Φ   FILOSOFÍA NUEVA 

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LA ENFERMEDAD DE AMAR (1)

Dr. José Ingenieros

Roma, marzo de 1906.

 

 

Señor director de (el Periódico) LA NACIÓN:

 

En Nápoles, (2) la víspera de su enlace con una hermosa doncella, un joven señor, el príncipe Pignatelli, se suicidió descerrajándose un tiro sobre el corazón. En su lecho se encontró abierto un volumen de poesías de Leopardi, en la página que contiene los versos «A sí mismo». En la habitación, libros de Nietzsche y de Schopenhauer. El suicidio se atribuye a una intensa neurastenia y a la influencia de las lecturas de esos libros. Es la última página de una historia breve; pero es también el último episodio clínico de una enfermedad (3). Pignatelli era un joven afortunado en el amor (4); la vida se entreabría ante él como una invitación auroral. Había amado muchas veces, aunque siempre a medias; cien primaveras de ensueño fugaz habían florecido en su corazón (5), que era un vergel de frivolidades. Después le llegó su hora (6), como a todos. Ella le sonrió una vez; fue en la hora indecisa del véspero, frente al golfo que el Vesubio decora, entre Sorrento y Cumas (7), bajo un cielo de sol y de fantasía. En Italia, país de las pasiones más vehementes, el amor está en todas las cosas: en las playas tranquilas, en las nubes gárrulas, en las flores olientes como incensarios, en los borujos de las olas coquetas, en la tierra, en el mar. ¿Podía no estar en su corazón? El vio en la sonrisa un amanecer y en la primera palabra oyó una melopeya; desde ese minuto la amó locamente, como todo el que sabe amar. El amor es una enfermedad así: atracción de precipicio, violencia de alud, fragor de catarata. La primera sonrisa fue el prefacio de otras mil; hubo caricias como aleteos de mariposa que hacen estremecer una corola, frases musicales como versos dannunzianos (8), suspiros suavísimos como favonios, promesas, ensueños, melancolías, toda la gama de alternativas que conoce quien ha amado alguna vez. Al aproximarse de la hora nupcial la felicidad estremecía sus corazones. Llegó la víspera, jovial como un mayo de Andalucía. ¿Qué pensamientos cruzaron su alma durante la noche trágica? En vez de la ventura amaneció la catástrofe horrible; inesperadamente el príncipe Pignatelli se suicidó (9) con gesto propio de drama clásico, dejando como testamento la estrofa del poeta pesimista: «Nada hay que valga los latidos del corazón; la tierra no es digna de nuestros suspiros; la vida es tedio y amargor; el mundo es lodo». La gacetilla hilvanará su comentario sobre la influencia que el poeta y los filósofos pudieron tener en el suicidio de este joven príncipe (10); los mentalistas dirán sus diagnósticos [222] descarnados sobre el desequilibrio de los que huyen de la vida. Conviene, empero, ser discretos; cualquiera conoce más de cincuenta hombres y dos mujeres que han leído a Leopardi, Nietzsche y Schopenhauer, sin haber pensado jamás en el suicidio. El príncipe Pignatelli ha muerto de un mal profundamente humano: tenía miedo de amar y falleció en una crisis de la enfermedad vulgarmente llamada amor.

 

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Amor y timidez son estados de espíritu absolutamente inseparables. Amar es temer. El amante (11) teme a su amada como el albino teme la luz; (12) el amor ciega como el albinismo. La teme por sí y por ella. Teme ser inferior al concepto en que desearía ser tenido, no responder al juicio en que se le tiene (13), romper el propio ensueño con una palabra importuna, con un atrevimiento imprevisor, con un gesto brusco. La pasión unánime es niebla que empaña, tul que mitiga, resplandor que deslumbra; idealiza las cosas borrando sus contornos, las esfuma en penumbras de imaginación, las fragiliza en demasía. En el espíritu ebrio de emociones la persona amada parece el polen de una flor endeble que toda leve aura puede volcar para siempre; caja musical complicadísima cuyo engranaje trabaría un invisible átomo de polvo; telaraña sentimental que se quiebra al calor de toda llama; seda suave de Esmirna que una gota de rocío mancha por toda la eternidad.

 

Amar es sufrir agradablemente, es gozar de una ansiedad perenne, de un sobresalto ininterrumpido. Es mirar al objeto amado y suponer que las miradas pueden ajarlo; tocar su mano temblorosamente, con la inquietud de que sus dedos puedan resquebrajarse entre los propios; oírla hablar con el temor de que el esfuerzo (14) de las palabras enmudezca sus labios. El que ama llora a solas sin saber por qué, es un esclavo del propio miedo. Hombres audaces con otras cien mujeres, se espantan cierto día frente a una. El fenómeno parece extraño. ¿Cómo? ¿El más osado, el más impertinente, el más afortunado, tiembla ante esa mujer? Es paradojal, pero lógico. El hombre que sabe engañar a mil casquivanas sin amarlas, es incapaz de conquistar a la única que ama. Cuando se atreve –si alguna vez lo ensaya– se limita a ofrecer su esclavitud incondicional. Es la historia eterna: Don Juan se arroja humildemente a las plantas de doña Inés anhelando la esclavitud de su amor. Huelga decir que cualquiera Manón hace lo mismo con su caballero Des Grieux. En todo conquistador y en toda coqueta hay un germen de Don Juan o de Manón.

 

 

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Dante y Petrarca (15) sabían que el hombre enamorado no es un ser normal. Stendhal lo repitió. Ahora lo enseñan los médicos del espíritu, desde Mauricio de Fleury hasta Gastón Danville. [223] El cerebro sano repudia las ilusiones; un cerebro enamorado sólo piensa a través de ellas. Toda ilusión es un proceso anormal, el (16) producto de una perturbación que impide asociar debidamente las sensaciones o las ideas. Ver lo blanco negro y lo negro blanco es propio de quien ama. El espectro de la ilusión posee una gama compleja. Todo amor poetiza su objeto: poetizar significa revestir de gratas mentiras. Cualquier niña cree que su novio tiene talento, buen porte, fortuna, virtudes a granel y porvenir risueño, magüer sea zote, cojo, pobre, vicioso y vagabundo. Y todo galán afirmará que su prometida posee el don divino de la gracia, ojos de ebonita o de zafiro, perfil helénico y labios elocuentes, aunque sea insípida, posea ojos desteñidos, nariz sionista y labios pálidos por la anemia. No es menester mucha psicología para adivinar que esos juicios son anormales y provienen de una lógica enfermiza; la facultad de juzgar está reducida a cero o poco menos. Por ende no se exagera afirmando que los enamorados son enfermos del espíritu, mientras dura su amor.

 

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Otras perturbaciones más graves se observan en ellos, aproximando el amor a la locura: la obsesión y la idea fija, cuyas definiciones incompletas pueden leerse en los tratados de patología mental. El enamorado tiene la idea fija de su amor. Las sensaciones recibidas por su cerebro se asocian con otras que se refieren a la persona amada. Si ve un hermoso jardín, sueña un idilio pastoral; si oye un rumor de alas entre las ramas, supone que los pájaros se aman y desearía aletear como ellos; si un manjar sabe a miel, cree tener entre los propios los otros labios y morderlos como ciruelas maduras; si toca un terciopelo, recuerda la mano cuyo contacto frisa sus nervios como inefable calofrío; todo perfume despierta una comparación con el que de ella emana. Si ve el mar de índigo o de ultramarino, reconstruye un paseo romántico en barquilla, como en un verso de Musset; si un retazo de cielo, cree descubrir el parpadeo de sus ojos en la titilación de las más luminosas estrellas, como en una canción de Petrarca; si un bosque silencioso, supone que en traje agrestre de ninfa va a salir de entre las frondas, como en una evocación de Pierre Louys. Todo breve ruido semeja un beso, toda apertura un abrazo, todo contacto una caricia. El cerebro del amante es un piano en el cual todas las teclas golpean sobre una sola nota. Sus palabras rematan siempre en el mismo tema, su conversación es una interminable estrofa de versos monorrimos. Como a Dafne en la leyenda griega, Pan le ha enseñado a frasear sus soplos en una siringa de pasión, cuyas cañas suenan perpetuamente la historia de Psiquis y de Amor. Junto con la idea fija se organiza la obsesión, ineludible y todopoderosa. El estudiante interrumpe sus estudios; la imagen de la amada le aparece en cada página de libro como una ilustración al agua fuerte; en cada línea lee el nombre del ser amado. En vano vuelve las páginas y salta las líneas; todas tienen la misma ilustración y dicen el mismo nombre. ¿Cambiar el libro? ¿Para qué? [224] ¿Escribir? Inútil pensarlo. Tomar la pluma equivale a escribir una carta de amor, salpicada por lágrimas y entrecortada por suspiros. Una carta que generalmente no se manda, es cierto; pero una carta al fin, es decir, algo que traduce la fuerza irresistible, la idea obsesiva. ¿Trabajar? Un enamorado sólo conserva aptitudes para amar. Si es abogado enredará sus pleitos, si médico olvidará la hora de sus consultas, si barbero degollará a sus clientes, si tabernero servirá petróleo por manzanilla, si prestamista (¡ni ellos se libran de esta enfermedad!) olvidará cobrar su tanto por ciento. Hay excepciones. Así como ciertas enfermedades suelen beneficiar a los pacientes –la tuberculosis embellece a Margarita Gauthier, la histeria ilumina a Santa Teresa, la locura inspira a Hamlet– el amor favorece a algunos enamorados. Este privilegio corresponde a los artistas; y es justo, por ser ellos los más sensibles a la plenitud de las pasiones. Nadie podría convencernos de que Wagner no amaba al escribir «Tristán e Isolda», Petrarca al rimar los sonetos a Laura, Cánova al esculpir su Dafne y Cloe, Leonardo al pintar la sonrisa sin par de la Gioconda. La llama que consumió sus corazones nos ha dejado prodigiosas cenizas. En los demás el amor es una divina catástrofe. Los hombres puntuales yerran sus citas y los inteligentes proceden como aturdidos; las niñas coquetas parecen tontas y las risueñas tórnanse mustias. Por una sola y eterna causa: la idea fija, la obsesión.

 

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La clínica enseña que no hay enfermedades sino enfermos. En el mismo sentido puede afirmarse que no hay una enfermedad de amor (17) sino enfermos de amor. Cada sujeto se enamora de distinto modo, según sus idiosincrasias personales. La timidez, las ilusiones, la obsesión, difieren en cada caso. Así como la pulmonía reviste caracteres distintos en un viejo y en un niño, en un atleta monstruoso y en una histérica sentimental, el amor presenta aspectos diversos en cada enamorado. En ello intervienen cien factores: la edad, el sexo, la profesión, la raza, la intelectualidad, la posición social, el clima, el temperamento, la oportunidad: ninguna circunstancia carece de significación en el amor. Además, en un mismo individuo, la enfermedad suele presentar muchas formas; los antecedentes «clínicos» de cada amante varían al aparecer una nueva crisis. Un éxito precedente no puede influir lo mismo que un fracaso; las condiciones personales (18) de la persona amada tienen que modificar los caracteres de la pasión que ella inspira. Por eso las variedades son infinitas. El uno ama sabiendo que es correspondido con vehemencia superior a todos los obstáculos; el otro se apaga lánguidamente y se suicida ante el amor imposible; éste mata en su crisis de celos; aquél paga con su vida el precio de un amor absoluto, o ve triunfante un rival, o siente serpentear en su alma la pasión culpable: son los héroes de Shakespeare y de Goethe, de Zola y de Wagner, de Barrés y de D’Annunzio. Iguales todos por la intensidad de su fiebre devastadora, todos distintos por el color de su llama. Un mismo fuego devora heterogéneos combustibles, como un [225] único rayo (19) de sol se descompone en la infinita policromía del iris. El médico de almas observa serenamente la gama compleja de estos casos, con simpatía y con piedad, mientras el amor acrisola sus pasiones y alienta sus más secretas esperanzas; parecen los tristes penitentes de un purgatorio dantesco. Y en su lenguaje lapidario los clasifica y rotula: para él sólo son diversas formas clínicas de una misma enfermedad.

 

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El mal cura a menudo; rara vez se vuelve incurable. Hay amores agudos y amores crónicos, lo mismo que nefritis o delirios. Cura por tedio o por hartazgo, gradualmente, «por lisis»; o bien cura por celos o por dignidad, repentinamente, «por crisis». El matrimonio suele ser (20) su antídoto más eficaz; si los químicos pudieran analizarlo encontrarían en él todos los elementos constitutivos del tedio y del hartazgo. Armando Charpentier, en un libro lleno de observaciones perspicaces, demostró que el amor sólo llega a sobrevivir un par de años en el matrimonio; (21) se refería, naturalmente, a los casos más favorables. Este juicio no implica una opinión contraria al matrimonio; ¿medio siglo de amistad completa no vale más que una pasajera fulguración de amor? Por desgracia, la amistad completa no sobreviene con tanta prisa como huye el amor (22). Entonces la enfermedad cura desagradablemente y deja una cicatriz afrentosa como un estigma, la desarmonía conyugal, la felicidad irremediable (23). Es decir, ordinariamente irremediable; pues tales cicatrices pueden extirparse mediante la cirugía del amor, que es la culpa, el engaño recíproco. Pero entonces aparece un peligro de otra clase, la recidiva: pocos infelices escapan a ella. Sólo es difícil la primera culpa.

 

Otros enfermos curan por crisis; son infinitos. Pueblan el drama y la tragedia, siempre iguales y siempre diferentes. Esta enfermedad se hace crónica pocas veces, lo mismo que los demás padecimientos humanos. Cualquier hombre sufre en su vida cien dolencias corporales y diez afecciones peligrosas para su vida (24); sólo una o dos se vuelven crónicas y le acompañan hasta la muerte. Con el amor esa regla se repite; cien accesos pasan como nubes en un cielo estival, uno o dos se arraigan en el espíritu y lo embargan por toda la existencia. En un año hay cien días de viento y sólo uno de ciclón.

 

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El trágico fin del príncipe Pignatelli podría interpretarse (25) como un caso de suicidio por enfermedad incurable. Muchos tísicos y cardíacos se suicidan para escapar a la torturante pesadilla de sus males crónicos; ¿por qué nos extrañará (26) que se suiciden algunos enamorados que los sufren peores? El desgraciado joven partenopeo comprendió la gravedad de su inconmensurable [226] amor; acaso no tuvo fuerzas para seguir amando a su prometida, vaciló frente al peligro, temió amar por mucho tiempo todavía, en ese continuo padecer del que vive atormentado por una idea obsesiva. Y resolvió ceder él (27), ya que no cedía la enfermedad. Pocas horas antes de casarse puso punto final a la angustia buscando en el pesimismo filosófico una justificación para su alma enferma. Su caso es más sencillo que cualquier filosofía; es un ejemplo de amor verdadero, «como debiera ser» si los hombres supieran mirarse por dentro. Si no se suicidan miles de enamorados, es porque los enfermos del espíritu no saben darse cuenta de (28) la gravedad de su propio mal; los alienistas saben que en muchos casos la locura es un infortunio que se ignora… Y porque los casos de amor crónico son bastante raros.-

 

Dr. JOSÉ INGENIEROS

En (diario) LA NACIÓN, Sábado, 31 de marzo de 1.906,

Página 5, columnas 1,2 y 3.-

 


 

Notas

 

1 En AMC, el texto aparece con el mismo título, sin el destinatario ni la firma y fechado en Nápoles, 1906.

2 En AMC se excluye la aclaración del lugar.

3 En AMC, esta última oración se modifica: Esta noticia de policía, aparecida en los diarios entre el hurto de un portamonedas y un accidente de automóvil, es la última página de una historia breve; pero es también el último episodio clínico de una enfermedad.

4 En AMC: El joven príncipe era un elegido del amor

5 En AMC: cien arreboles de ensueño fugaz habíanse sucedido en su corazón

6 En AMC: su turno

7 Se suprimen estas cuatro palabras en AMC.

8 En AMC: como versos de Samain

9 En AMC: el príncipe se suicidó

10 En AMC: en este suicidio

11 En AMC: El amador

12 En AMC: teme a la luz

13 En AMC: en que se le estima

14 En AMC: oírlo hablar temiendo que el esfuerzo

15 En AMC: Ovidio y Petrarca

16 Artículo suprimido en AMC.

17 En AMC: enfermedad de amar

18 En AMC: las condiciones morales

19 En AMC: como un rayo único

20 En AMC: puede ser

21 En AMC: en el consorcio

22 En AMC: como el amor huye.

23 En AMC: la infelicidad irremediable

24 En AMC se suprimen estas tres palabras

25 En AMC: El trágico fin del amoroso príncipe puede interpretarse

26 En AMC: ¿cómo nos extrañará

27 En AMC está elidida esta conjunción y la frase continúa a la anterior, que finaliza con dos puntos.

28 En AMC: no saben comprender.-

 

 

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