Φ   FILOSOFÍA NUEVA 

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BOSQUEJO DE UNA SEMBLANZA DE JESÚS DE NAZARETH

Por el Prof. Pablo H. Bonafina

 

 

           Tratar de bosquejar una semblanza histórica de Jesús de Nazareth a partir de los escritos bíblicos y extrabíblicos de los que disponemos es una cuestión muy compleja, y prácticamente imposible. En efecto, la imposibilidad de dar una imagen de Jesús completa y genuina desde el punto de vista histórico fue la gran motivación para la creación de las grandes ficciones de todos los tiempos, tanto de parte de las instituciones religiosas como de los críticos de las mismas, como de los investigadores, librepensadores, ensayistas, novelistas... Cada uno inventa a su antojo.

 

Pero si bien es cierto que en la Biblia no hay elementos rigurosos para una biografía de Jesús de Nazareth es también cierto que de ellos se pueden inferir algunas constantes que permiten que podamos decir, al menos, algo acerca de su estilo o perfil existencial. Lo importante es no sucumbir a la tentación de pretender decir más de lo que es debido, más de lo que se puede interpretar del símbolo. Les entrego mi intento.

 

 

 

Jesús (nacido entre el año 6 y 4 a.C., y torturado y asesinado en el año 33 d.C.) fue un judío que vivió la mayor parte de su vida en Nazareth, una aldea de Galilea ubicada al norte de la ciudad de Jerusalén (es posible que la creencia acerca del lugar de su nacimiento se deba a que David, el “rey de los Judíos”, haya nacido, según la tradición judía, en Belén). Y allí vivió Jesús largos años con sus padres y de su oficio de téknon, una suerte de albañil-constructor; un artesano tanto de piedra como de madera. De condición humilde, este judío singular con oficio, decidió abandonar en su madurez su patria natal y dirigirse a la gran ciudad (de Judea, Jerusalén), a fin de anunciar allí la “palabra de Dios”, traducida en cercanía de Dios y presencia viva en medio de los hombres, especialmente de los de humilde corazón y condición. --Acaso motivado por Juan, el que bautizaba en las afueras de Jerusalén, la gran ciudad, y cuyo mensaje resonaba en toda la región, o provocado por la corrupción que existía en el Templo y en la religión israelita, y que él mismo, como judío, había constatado al visitar el Templo para las fiestas, o, tal vez, por pura iniciativa y convicción personal de que había llegado el momento de refundar la religión judía monoteísta, que, a esta altura, ya se había apartado demasiado de Dios y erigido en un conjunto de criterios “demasiado humanos” y prácticas absolutamente externas y estériles.

 

Lo que sabemos de Jesús lo sabemos, básicamente, por los textos evangélicos, y sabemos por ellos que la presencia de Jesús no le convenía ni a la religión oficial ni al Estado romano, que tenía su dominio en aquella provincia Palestina –tampoco su mensaje convencía a muchos paganos y hombres de la alta sociedad, que se sentían continuamente molestados, y amenazados, por sus enseñanzas. --Todo está en los evangelios, si se leen con atención se podrá vislumbrar al crítico mordaz.

 

Parece que bastante pronto se llegó a la conclusión de que Jesús no era un “maestro” conveniente, pues estorbaba hasta el extremo con su perspectiva y mensaje (revolucionario, por aquel entonces) de tolerancia, de paz y compromiso en el amor hasta las últimas consecuencias. Su palabra, acompañada de su coherencia existencial, según dicen, era irrefutable. Las arremetidas contra el hombre religioso mediocre y el sistema hipócrita de sus contemporáneos fue la causa principal del deseo de sepultarlo. Para colmo, algunas personas comenzaban a seguirlo: muchos ya hablaban de él (sea bien o mal), muchos querían verlo y escucharlo, y algunos quedaban fascinados por sus enseñanzas radicales, pero se contentaban sólo con escuchar. Cuentan que su atracción, así como su palabra, su manera de pensar, de mirar, de actuar y su inquebrantable personalidad eran de curiosa singularidad.

 

En cuanto a su mensaje, no sólo fue constructivo, sino también destructivo: criticó el culto externo, tal como se había vuelto el judío, y el negocio en que se había convertido la religión del Templo de Jerusalén, encabezada por la casta sacerdotal. Criticó la soberbia de los maestros, la superficialidad religiosa y la hipocresía de los creyentes y fieles en general. Se opuso al mal en todas sus formas: acogió a los enfermos y a los pecadores (rechazados en cierta forma por la religión oficial), propuso abandonar las malas costumbres, tanto profanas como las “piadosas”, el egoísmo personal, la avaricia y el acaparamiento de las riquezas, a fin de que a nadie le falte el pan. Notó la necesidad de la oración secreta y en soledad, y de no caer en el “alarde” de la una humana piedad. Propuso el respeto de la igualdad (ante Dios) y la libertad (interior) entre los hombres como reglas fundamentales para la vida en sociedad y las comunidades en particular. Propuso dejarse guiar por una fe en Dios que se hiciera efectiva por medio del amor (el cuál, según él, supera en mucho a la justicia) y que éste fuese el medio genuino para entrar en comunión con Dios y con todos los hombres, más que prójimos, “hermanos”. Y volvió a poner en el centro de la religión al Dios espiritual al que le complace un seguimiento radical de “su voluntad” (que consiste en “amar a Dios y al prójimo” y procurar siempre la paz) y una auténtica espiritualidad. Y, sabiéndose hijo de Dios, invitó a todos los hombres a llamar a Dios, al Señor Omnipotente y Creador, “padre”, y a mantener con Él una relación auténticamente personal, cercana, como no se habían atrevido hasta entonces los hombres.

 

En su época, para ser precisos, hubo muy poca aceptación y mucha resistencia. (Los Evangelios exageran porque quieren a las nuevas generaciones motivar, y ponen a multitudes siguiéndolo desde el comienzo). Pero su mensaje, por aquella época, era un aguijón bastante difícil de sacar, una piedra de tropiezo constante. Así, fue acusado de blasfemo, sacrílego, loco, mago, borracho, poseído, estafador, rebelde, exaltador… Y buscaron la forma de callarlo. Pero su “figura heroica”, tal como comenzaron a considerarla, poco a poco, fue creciendo (motivada por su resistencia intransigente al “sistema” y a la imposibilidad de sus opositores de contrariar su interpretación de la Palabra de Dios), y sus enseñanzas (que comenzaban a difundirse, al tiempo que malinterpretarse) comenzaron a propagarse, y los seguidores de su Mensaje comenzaron a multiplicarse, y nadie pudo detenerlos ya.        

Curiosamente, Jesús, fue solo un predicador, ni fue un sacerdote, ni un maestro al estilo rabínico. Proveniente de las afueras, y proveniente de familia humilde, y de oficio profano, se presentó un buen día este hombre con la intención de trastornar todas las cosas y proponer un “nuevo” camino para permanecer en comunión con Dios y con los hombres, a fin de llevar una vida digna de la condición de hijos de Dios que todos los hombres poseían y que había venido a proclamar.

 

Los “hombres religiosos” habían comenzado bien, pero con los años se habían desviado y  equivocado en el camino. Los hombres de religión estaban siguiendo voluntades humanas (expresadas en preceptos y minuciosas prescripciones rituales), movidos por diversas conveniencias, y se habían apartado del verdadero Dios.

 

En Israel se imponía la necesidad y se abrigaba la esperanza, en un pequeño resto del Pueblo, de un cambio inminente radical –se respiraba en el aire, la cercanía de alguien, con la autoridad que sólo puede venir del mismo Dios, que venga a poner las cosas en su lugar. Y algunos reconocieron en Jesús de Nazareth a aquel que vino a consumar ese propósito: a realizar la (ingrata) tarea y a pagar el precio impuesto al “hijo del Hombre”, a quien no se quería escuchar, por haber venido a destiempo, quizás, o tal vez por haber echado anclas en un mundo repleto de ciegos y sordos que veían y escuchaban tan sólo lo que les convenía.  

 

Y como todo “buen maestro” quiso un ejemplo dejar, ser un modelo para sus discípulos, por si a alguno se le ocurre su existencia imitar; su mensaje escuchar, interpretar y seguir, y la misma tarea tratar de realizar… trasvalorar

 

Jesús de Nazareth es un caso curioso y novedoso, sin precedentes, en la historia de la humanidad. Desde su venida a éste mundo sabemos que ser coherente y denunciar el error, la mentira y la falsedad y el juego del poder, o sea, tratar de vivir mostrando la “verdad”, acarrea un precio altísimo entre los hombres. No obstante, muchos, siguiendo sus pasos, estuvieron y están dispuestos a pagar el precio sin otra recompensa que sumarse a la lista de los “profetas de la verdad”.-  

 

Prof. Pablo H. Bonafina

Ciudad de Buenos Aires © 2007

 

 

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