Φ   FILOSOFÍA NUEVA 

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HIPÓTESIS, HIPÓSTASIS Y MITO

Por el Dr. Prof. Alejandro Korn

 

 

            … Sea por nuestra ignorancia, sea por la naturaleza de los problemas, para ciertas interrogaciones falta la respuesta. La experiencia misma provoca el deseo de superarla. Puede esta situación pasar inadvertida cuando en el bregar de la existencia acosan tareas apremiantes. Conforme al hombre le es dada una hora de solaz reflexivo, acuden a su mente preguntas tan ociosas como ansiosas. No las podrá evitar, ni ha de renunciar a examinarlas. ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy? ¿Qué he de hacer?

 

            El hombre así hostigado –supongámosle un remoto antepasado– acudirá sin darse cuenta de ello a una maravillosa capacidad: la imaginación. Allá donde el nexo de las cosas ofrece un hueco, donde su experiencia le abandona, donde la razón no logra atar los cabos, donde tropieza con un enigma, imagina por su propia autoridad un hecho fingido o una relación supuesta; creará un complemento a su saber. Esto es una hipótesis.

 

            La HIPÓTESIS es un hecho imaginado que no está dado en la experiencia. El término griego en nuestro idioma equivale a “suposición”. Libre es el vuelo de la imaginación; ninguna valla la detiene. Al parecer. En realidad está sujeta de una manera muy estrecha. Puede la imaginación magnificar, empequeñecer, sutilizar o alterar las cosas; puede atribuirles calidades o virtudes impropias; puede combinar a su albedrío ocurrencias contradictorias, pero aún en sus creaciones más fabulosas se nutre de elementos conocidos, derivados de la realidad. Ni lo absurdo escapa a esta regla. Mucho más se restringe el campo de la imaginación si trata de concebir una hipótesis.

 

            Porque la hipótesis no es una mera creación de la fantasía sin finalidad pragmática. Ha de ser una creación racional. Se la postula para suplir nuestra ignorancia en el caso de un problema concreto; está condicionada por el material ya conocido y por las categorías lógicas. Sólo así se justifica y adquiere consistencia. Por otra parte, no ha de contradecir hechos experimentados y siempre queda sujeta a una comprobación ulterior. Desde luego la hipótesis no ha de salvar los límites de toda experiencia posible o sea los límites de la realidad espacio-temporal.

 

            Si bien los conceptos hipotéticos se refieren a algo irreal, casi postizo, son un elemento imprescindible de la sistematización científica. A menudo reducen a un factor común datos aislados o dispersos. En ocasiones se emplean como un instrumento de trabajo en la investigación de hechos nuevos o de relaciones desconocidas. Actúan también como guía de labor mental, estimulan la reflexión y aclaran la visión intelectual. Su eficacia técnica o teórica puede ser decisiva. Con todo, la vida de las suposiciones es precaria. Se las utiliza mientras sirven; se las reemplaza por una noción más acertada cuando se logra mayor experiencia. Si un solo hecho nuevo las desautoriza, es suficiente para desecharlas. Tarde o temprano este hecho suele sobrevenir. Por mucho tiempo puede persistir una hipótesis feliz, al fin llega la hora de substituirla por otra más adecuada. En el desenvolvimiento histórico de las ciencias esta mutación se observa de continuo.

 

            Ciencia y experiencia no es lo mismo. La ciencia es la experiencia objetiva, integrada por hipótesis. De ahí la necesidad de renovar sin cesar todas las ciencias y teorías, porque la experiencia crece y las hipótesis nacen y perecen. Esta circunstancia se olvida con harta frecuencia. Hipótesis muy plausibles o sustentadas por una validez secular, llegar a arraigar de tal modo que se las toma por hechos reales. Los mismos hombres de ciencia suelen contribuir a este error al no distinguir con precisión el dato empírico y el agregado supuesto. En general una generación cree en las hipótesis vigentes; la siguiente las reemplaza. Entretanto no es fácil desalojarlas de las cátedras donde vegetan tenaces. Ejemplo clásico, pero no excepcional, es la teoría del éter cósmico, cuya comprobación empírica ha fracasado.

 

            Cuando la imaginación atropella con el valladar temporo-espacial, cuando se solaza más allá de toda experiencia posible o cuando pretende dar a sus creaciones el carácter de entidades reales, ya no se trata de una hipótesis sino de una hipóstasis.

 

            La HIPÓSTASIS es la creación de entidades extrañas a la realidad temporo-espacial. No puede ser jamás objeto de una experiencia y su afirmación es un acto de fe. El concepto que se hipostasia es naturalmente un concepto sin contenido intuitivo, pero no arbitrario. Algún antecedente lógico ha de tener. Los filósofos por eso hablan de un mundo inteligible opuesto al mundo sensible y aún discuten cuál de ambos es el verdadero. El mundo inteligible lo capta exclusivamente la razón pura y se afianza en conclusiones lógicas. Pero ese mundo no está poblado por hijos genuinos del intelecto; la imaginación poética contribuye a engendrarlos y sólo la fe les presta vida y ser. Sin la fe toda hipóstasis es una abstracción vacía cuando no es un absurdo.

 

            La fe es un hecho psíquico del mayor interés. Su mejor y más simple definición es la del catecismo: creer lo que no vimos. Corresponde al análisis psicológico desentrañar los elementos complejos que concurren en un acto de fe; asunto grave, pues este fenómeno desempeña un rol preponderante en la vida del hombre. Aun el más escéptico, el más descreído, en un examen de conciencia la hallará manifiesta.

 

            Ignorante o sabio, no ha de haber ningún hombre que se sustraiga a su imperio. Y si quiere expresar su fe acudirá a una hipóstasis. El motivo es como en el caso de la hipótesis, el carácter fragmentario del conocimiento. Si la experiencia satisficiera el anhelo de la razón suficiente, si nos diera el porqué de la existencia del mundo y de la nuestra, si en lugar de un conocimiento acabado no nos planteara un problema, seguramente no buscaríamos fuera de ella una solución. Asimismo, si el fruto del raciocinio en último término fuera un mero concepto abstracto, tampoco nos sentiríamos satisfechos. Es menester que ese concepto represente algo real, existente, efectivo. Una coerción lógica obliga referir lo relativo y contingente a un principio absoluto. ¿Para qué semejante verbalismo? Se impone identificarlo con el ser. Pero dotar a un concepto de existencia ya no es una operación lógica. Este milagro sólo lo realiza la fe. Esa fe no proporciona un conocimiento, pero sí una convicción personal. A la fe más exaltada, a la misma visión mística, se le puede oponer una fe distinta o simplemente, sin afirmar nada, la duda del escepticismo. La prueba de la intuición sensible no cabe y es fácil refutar una sutileza lógica con otra sutileza. También la fe puede flaquear o extinguirse, pero mientras impere, dentro del dominio accidental que ocupe en la conciencia, es el pináculo obligado de toda cosmovisión. Afirmar el ser como sustancia pura es, empero, el mínimum de la fe. Es preciso darle atributos, suponerle la causa primera del proceso real, establecer sus relaciones con la vida humana, encomendarle tanto nuestras tribulaciones como nuestras esperanzas. De la hipótesis hay que pasar al mito.

 

            El MITO es, al margen de la experiencia, una concepción compleja a la cuál durante una época y en una agrupación determinada se le ha prestado fe. Se caracteriza por ser una creación histórica que el consenso de una colectividad acepta como cierta. El mito desde los tiempos prehistóricos acompaña la evolución de la cultura humana. Nace, se transforma, se complica, prolifera, muere y es reemplazado, pero no falta jamás. Cada época ostenta sus mitos propios; todo grupo posee los suyos; una cultura sin mitos todavía no ha existido. Ellos sirvieron para poner un asomo de orden y de unidad en la cosmovisión del hombre primitivo y hasta el día de hoy desempeñan función tan necesaria. A su manera, con criterio infantil o senil, en formas múltiples y variadas, interpretan ya el secreto de la naturaleza, ya el enigma de la conciencia, el mundo exterior y el interior. Es el mito en el hombre algo tan primario como el hambre, algo tan propio como la palabra. Si nuestros lejanos antepasados dejaron el rastro de su visión estética en las pinturas rupestres, bien podemos imaginar cómo un vate troglodita sugirió el primer mito en la mente ingenua de su tribu. De sus oyentes hizo creyentes. Sobre la obscura brega de la bestia humana el mito puso el pálido fulgor de la poesía. No se concibe ni se comprende la historia de la humanidad sin su presencia constante. El descubrimiento del fuego determinó las formas de la vida material, la invención del mito ha regido el despliegue de la vida ideal.

 

            En la creación del mito se asocian el dato empírico que le sirve de punto de arranque, el concepto general o universal en que se apoya, la hipótesis que lo justifica y la hipóstasis que lo sanciona. Todas las actividades de la mente, en proporción variable, concurren a formarlo. Al impulso de atavismos e instintos aborígenes, la intuición sensible, la reflexión lógica, la fantasía y la fe, realizan una síntesis, de acuerdo con las disposiciones colectivas de un grupo étnico. Toca a la psicología analizar este concepto íntimo, a la historia referir el mito concreto y a la filosofía apreciarlo…

 

            No requiere gran esfuerzo descalificar un mito, cuando riñe con la experiencia o se puede señalar las contingencias históricas de su génesis. La dificultad está en desarraigarlo de hecho, porque la fe se concilia muy bien con lo absurdo. Desaparece sólo con la evolución de la cultura misma que lo supo imaginar.

 

            Con el andar del tiempo el mito cambia de carácter. De ingenuo, concreto, antropomorfo se eleva a formas más abstractas. Los entes mitológicos pierden sus contornos plásticos, se vuelven amorfos y acaban en conceptos hipostasiados. Cuando, como ocurre en los comienzos, prevalecen impulsos emotivos, los mitos revisten un carácter religioso. Significa ya un grado de cultura avanzada el advertir la ficción poética y querer darle un contenido racional; es la metafísica que nace. Augusto Comte creyó posible un  tercer estado, el de las ciencias positivas, sin mitología ni metafísica. Fue ésta la ilusión del positivismo; también la ciencia y la historia tienen sus mitos. Los estados de Comte no se suceden uno a otro como ciclos cerrados. Subsisten a la vez y se compenetran entre sí. Son hoy tan actuales como en los tiempos más remotos. Un conjunto de mitos, coordinado por un vínculo común, constituye una mitología.

 

            La MITOLOGÍA es la sistematización de los mitos imaginados para expresar el sentimiento de la dependencia de agentes no sometidos a la voluntad del hombre. La intervención de poderes extraños en nuestra vida es un hecho empírico; en el hombre, sea cual fuere el grado de su cultura, provoca una reacción sentimental, una actitud de zozobra, un estado de ánimo emotivo. Este sentimiento de sumisión a un imperio extraño, constituye el fenómeno religioso. De esta inquietud efectiva, con el auxilio de todas las funciones mentales, nace el mito religioso…

 

 

ALEJANDRO KORN, SISTEMA FILOSÓFICO.

Nova, Bs. As., 1959. Cap. VIII-XII, pág. 33-39.

 

 

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