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Φ FILOSOFÍA NUEVA ________________________________________________________________________
LA PREGUNTA POR LA INMORTALIDAD DEL ALMA Por Blaise Pascal
La inmortalidad del alma es algo que nos importa tanto, que nos atañe tan profundamente, que hay que haber perdido todo juicio para vivir en la indiferencia respecto a saber de qué se trata. Todos nuestros actos y nuestros pensamientos deben seguir caminos tan distintos según haya unos bienes eternos que esperar o no, que es imposible hacer algo con discernimiento y buen juicio sin tomar como punto de referencia esta cuestión, que debe ser nuestro último objeto.
Así, nuestro máximo interés y nuestro primer deber consiste en aclarar este asunto del que depende toda nuestra conducta. Por este motivo, entre lo que no creen, distingo de manera importantísima entre los que dedican todos sus esfuerzos a instruirse y los que viven sin tomarse ninguna molestia y sin pensar en ello.
Sólo puedo sentir compasión por los que gimen sinceramente en esta duda, considerándola como la mayor de las desdichas, y que, no ahorrando esfuerzos para salir de ella, convierten esta búsqueda en el centro de sus afanes mayores y de más gravedad.
Pero para aquellos que pasan la vida sin pensar en estas postrimerías de la vida, y que por la única razón de no encontrar dentro de sí mismos las luces que les convenzan descuidan buscarlas fuera de sí, examinando a fondo si esta opinión es de las que el pueblo recibe por una simplicidad crédula, o de las que, aunque oscuras en sí mismas, tienen sin embargo un fundamento muy sólido e inconmovible, los considero de un modo completamente distinto.
Tal negligencia es un asunto que les afecta a sí mismos, a su eternidad, a su todo, me irrita más que me conmueve; me asombra más que me espanta: para mí es algo monstruoso. Y no digo eso movido por el celo piadoso de una devoción espiritual. Por el contrario, creo que hay que entenderlo así por un principio de interés humano y no por un interés de amor propio: para ello basta con ver lo que ven las personas menos ilustradas.
No se necesita un alma muy elevada para comprender que en este mundo no hay ninguna satisfacción verdadera y sólida, que todos nuestros placeres nos son más que vanidad, que nuestros males son infinitos y que, por fin, la muerte que nos amenaza sin cesar, en pocos años, debe infaliblemente ponernos en la horrible necesidad de ser eternamente aniquilados o desdichados.
Nada más real que eso, ni nada más terrible. Por mucho que nos las demos de valientes, éste es el fin que espera a la más brillante de las vidas. Que se reflexiones sobre eso y que luego se diga si no es indudable que el único bien que hay en esta vida es la esperanza en otra vida, que sólo somos felices en la medida en que nos acercamos a ella, y que, del mismo modo que no habrá desdichas para los que tengan una plena certeza en la eternidad, no existe la felicidad para quienes no aciertan a esperarla.
Debemos, pues, decir que es una gran desgracia vivir en esta duda; pero como mínimo es un deber inexcusable buscar cuando se está en la duda; y por ello aquel que duda y no hace nada por encontrar la certeza, es a un tiempo muy desdichado y muy injusto; y si además se muestra tranquilo y satisfecho, y lo proclama y finalmente se vanagloria de ello, haciendo de esta situación motivo de satisfacción y de vanidad, no tengo palabras para calificar a un ser tan extravagante.
¿En qué se fundan tales actitudes? ¿Qué motivo de alegría encuentra en no esperar más que calamidades sin remedio? ¿Cómo puede jactarse de verse en medio de impenetrables oscuridades, y cómo es posible que un razonamiento así se dé en un hombre razonable?
–“No sé quién me ha puesto en el mundo, ni lo que es el mundo, ni lo que soy yo mismo; permanezco en una absoluta ignorancia acerca de todas estas cosas; no sé lo que es mi cuerpo, ni mis sentidos, ni mi alma, ni siquiera esta parte de mí mismo que piensa lo que estoy diciendo, que reflexiona sobre todo y sobre sí misma, y que se conoce tan poco como todo lo demás. Veo estos espantables espacios del universo que me contienen, y me encuentro atado a un rincón de esta extensión tan vasta sin saber por qué estoy aquí y no en otro lugar, ni por qué ese corto lapso de tiempo que me dan para vivir me ha sido asignado a mí en vez de asignarse a otro por toda la eternidad que me ha precedido y por toda la que me sigue. No veo más que infinitos por todas partes que me envuelven como un átomo y como una sombra que no dura más que un instante sin retorno. Todo lo que sé es que no tardaré mucho en morir, pero lo que más ignoro es esta misma muerte que no podré evitar.
Del mismo modo que no sé de dónde vengo, tampoco sé a dónde voy; y sé solamente que al salir de este mundo he de caer otra vez para siempre o en la nada o en las manos de un Dios irritado, sin que sepa cuál de éstas dos situaciones ha de corresponderme eternamente. Tal es mi estado, lleno de debilidad y de incertidumbre. Y de todo eso saco la conclusión de que mejor es pasar todos los días de mi vida sin pensar en averiguar lo que debe ocurrirme. Tal vez pudiera encontrar alguna luz que disipase mis dudas; pero no quiero tomarme la molestia de buscarla, ni de dar un paso para averiguar, y luego, tratando con desdén a los que ocupan de esta cuestión” –sea cual fuere la certeza que consigan, será motivo de desesperación más que de vanidad–, “me dirijo con ignorancia y sin temor, hacia el misterio de algo tan grande, dejándome blandamente conducir a la muerte, en la incertidumbre de la eternidad de mi condición futura”.
¿Quién desearía tener por amigo a un hombre que discurriese de ese modo? ¿Quién le elegiría entre todos los demás para hacerle partícipe de sus asuntos? ¿Quién recurriría a él en sus aflicciones? Y finalmente, ¿a qué función de la vida se le podría destinar?
Ciertamente, no deja se ser glorioso para la religión tener por enemigos hombres tan poco razonables […]
PENSAMIENTOS, 335
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