Φ   FILOSOFÍA NUEVA 

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Fragmentos de las CARTAS A LUCILIO

Lucio Séneca

 

 “¿Qué necesidad existe de llamar a los males que pronto acudirán a hacernos sufrir, de tenerlos que soportar antes de hora y de echar a perder el tiempo presente por temor al futuro? Es, sin duda, cosa necia ser ya desgraciado porque tenemos que serlo en lo venidero. Yo, empero, te conduciré a la seguridad por otra vía. Si quieres librarte de toda inquietud, cualquier mal que puedas temer imagínalo, ciertamente, como venidero y, sea lo que fuere, pondéralo en tu consideración, compara con él tu temor, y bien pronto comprenderás que aquello que temes, o no es cosa grave, o no es cosa larga [...]

Ya que es verdaderamente vergonzoso aquello que tantas veces se nos ha reprochado: hacer filosofía de palabras, pero no de obra. ¡Cómo! ¿Hasta ahora no te has dado cuenta que te amenazan la muerte, el destierro, el dolor? Has nacido para estas cosas; es menester que tengamos como futuro todo lo que pueda ser [...]

Transporta tu caso particular al de todo el mundo: observa que tienes un cuerpo débil, al cuál puede provenir dolor, no sólo del poder, y de la injusticia de los más fuertes, pues aun los mismos placeres lo conducen al tormento; ya que las grandes comidas pueden aportarle la indigestión, la mucha bebida, somnolencia y temor de miembros, los placeres sensuales, lisiaduras de manos y de otros miembros. Si me torno pobre podré contar entre los más. Si voy al destierro, procuraré imaginar que he nacido en aquel país. Me atarán. ¿Y qué? ¿Es que por ventura ando desatado? He aquí que la Naturaleza nos ata a la pesadez del cuerpo. Moriré... Llegamos a la muerte, pero hace ya tiempo que venimos caminando hacia ella [...] La muerte no viene toda a la vez: la que se nos lleva es la última muerte.” (XXIV)      

“¿Qué haré? La muerte me sigue, la vida me huye. Enséñame algo contra estos males. Haz que yo no huya de la muerte y que la vida no se me escape. Procúrame exhortaciones contra los males inevitables; ensancha las angosturas de mi tiempo. Enséñame que el bien de la vida no radica en su extensión, sino en su uso, y que harto puede acontecer, y muchas veces acontece, que el que haya vivido mucho haya vivido poco. Dime cuando me acuesto: ‘Puede ser que no despiertes’. Adviérteme al despertar: ‘Puede ser que no duermas más’. Dime cuando salgo: ‘Tal vez no volverás’. Dime cuando regreso: ‘Tal vez no volverás a salir’. Andas errado si crees que sólo cuando navegamos estamos próximos a la muerte; en todas partes es muy escasa la distancia. No en todas partes se nos muestra la muerte igualmente vecina, pero en todas partes es igualmente vecina [...]” (XLIX)

 “[...] La muerte es el dejar de ser. Harto sé lo que ello es: después de mí será como antes de mí. Si algún tormento existe en el estado de muerte debería también existir en el antes de nacer, cuando es bien cierto que no experimentábamos ningún malestar. Di, ¿me tendrías por muy torpe si creyese que una lámpara es peor cuando está apagada que antes de haber sido prendida? También nos apagamos y nos encendemos: en lo que queda en medio padecemos alguna cosa, pero a uno y otro lado reina profunda imposibilidad. Pues nos equivocamos, o yo me engaño, querido Lucilio, cuando pensamos que la muerte sigue a la vida, cuando en realidad la precedió y la sigue. Todo el tiempo que hubo antes de nosotros fue como una muerte, pues, ¿qué tiene más no comenzar que acabar, siendo el no ser el mismo efecto de ambas cosas? [...]

             En la hora postrera no temblaré, estoy preparado para ella, nunca aguardo pasar un día entero. Tú, alaba e imita al hombre a quien no duele morir siéndole grata la vida.” (LIV)

            “No es grande mal aquel que es el mal postrero. La muerte se te avecina; deberíamos temerla si pudiese permanecer con nosotros, pero, por necesidad,  no llega, o pasa [...] Nadie puede gozar de una vida segura si se preocupa mucho de prolongarla [...] Hazte, pues, agradable la vida abandonando toda preocupación por causa de ella misma [...]

             Todo aquel que menosprecia su vida es señor de la tuya, ¿porqué razón te preocupa, pues, el poder que pueda tener aquel a quien temes si no existe nadie que no pueda realizar el daño por el cual le temes?” (IV)

             “[...] Somos tan insensatos que lo tomamos como un escollo, cuando en realidad es un puerto al cuál un día u otro tendremos que arrumbar, que nunca hemos de rechazar y al cuál, si alguien llega en los primeros años, no debe quejarse más que un pasajero de haber hecho una rápida travesía. Pues, según ya sabes, uno es conducido como en juego por las auras ligeras, hasta fatigarle con su calma indolente y enojosa; otro es arrebatado con gran presteza por un soplo persistente. Piensa que igual cosa nos acontece: la vida conduce a unos rapidísimamente al lugar donde han de atracar finalmente aunque se retracen; a otros los consume con demoras. Pero ya sabes que no debemos aferrarnos a la vida, pues la buena cosa no es vivir, sino vivir bien.” (LXX)  

 “[...] Si tengo poca salud, es una parte de mi destino; si los esclavos se me mueren, si paso angustias por mis rentas, si se me hunde la casa, si me veo perseguido por daños, heridas, trabajos y temores, son cosas corrientes. Y más aún, son cosas obligadas. No vienen por azar sino por decreto. Si merezco de ti alguna fe, voy a declararte mis sentimientos más íntimos: he procurado acostumbrarme de tal manera a todo aquello que es gravoso y adverso, que no obedezco a Dios, antes bien, consiento lo que me envía; le sigo por voluntad, no por necesidad. Nada puede acontecerme que me encuentre triste y con rostro adusto; no quiero pagar ningún tributo de mal talante. Y tributos de la vida son todas aquellas cosas que nos hacen gemir y nos atemorizan [...]

 Todo esto queda comprendido en una vida larga, tal como en un largo viaje encontramos polvo, lluvia y barro. ‘Es que yo quería vivir, pero libre de toda incomodidad’. Palabras tan afeminadas no son propias de varón. Toma como quieras el voto que hago para ti, no sólo de todo corazón, sino también con corazón magnánimo: que ni los dioses ni las diosas te concedan vivir entre delicias. Pregúntate a ti mismo si, en el caso de que los dioses te dejaran escoger, optarías por vivir en el mercado o en el campo de batalla. Así es, Lucilio: la vida es lucha. De igual manera, aquellos que son sacudidos de un lado para otro, que andan arriba y abajo por caminos duros y trabajosos, aquellos que acometen empresas arriesgadas, son los varones fuertes y los elegidos en los campamentos; pero aquellos que, mientras los demás trabajan, se entregan a un vergonzoso descanso, son perezosos a quienes dejamos de vivir sólo para hacerles burla.” (XCVI)

  “[...] Grande y generoso ente es el alma humana que no puede tolerar que le impongan otros límites que los que le son comunes con Dios. Jamás el alma acepta una patria angosta [...] Tampoco soporta el alma humana que pongan límites a su duración [...] Cuando venga el día que separa esta mezcla de humano y divino, dejaré este cuerpo donde le había encontrado y me restituiré a los dioses. No cabe decir que ahora ande sin ellos, es la pesadez terrena lo que me detiene. Las esperas de esta vida mortal preludian aquella vida mejor y más duradera. Ya que, tal como el claustro materno nos detiene durante nueve meses y nos prepara, no para él, sino para aquel lugar al que nos sacará cuando ya le parezcamos aptos para respirar y endurecernos en el aire libre, así durante aquel tiempo en que desde la infancia somos conducidos a la ancianidad maduramos para otro alumbramiento. Otro origen nos aguarda, otro estado de cosas.

             Contempla, pues, intrépidamente, cómo se acerca aquella hora decisiva: no es la postrera para el alma, sino para el cuerpo. Todas las cosas que yacen en torno tuyo debes contemplarlas como deshechos de tu asilo: es necesario pasar más allá: la Naturaleza desnuda al que sale, tanto como al que entra. No puedes llevarte más de lo que trajiste contigo; y aun una gran parte de lo que aportaste a la vida tiene que ser dejado; te será quitada la piel, el más superficial de tus envoltorios; te será quitada la carne, y la sangre que penetra y recorre todo el cuerpo; te serán quitados los huesos y los nervios, sostén de las partes fluidas y débiles. Este día, que te asusta tanto por ser el último, es el natalicio del día eterno. Deja tu carga. ¿Por qué vacilas, como si no hubieses nacido primero con este cuerpo, habiendo abandonado otro en el que estabas escondido? Dudas, retrocedes: también entonces fuiste expelido de la madre con gran esfuerzo. Gimes y lloras: es muy propio del que nace llorar; sólo que entonces se te podía perdonar, porque eras novel e ignorante de todo. Al dejar el refugio caliente y blando de las entrañas maternas, te creó un aire más libre; después te hería el contacto con la mano dura, y tierno aún e ignorante de toda cosa, sentiste el estupor que causa un mundo desconocido; ahora no es para ti cosa nueva ser separado de aquello de lo cuál antes formabas parte; abandona de buen grado unos miembros ya inútiles y deja este cuerpo que ya has habitado por tan largo tiempo: no tardará en ser despedazado, destruido, aniquilado. ¿Por qué te entristeces? Así suele hacerse: siempre son destruidas las secundinas del recién nacido. ¿Por qué quieres estas cosas tanto como si fuesen tuyas? Sólo te cubren: llegará un día que te librará de ese envoltorio maloliente y horrible. Tú mismo, desde ahora, despréndete de ello tanto como puedas, y apartándote de todo deleite no inherente a las cosas necesarias, medita ya desde ahora algo más elevado y sublime [...]

 Ninguna luz vendrá a turbar semejante serenidad; el cielo tendrá en todo su derredor los mismos resplandores; el día y la noche son vicisitudes de este aire inferior. Entonces reconocerás que habías vivido en tinieblas, cuando tú, en tu ser cumplido, contemplarás toda la luz que ahora percibes vagamente por las estrechísimas rendijas de los ojos, y que, si bien de lejos, exalta tu admiración. ¿Qué no te parecerá la luz divina cuando la veas en su propio lugar? Este pensamiento no permite que el alma encierre nada impuro, nada bajo, nada cruel. Él nos dice que los dioses son testimonio de toda cosa, nos ordena que merezcamos su aprobación, que nos preparemos para ellos, que nos propongamos la eternidad. El hombre que se dirige a este fin no teme a los ejércitos, no se atemoriza por el sonar de la trompeta, no tiembla ante amenaza alguna. ¿Cómo no estaría libre de temor aquel que espera la muerte, cuando hasta el que cree que el alma no existe más que mientras el cuerpo la retiene, se afana por poder ser útil después de la muerte? [...]” (CII)       

Séneca, EPISTOLAS A LUCILIO. Planeta De Agostini (Gredos).

Extractos de las cartas XXIV, XLIX, LIV, IV, LXX, XCVI, CII.

 

 

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