Φ   FILOSOFÍA NUEVA 

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METAFÍSICA

Por el Prof. Dr. Alejandro Korn (Argentina, 1935)

 

 

            La METAFÍSICA supone un conocimiento inteligible sin contenido empírico. El mito metafísico se distingue del religioso por el predominio de los elementos racionales. Es el fruto de una actitud intelectual, conciente y reflexiva. No la inspira el pavor sino la curiosidad ante el enigma de la existencia. Supone ya un estado avanzado de la cultura, pues sólo aparece cuando mengua la fe en el mito religioso, cuando las consejeras arcaicas ya no seducen y se han acumulado lentamente un caudal de conocimientos empíricos. Entonces el examen crítico reemplaza las creaciones poéticas de la imaginación por creaciones lógicas. Tienen la angustia religiosa y la metafísica una raigambre común que es el problema de la vinculación de lo efímero con lo eterno. Pero en la esfera religiosa predomina la actitud sentimental y en la metafísica el problema intelectual.

 

            Asimismo no se exagere la distancia entre el mito religioso y el metafísico. “El océano es el padre de las cosas”, decía el miro ancestral de los helenos. “El agua es el único y universal principio de todas las cosas”, dijo el primer filósofo.

 

            De hecho, en la mayor parte de los casos, la metafísica queda ligada a las concepciones religiosas imperantes. Se limita a ser la criada, más o menos devota, de alguna fe. Así ocurre en los pueblos de Oriente, donde la filosofía nunca se ha divorciado de la religión; análogo fue el caso de la Escolástica en la Edad Media. Solamente los griegos emanciparon la filosofía del prejuicio religioso. El Occidente europeo, después del Renacimieno recobró una libertad intelectual semejante, por lo menos en teoría. La filosofía moderna, de Descartes y Bacon en adelante, es una obra laica, por hombres independientes de la iglesia. Sin embargo, aun en estos casos, la metafísica no alcanza a ser una elaboración exclusiva de la razón. Porque si bien el hombre es un ser racional y algunas veces hasta razonable, el predominio del intelecto no puede llegar hasta anular los demás integrantes de la vida psíquica: la emotividad, la voluntad, los preconceptos heredados y las sugestiones del medio. En la obra más lógica se filtran elementos alógicos, concientes o inconscientes. Con frecuencia el mismo mito metafísico vuelve a refugiarse en el regazo de la fe, aunque no sea precisamente la del cura de la parroquia.

 

            Supongamos, empero, una construcción metafísica genuinamente lógica. Dos mil quinientos años –desde los jónicos hasta los contemporáneos– nos enseñaron cuán opuestos y contradictorios resultados se cosechan por esta vía. Todo depende de la premisa que se elija o de la finalidad que se persigue. En vez de una, disponemos de un surtido de metafísica. La función lógica demuestra, con igual eficacia, el pro y el contra. Dos alegatos opuestos pueden ser ambos de una lógica rigurosa. También pueden ser falsos uno y otro; el mismo delirio de los insanos no carece de lógica.

 

            El raciocinio, en efecto, es un instrumento admirable cuando parte de un hecho empírico y cuando sus conclusiones pueden ser objeto de una comprobación empírica. Si estas condiciones faltan, la lógica, aun la lógica matemática, no puede suprimirlas con las construcciones abstractas. Éste es el caso de la metafísica. En el dominio de la realidad temporo-espacial la razón aplicada a la experiencia manifiesta su capacidad. Pero cuando no se apoya en este sólido fundamento por fuerza [re]ocurre a la hipóstasis. Así logra crear ‘ente de razón’, mitos exangües que fluctúan entre lo trivial y lo genial. Sólo la fe en la racionalidad del universo les presta algunas veces la apariencia de la vida o la emoción estética les atribuye la verdad relativa de una metáfora o de una alegoría. Si por semejantes caminos se pretende hallar la razón suficiente de la realidad, surge un cúmulo de contradicciones, dualismos y antinomias inconciliables. Luego el gran problema –el problema ontológico– se le escamotea o se disuelve en una serie de problemas menudos. En esta tarea corre riesgo hasta la probidad intelectual. El ser es inasible; las categorías racionales no se le aplican. La razón, llamada a organizar la experiencia, no la puede sobrepasar. No le es dado ni siquiera racionalizar las creaciones de la fantasía o de la visión mística. Por otra parte, ¿cabe concebir algo más triste que un dios cuya existencia es menester probar? Un silogismo lo mataría.

 

            El largo reinado del racionalismo metafísico termina ante la crítica demoledora de Kant. No escasean luego renovadas tentativas, pero el racinalismo postkantiano –en cuanto merece tomarse en cuenta– emplea medios extraños ala lógica formal. Tal método es el dialéctico. Si al universo se lo concibe no como una creación acabada, sino como una actividad en perpetua autoevolución, el problema esencial ya no es el ser, es el devenir. Si se identifica lo real y lo ideal, la ley lógica del pensar es también la ley del proceso cósmico. Si todos los conceptos opuestos se fusionan en el dinamismo de una unidad suprema, se obtiene la concordancia final y lo absoluto y lo concreto coinciden. Ésa fue la concepción genial de Hegel, la aventura metafísica más audaz de todos los tiempos. La única que merece aun discutirse. Hegel creyó poder sumergir todos los aspectos aislados de la totalidad, cuanto nace y perece, en el torbellino incesante del devenir eterno. Pero la interpretación dialéctica del universo, con desdén fingido de la información empírica, deja intacta la irracionalidad del mito, sale malparada en su aplicación al mundo físico y apenas deja como residuo un esquema del proceso histórico. Los múltiples ensayos neohegelianos de la filosofía contemporánea, por cierto, no mejoran la obra del maestro.

 

            Los metafísicos de nuestros días –pobres epígonos– se empeñan en remediar la impotencia del conocimiento lógico con un recurso ni nuevo ni original. Han dado en la triquiñuela de apelar a una supuesta intuición meta-empírica que les permite captar esencias absolutas. Después de apartar todo dato empírico, en el residuo pretenden hallar el quid de las cosas, pero la ‘quididad’ que intuyen no pasa de ser un fantasma irreal. Las esencias, sin excepción, en todos los casos, resultan ser un concepto que llaman puro, pero que es vacío. La caída del positivismo ha estimulado estos escarceos. En este período neo romántico que vivimos hay gran demanda de metafísica; pero puesto que el artículo genuino escasea, se le suple con algún producto de segundo orden. ¡Ya se habla de metafísica sin ontología!

 

            En todo tiempo la sonrisa de los escépticos ha insinuado la esterilidad de las empresas metafísicas. En la segunda mitad del siglo XIX la metafísica había caído en el mayor desprestigio. La filosofía positivista la repudiaba como algo indigno de una preocupación seria. Desde los comienzos del siglo [XX] actual, sin embargo, prevalece un retorno a la especulación abstracta. ¿Por qué el escepticismo nunca ha pasado de ser una actitud individual o cuando más un episodio pasajero? La metafísica siempre retorna. Este hecho no se ha de disimular ni se ha de empequeñecer.

 

            Hay que insistir, el carácter problemático de la realidad temporo-espacial reclama su complemento. Quien quiere unificar en una cosmovisión amplia las contingencias de la vida y del mundo, por fuerza ha de remitirse a un principio absoluto, ha de construir el mito adecuado. Hará metafísica aunque lo niegue, aunque no lo quiera, a manudo sin darse cuenta. Este percance le ocurrió con frecuencia al finado positivismo.

 

            La primera reflexión consciente del hombre, sin duda ha sido una reflexión metafísica, un intento se superar la experiencia; la humanidad padece de hambre metafísica. Por desgracia, no basta tener hambre para tener pan. La necesidad psicológica de la metafísica no abona la posibilidad de realizarla. Se impone una conclusión paradojal: la metafísica es necesaria, la metafísica es imposible. Es una aspiración jamás satisfecha; a falta de un conocimiento cierto es forzoso contentarse con la ficción del mito. Ingenuamente o a sabiendas. Pero así como la emoción religiosa puede librarse de sus aditamentos postizos, el mito metafísico puede despojarse de la maraña dialéctica.

 

            Si en primer lugar la necesidad metafísica reposa en motivos psíquicos, sus formas concretas las engendra el proceso histórico. La psicología y la historia aclaran y justifican el surgimiento de las distintas posiciones filosóficas y la orientación de los grande sistemas. Hombres representativos a distancias seculares han dado al problema mayor una solución ocasional de acuerdo con las exigencias de un momento. No son muchos; no alcanzan a treinta en treinta siglos. Por geniales que hayan sido, no procedieron de una manera arbitraria ni han realizado una obra individual. Todos sobrellevan sus ataduras. La estructura mental de la especie, la índole específica de las tendencias étnicas, la gravitación de la fe religiosa, la obra de los antecesores, el nivel de la cultura adquirida, el influjo del medio colectivo y de la situación histórica, son factores que, aun cuando dejan margen a los fueros de la personalidad, la cohíben, la constriñen y la encuadran. En el siglo pasado [XIX], tanto en su mitad romántica como en la positivista, la metafísica concuerda con las corrientes religiosas, literarias y artísticas y acompaña la evolución económica, técnica y política. En el momento actual, la reacción religiosa y metafísica coincide con otras tendencias regresivas. Razones didácticas obligan a hacer una historia especial de la filosofía; en realidad ésta es sólo un aspecto abstraído de la historia general, como la metafísica es un aspecto del movimiento de las ideas. No debe verse en los sistemas metafísicos sino creaciones históricas. Nacen en un génesis humilde, crecen hasta llegar a su apogeo, ejercen una influencia más o menos intensa, representan un eslabón en el encadenamiento de los tiempos y no terminan sin incorporar alguna enseñanza a las creaciones ulteriores.

 

            Los sistemas se equivalen entre sí; no es uno más cierto que otro; todos son mitos. Se distinguen por el talento de sus autores, por su trabazón lógica, por su valor estético y por su contenido ideológico. La preferencia que acordamos a uno u otro, es una actitud personal, o una imposición del ambiente. En este sentido, Dilthey, sin atribuir preeminencia a ninguno, ha intentado reducir todos los sistemas a tres tipos fundamentales e irreductibles: El realismo, el idealismo absoluto y el idealismo subjetivo. Quizás sea imprescindible admitir subtipos. En todo caso las posiciones metafísicas viables no son muchas. Se excluyen mutuamente pero no se refuta entre sí. Si acaso prevalece en el consenso común alguna orientación es por motivos extrínsecos.

 

            Los múltiples ensayos coetáneos son divagaciones en torno de las posiciones fundamentales, en el fondo renovaciones verbales de temas viejos. El asunto se halla agotado. De ahí la falta de rigor y de originalidad de la metafísica actual; tenemos neoescolásticos, neorrealistas, neoidealistas, neorrománticos, neohegelianos; pronto tendremos neopositivistas. Nada nuevo. La producción libresca de los profesores de filosofía es la menos apropiada para dar un sentido metafísico a la filosofía del siglo XX. En el proceso histórico, real y humano, como lo enseña Dilthey, se halla el secreto de esta labor consagrada de continuo a tejer y destejer la trama de sus ensueños.

 

            Pero esta posición niega la metafísica como conocimiento de lo absoluto. ¿Renunciaremos, desde luego, al mito? No. No hemos de despoblar el Olimpo, ni hemos de lapidar a la imaginación como a una pecadora. El estudio de las doctrinas metafísicas no suministra ningún conocimiento real. Pero si es fácil negar el conocimiento metafísico, no cabe negar el problema metafísico. Cuando no nos embaucamos, cuando no nos abandona la guía de la autocrítica, su estudio nos revela los aspectos antagónicos de la realidad, aclara la situación y el destino del hombre en el devenir universal, nos da la conciencia de nuestro poder y de nuestra impotencia, nos provee de conceptos amplios para coordinar el cúmulo de los hechos singulares, reemplaza la ignorancia simple por la ignorancia consciente y quizás, para satisfacción personal, nos sugiere una cosmovisión propia. Al buscar lo absoluto habremos hallado nuestro Yo.

 

            Descartada la posibilidad de un saber absoluto, nos reconcentramos sobre nosotros mismos y sobre nuestro mundo propio y nos atenemos a la posibilidad de un conocimiento relativo de la realidad temporo-espacial. Esta tarea incumbe a la ciencia.

 

 

ALEJANDRO KORN, SISTEMA FILOSÓFICO.

Nova, Bs. As., 1959. Cap. XIII, pág. 48-53.

 

 

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