Φ   FILOSOFÍA NUEVA 

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EL MITO DE LA ELECCIÓN DE LA PROPIA EXISTENCIA

Por Platón (con notas del Prof. Bonafina)

[La REPÚBLICA, Libro X]

 

 

            «... Tan pronto como mi alma hubo salido de mi cuerpo, llegué con multitud de otras almas a un lugar completamente maravilloso, en el cuál se veían en tierra dos aberturas, próximas una a otra, otras dos en el cielo, que se correspondías con aquéllas. Entre estas dos regiones se hallaban sentados los jueces: en cuanto habían dictado su sentencia, ordenaban a los justos a que siguiesen su camino a la derecha, por una de las aberturas del cielo, después de haberles colgado por delante un cartel que contenía un juicio dado a favor suyo; a los malos, que tomasen su camino a la izquierda, por una de las aberturas de la tierra, llevando a la espalda un cartel semejante en que estaban expresadas todas sus acciones. Cuando yo me hube sentado, decidieron los jueces que era preciso que llevase a los hombres la noticia de lo que pasaba en el otro mundo, y me ordenaron que escuchase y observase en aquel lugar todas las cosas de que iba a ser testigo.

 

            Vi, pues, ante todo, las almas de aquellos que habían sido juzgados, una a subir al cielo, por las dos aberturas que se correspondían, mientras que por la otra abertura de la tierra vi salir almas cubiertas de basura y de polvo, al mismo tiempo que por la otra abertura del cielo descendían otras almas puras y sin mácula: parecían llegar todas ellas de un largo viaje y detenerse con placer en aquella pradera, como en un lugar de asamblea. Las que se conocían, se pedían unas a otras, al saludarse, noticias de lo que ocurría, bien en el cielo, bien bajo tierra. Unas cantaban sus aventuras con gemidos y llanto que les arrancaba el recuerdo de los males que habían sufrido o visto sufrir a las demás en su viaje bajo la tierra, cuya duración era de mil años. Las que volvían del cielo referían los deliciosos placeres de que habían gozado y las cosas maravillosas que habían visto.”

 

            –Sería demasiado prolijo, mi querido Glaucón [1], el referirte íntegramente el discurso del armenio Her [2] sobre éste tema. Se reducía a decir que las almas eran castigadas diez veces por cada una de las injusticias que en vida habían cometido; que la duración de cada castigo era de cien años, duración natural de la vida humana, para que el castigo fuese siempre deduplicado para cada crimen […] Por el contrario, las que habían hecho bien a los hombres, y habían sido santas y virtuosas, recibían en la misma proporción la recompensa de sus buenas acciones. […]

 

            Y añadía: “[…] –Hallábanse en sendos troncos las tres Parcas, hijas de la Necesidad [3]: Láquesis [4], Cloto [5]  y Atropos [6], vestidas de blanco [… Y] en cuanto hubieron llegado las almas, tuvieron que presentarse ante Láquesis. Y un hierofante [7] señaló a cada cual su puesto; luego, habiendo tomado de las rodillas de Láquesis las suertes y las diferentes condiciones humanas, subióse a un elevado estrado y habló así: ‘He aquí lo que dice la virgen Láquesis, hija de la Necesidad: ¡Almas pasajeras!, vais a empezar una nueva carrera y a entrar en un cuerpo mortal. No se os escogerá una condición determinada; cada una de vosotras escogerá la suya. La primera a quien la suerte designe será la primera en escoger, y su elección será irrevocable. La virtud no tiene dueño; sigue a quien la honra, y huye de quien la desdeña. Cada cuál es responsable de su elección; Dios es inocente de ella’.

 

            A estas palabras, habiendo echado a suertes el hierofante, cada alma recogió lo que cayó delante de ella, salvo yo, a quien no fue permitido. Cada cuál conoció entonces qué rango debía escoger. En seguida, el mismo hierofante puso en tierra, ante ellas, géneros de vida de toda especie, cuyo número era mucho mayor que el de las almas que habían de escoger: porque todas las condiciones, así de hombre como de animales, se hallaban allí reunidas. Había tiranías, unas que debían durar hasta la muerte, otras habían de ser bruscamente interrumpidas y acabar en pobreza, en destierro, en mendicidad. Veíanse allí, asimismo, condiciones de hombres célebres, unos por su belleza, por su fuerza, por la fama que habían alcanzado en los combates, otros, por su nobleza y por las grandes cualidades de sus antepasados; veíanse, asimismo, condiciones oscuras en todos los respectos. Lo mismo ocurría con el destino de las mujeres. Pero nada había dispuesto tocante a las almas, puesto que cada una de ellas había de cambiar de naturaleza, según lo que escogiese. Por lo demás, las riquezas, la pobreza, la salud, las enfermedades, se encontraban en todas las condiciones; aquí, sin ninguna mezcla; allá, en un justo equilibrio y bienes y males.” –El armenio decía que había añadido el hierofante: “El que escoja el último, con tal que lo haga con discernimiento y que luego sea consecuente en su conducta, puede prometerse una vida feliz y libre de males. Así, pues, que el que haya de ser el primero en escoger se guarde de abrigar excesiva confianza, y que el postrero no desespere… –Decía, además, Her que era un curioso espectáculo ver de qué manera hacía cada alma su elección; nada más extraño ni más digno, a la vez, de compasión y de risa. Los más, al elegir, se dejaban guiar por las costumbres de la vida precedente.

 

            Ya que todas las almas hubieron escogido su género de vida en el orden señalado por la suerte, se aproximaron conservando ese orden a Láquesis, que dio a cada una el genio por ella preferido, para que le sirviese de guardián en el curso de su vida mortal y le ayudase a cumplir su destino [y después, las almas, con su destino escogido, pasaban por Cloto y Atropos para que declararan irreversible la condición de vida escogida [8]]. Luego, sin que de ese punto fuese posible retroceder, avanzaban hacia el trono de la Necesidad, bajo el cual el alma y su daimon pasaban juntos. Cuando todas ellas hubieron pasado se reunieron en el llano de Leteo [9] donde sufrieron un calor insoportable, por no haber en aquel llano árboles ni plantas. Como el atardecer hubiese llegado, pasaron la noche a orillas del río Ámeles [10] cuya agua no puede ser contenida en vaso alguno. Cada alma tiene que beber cierta cantidad de esta agua. Aquellas que no son refrenadas por la prudencia beben mucho más allá de la medida prescrita y pierden absolutamente todo recuerdo. Durmiéndose después; pero, hacia la mitad de la noche, estalló el trueno, acompañado de un temblor de tierra, e inmediatamente las almas, habiendo despertado con sobresalto, se vieron dispersas acá y allá, como estrella fugaces, hacia los diferentes lugares en que debían renacer. En cuanto a él, decía Her, le habían impedido que bebiese agua del río; mientras tanto, no sabía por dónde ni cómo su alma había vuelto a unirse a su cuerpo, y habiendo abierto de pronto los ojos a la mañana, se había percatado de que estaba tendido en la pira [11].

 

            –Ésta fábula, mi querido Glaucón, se ha conservado hasta nuestros días, y si le concedemos fe puede ser provechosa para salvarnos también a nosotros; pasaremos felizmente el río Leteo y libraremos nuestra alma de toda mancha. Por tanto, si quieres creerme, convencidos de que nuestra alma es inmortal y de que, por su naturaleza, es capaz así de todos los bienes como de todos los males, seguiremos siempre por el camino que lleva a lo alto, y nos dedicaremos con todas nuestras fuerzas a la práctica de la justicia y la sabiduría. Con esto, estemos en paz con nosotros mismos y con los dioses, y después de haber alcanzado en la tierra el premio destinado a la virtud, semejantes atletas victoriosos que son llevados en triunfo, seremos felices aquí abajo y durante el viaje de mil años…»

 

[FIN de LA REPÚBLICA]

 

 

 

Platón, DIÁLOGOS. Porrúa, México, 1996.

LA REPÚBLICA, Libro X, Pág. 616-621.

 

Las notas al texto están a cargo del Prof. Pablo H. Bonafina


 

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[1] Glaukón es un nombre que significa brillante o resplandeciente.

[2] Tal vez Her sea un nombre armenio. De lo contrario, considero que habría que vincularlo con el único nombre propio de raíz idéntica: Here, tal como se expresa en el dialéctico jónico griego el nombre de Hera, la gran diosa, esposa de Zeus. Si fuese griego, y no armenio, podría considerarse al tal Her como si se tratase de un mensajero de los dioses. En éste caso, la vinculación artificiosa con los armenios puede tener numerosas y muy diversas explicaciones.  

[3] En griego, anágke, que también puede traducirse por Destino o fuerza.

[4] Nombre que proviene del griego lájos que significa lote en suerte o suerte.

[5] Del verbo griego klótho que significa hilar, tejer.

[6] Palabra compuesta de a-tropós que significa algo así como “la indeterminación”.

[7] Se trata de una suerte de sacerdote o ministro de los asuntos o misterios divinos.

[8] Éste verso es una abreviación fiel del original, que está muy trabado.

[9] Se trata de las mitológicas aguas del olvido (léthe).

[10] Ameléo significa descuidar, abandonar. A-melés quiere decir despreocupación.

[11] Pyrá es la hoguera en la que se quemaban los cadáveres y hacían holocaustos.

 

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