menos importante para el campo educacional que para el de la medicina. Suele suceder que un analista llegue a sentirse aislado al intentar poner énfasis en uno solo; de los hallazgos o puntos de vista del psicoanálisis descartando todo lo restante. A pesar de todo, la impresión general es de satisfacción por un trabajo científico serio llevado a cabo a un alto nivel.-

 

 

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