Φ   FILOSOFÍA NUEVA 

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DEL “INCOSCIENTE” AL “ELLO” *

Por Sigmund Freud

 

            Quiero darles aquí un complemento a una introducción al psicoanálisis iniciada por mí hace ya quince años, y tengo que conducirme como si en tal intervalo se hubieran consagrado exclusivamente al psicoanálisis. Sé que tal suposición no es exacta, pero no puedo comportarme de otro modo. Y ello, principalmente, por lo difícil que, en general, es procurar una visión del psicoanálisis a personas ajenas por completo a él. Pueden creer que no es nada grato aparecer como una misteriosa secta consagrada a una ciencia esotérica. Y, sin embargo, hemos tenido que reconocer y proclamar que nadie tiene derecho a intervenir en las cosas del psicoanálisis si antes no ha pasado por determinadas experiencias que sólo puede lograr sometiéndose al análisis por sí mismo. Cuando hace quince años desarrollé ante ustedes mis conferencias iniciales, procuré ahorrarles determinados fragmentos especulativos de nuestra teoría. Pero las nuevas conquistas de que hoy quiero hablarles se enlazan precisamente a ellos.

 

            Volvamos al tema. En la duda de si el yo y el super-yo son por sí mismos inconscientes o sólo desarrollan efectos inconscientes, nos hemos decidido, no sin buenas razones, por la primera posibilidad. Sí; partes considerables del yo y lo consciente, lo reprimido y lo inconsciente coinciden. Sentimos la necesidad de revisar fundamentalmente nuestra actitud ante el problema de los consciente y lo inconsciente. Al principio nos inclinamos a rebajar el valor del criterio de la consciencia, ya que tan poco seguro se ha mostrado. Pero haríamos mal. Pasa con él lo que con nuestra vida: no vale mucho, pero es todo lo que tenemos. Sin las luces de la consciencia, estaríamos perdidos en las tinieblas de la psicología abisal; pero podemos intentar una nueva orientación.

 

            No necesitamos discutir a qué hemos de llamar consciente, pues está fuera de toda duda. La significación más antigua y mejor de la palabra “inconsciente” es la descriptiva; llamamos inconsciente a un proceso psíquico cuya existencia nos es obligado suponer, por cuanto deducimos sus efectos, pero del que nada sabemos. Estamos entonces con él en la misma relación que con un proceso psíquico de otra persona, con la sola diferencia de que es en nosotros donde se desarrolla. Y si aún queremos ser más exactos, diremos que llamamos inconsciente a un proceso cuando tenemos que suponerlo activo de presente, aunque de presente nada sepamos de él. Esta restricción nos hace pensar que la mayoría de los procesos conscientes sólo lo son así por breve tiempo; no tardarán en hacerse latentes, pero pueden volver a hacerse conscientes fácilmente. Podríamos también decir que se habrían hecho inconscientes si estuviéramos seguros de que en el estado de latencia fuera aún algo psíquico. Con esto no habremos averiguado nada nuevo, ni tampoco adquirido un derecho a introducir en la Psicología el concepto de un inconsciente. Pero a ello viene a agregarse una observación que podemos hacer ya en los actos fallidos. En efecto, para la explicación de una equivocación oral nos vemos obligados a suponer que en el sujeto se había formado el propósito de decir algo determinado. Y adivinaremos cuál era tal propósito por la perturbación que la expresión ha sufrido, pero el propósito no se ha cumplido y era, por tanto, inconsciente. Cuando a posteriori se lo comunicamos al sujeto, puede reconocerlo como suyo, y entonces era tan sólo temporalmente inconsciente. De esta experiencia extraemos retrospectivamente un derecho a declarar también inconsciente lo que antes decíamos latente. La consideración de estas circunstancias dinámicas nos permite distinguir ahora dos clases de inconsciente: un inconsciente que fácilmente y en condiciones frecuentemente dadas se transforma en consciente, y otro que sólo con gran esfuerzo, o posiblemente nunca, permite tal transformación. Para evitar la duda de si hablamos de uno u otro inconsciente y de si empleamos tal término en sentido descriptivo o en sentido dinámico, recurrimos a un expediente tan lícito como sencillo. A aquel inconsciente que sólo es latente y se torna con suma facilidad consciente lo denominamos preconsciente, y conservamos el nombre de “inconsciente” para el otro. Tenemos, pues, tres términos: consciente, preconsciente e inconsciente, con los cuales podemos valernos en la descripción de los fenómenos anímicos. De nuevo haremos constar que, en sentido puramente descriptivo, también lo preconsciente es inconsciente, pero no lo designamos así, salvo cuando nos es necesaria mayor precisión o cuando tenemos que defender la existencia de procesos inconscientes en general en la vida psíquica de cualquiera.

 

            Espero me concederán que hasta ahora no le he planteado graves dificultades y que todo lo expuesto es de fácil manejo. Sí; pero, desgraciadamente, la labor psicoanalítica se ha visto obligada a emplear la palabra inconsciente en un tercer sentido, y esto puede dar ya lugar a confusiones. Bajo la nueva e intensa impresión de que un amplio e importante sector de la vida psíquica se halla sustraído normalmente al conocimiento del yo, de manera que los procesos que en tal sector se desarrollan tienen que ser reconocidos como inconscientes en el sentido dinámico, hemos entendido también el término “inconsciente” en un sentido tópico o sistemático y hemos hablado de un sistema de lo preconsciente y de un sistema de lo inconsciente, de un conflicto del yo con el sistema Inc., dando así a la palabra el carácter de designación de una provincia psíquica más que de una cualidad de lo anímico. El descubrimiento realmente incómodo de que también partes del yo y del super-yo son inconscientes en sentido dinámico nos procura en este caso un alivio, permitiéndonos vencer una complicación. Advertimos que no tenemos derecho a llamar sistema Inc. al sector anímico ajeno al yo, toda vez que la inconsciencia no es carácter exclusivo. Por tanto, no empleamos ya el término “inconsciente” en sentido sistemático y daremos a lo que hasta ahora designábamos así un nombre mejor y ya inequívoco. Apoyándonos en el léxico nietzscheano y siguiendo una sugerencia de Georg Groddeck, lo llamaremos en adelante “ello”. Este pronombre impersonal parece particularmente adecuado para expresar el carácter capital de tal provincia del alma, o sea, su calidad ajena al yo. El super-yo, el yo y el ello son tres reinos, regiones o provincias en que dividimos el aparato anímico de la persona y de cuyas relaciones recíprocas vamos a ocuparnos… [1]

 

            No esperen que del ello pueda comunicarles grandes cosas. Es la parte oscura e inaccesible de nuestra personalidad; lo poco que de él sabemos lo hemos averiguado mediante el estudio de la elaboración onírica y de la producción de los síntomas neuróticos, y en su mayor parte tiene carácter negativo, no pudiendo ser descrito sino como antitético del yo. Nos aproximamos al ellos por medio de analogías, designándolo como un caos o como una caldera, plena de hirvientes estímulos. Lo dibujaríamos abierto en el extremo orientado hacia lo somático, y acogiendo allí en sí las necesidades instintivas, que encuentran en él su expresión psíquica, pero no podemos decir en qué sustrato. Se carga de energía, emanada de los instintos; pero carece de organización, no genera una voluntad conjunta y sí sólo la aspiración a dar satisfacción a las necesidades instintivas conforme a las normas del principio del placer. Para los procesos desarrollados en el ello no son válidas las leyes lógicas del pensamiento, y menos que ninguna, el principio de la contradicción. Impulsos contradictorios coexisten en él, sin anularse mutuamente o restarse unos de otros; lo más que hacen es fundirse, bajo la coerción económica dominante, en productos transaccionales para la derivación de la energía. No hay en el ello nada equivalente a la negación, y comprobamos también en él con gran sorpresa la excepción de aquel principio filosófico según el cuál el espacio y el tiempo son formas necesarias de nuestros actos anímicos. En el ello no hay nada que corresponda a la representación del tiempo; no hay reconocimiento de un decurso temporal, hecho harto singular, que espera ser acogido en el pensamiento filosófico, ni modificación del proceso anímico por el decurso del tiempo Los impulsos optativos, que jamás han rebasado el ello, y las impresiones, que la represión ha sumido en el ello, son virtualmente inmortales y se comportan, al cabo de los decenios enteros, como si acabaran de nacer. Sólo llegan a ser reconocidos como pretéritos y despojados de su carga de energía los impulsos optativos cuando la labor psicoanalítica los hace conscientes, en lo cuál reposa principalmente el efecto terapéutico del tratamiento analítico.

 

            Tengo la impresión de no haber sacado aún todo el partido posible, para nuestra teoría, de este hecho, exento de duda, de la inalterabilidad de lo reprimido por el tiempo. Parecen abrírsenos aquí profundos atisbos. Desgraciadamente, tampoco he avanzado por este camino.

 

            Evidentemente, el ello no conoce juicio de valor alguno; no conoce el bien ni el mal ni moral ninguna. El factor económico o, si quieren, cuantitativo, íntimamente enlazado al principio del placer, rige todos los procesos. A nuestro juicio, todo lo que el ello contiene son cargas de instinto que demandan derivación. Incluso parece que la energía de estos impulsos instintivos se encuentra en estado distinto del que le es propio en los demás sectores anímicos, siendo fácilmente móvil y capaz de descarga; pues de otro modo no ocurrirían aquellos desplazamientos y aquellas condensaciones que son características del ello y que tan absolutamente prescinden de la calidad de aquello a lo que afectan y a lo que en el yo llamaríamos una idea. ¡Qué no daríamos por conseguir una comprensión más profunda de estas cosas!... [2]

 

 

Fragmento de la Lección XXXI, DISECCIÓN DE LA PERSONALIDAD PSÍQUICA.

De las NUEVAS LECCIONES INTRODUCTORIAS AL PSICOANÁLISIS [1932-1933].

En: Freud, S., OBRAS COMPLETAS, Tomo 18 [Ensayo CLXVIII].

Hyspamérica, Argentina, 1993. Trad. Luis López Ballesteros y de Torres.

[1] Págs. 3140-3141 y [2] Págs. 3142-3143.

 

* Este título no corresponde con el original [P.B.]

    

 

 

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